AMLO: legado de narco-violencia

Frente a las fallidas estrategias contra los cárteles de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, López Obrador presentó durante su larga campaña una estrategia alternativa que, según él, resolvería de fondo ese grave peligro.

El problema es que, si bien en efecto era un plan muy distinto al de sus antecesores, mayoritariamente estaba basado en premisas falsas, fantasiosas, que ni de lejos se apegaban a la realidad.

Las utopías son peligrosas no sólo porque resultarán ineficaces, sino sobre todo porque suelen ser contraproducentes.

Además, aunque muchas de tales medidas hubieran podido ejercer algún positivo efecto, resulta que casi todas las propuestas de Amlo no fueron aplicadas, sino que incluso se hizo lo contrario.

Después de la elección de 2012 escribió: “La tranquilidad y la paz son frutos de la justicia. Mi compromiso (en 2012) fue que ya no habría guerra ni más muertos, se respetaría los derechos humanos y se atendería a deudos y familiares de víctimas”.

“Todo ello lo lograríamos dando oportunidades a todos, evitando la frustración que lleva a estallidos de odio y resentimiento”.

Tarea titánica que desde luego no se logró, pero no sólo por su dificultad intrínseca, sino porque no la aplicó con cabalidad.

La crisis de la narco violencia se resolvería de la siguiente forma: “Propuse serenar al país con servidores públicos honestos e incorruptibles en la Procuraduría, en la Secretaría de Seguridad Pública y en las corporaciones policíacas, en donde se tendría que trabajar con eficacia, inteligencia y perseverancia… Habría mando único y trabajaríamos en forma coordinada”.

De nuevo, eso en si mismo, de haberse cumplido, no hubiera resuelto a fondo el problema. Y segundo, Amlo hizo exactamente lo contrario; nombró a pillos conocidos de los partidos neoliberales y los puso en cargos esenciales, lo cual se tradujo en gran cantidad de casos de corrupción, hoy plenamente comprobados: Segalmex, La Barredora, el Tren Maya, Dos Bocas y desde luego el Huachicol Fiscal.

Vaya forma de combatir a los capos – que probablemente participaron en varios de esos despojos.

Otra parte del proyecto era atender a la juventud descuidada, de dónde surgían sicarios para los cárteles:

“Un distintivo del periodo neoliberal o neoporfirista ha sido, precisamente, la marginación y el ninguneo de la juventud. Por la falta de oportunidades para las nuevas generaciones se han producido frustración, odios y resentimientos que atizan la violencia que padecemos”.

Anunció el programa “Jóvenes sembrando futuro”, según el cual ningún joven aceptaría ya incorporarse a los cárteles (como si muchos no fueran obligados a eso), y en esa medida, los cárteles se vendrían abajo, como una empresa que se queda sin mano de obra.

Evidentemente, pese a que se puso en marcha ese programa, no tuvo ninguno de los efectos imaginados por Amlo.

La mayor justicia social que Amlo pensaba lograr quitaría incentivos a la gente para reclutarse en los cárteles, pero aún más, los propios capos y sicarios no tendrían ya necesidad de seguir en la delincuencia, pues también les llegaría esa justicia a través de empleos legales y formales.

¿Para qué ser super-millonarios si con un empleo digno podrías llevar una vida normal y pacífica?

También ayudaría la convocatoria presidencial a todos los mexicanos, ciudadanos honestos y criminales, “a que no haya enfrentamientos entre hermanos… Esta estrategia del uso de la fuerza para resolver los problemas sociales lo que hace es agravar más las cosas y producir más sufrimiento”.

El llamado presidencial a incorporar valores éticos e incluso religiosos cambiarían -según él- a los delincuentes vivirían de forma honesta y digna, aunque no lujosa. !Vaya imaginación!

Y eso a su vez acabaría con la violencia criminal. De ahí también la invitación que varias veces hizo para que los sicarios y capos hicieran caso a los consejos de sus abuelas, en sentido de dejar las armas y tomar un empleo honesto, aunque no fuera tan bien remunerado.

Entre fantasías y consejos morales, pero también por incumplimiento sobre la honestidad de los funcionarios , así como el respeto a los capos, la violencia, la ingobernabilidad y la complicidad se empezaron a desbordar cada vez más, y ese fue el legado que le dejó a su sucesora, atrapada por una situación que no puede – y no está claro que quiera – frenar en serio.

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