(segunda de tres partes)
1. El viaje del héroe y la búsqueda de la aventura.
Heroísmo y aventura forman un silogismo necesario a lo largo de las épocas. Los héroes y las heroínas recorren cielo, mar y tierra, aún más: el infierno, para descubrir la veta oculta de su grandeza. En el recorrido no sólo hay múltiples paradas, también una motivación de origen y otras nuevas que surgen durante el viaje.
La vocación viajera del héroe no la explica el simple afán de cambiar de escenario para lograr sus objetivos, tampoco un ánimo de obtener sabiduría o el deseo de satisfacer una acérrima curiosidad, más bien, lo que ocurre con el personaje heroico es que vive (¿sufre?) un impulso que le rebasa y lo fuerza a tomar el camino, izar las velas o volar por los aires para cumplir una encomienda, acaso sagrada, y que al cumplirla le permitirá lavar una culpa originaria, rescatar a una comunidad del desastre, o bien, alcanzar una fama que tenía predestinada, tal vez, para llegar a la iluminación.
Sin embargo, no es el anhelo de reconocimiento (no de forma exclusiva), tampoco la vanidad, lo que lleva al héroe a realizar proezas y hazañas que lo colocarán por siempre en los anales históricos, es, más bien, una necesidad de encontrar sentido a su vida y, como hombre superior que es, no puede hacerlo más que a través del acto grandilocuente, de una manifestación de superioridad que lo distancie de los demás hombres, a pesar de que originariamente está vinculado a ellos por un sentimiento que, al igual que el deseo de trascendencia no puede eliminar de su vida: el sufrimiento.
El camino del héroe o monomito, desde la visión de Joseph Campbell, tiene una serie de etapas y subetapas que deletrean los momentos de duda, crecimiento, desarrollo y cúspide de la figura heroica: la partida (llamado de la aventura, la negativa a escuchar el llamado, la ayuda sobre natural, el cruce del primer umbral y el vientre de la ballena); la iniciación (el camino de las pruebas, el encuentro con la diosa, la mujer como tentación, la reconciliación con el padre, la apoteosis y la gracia última) y, el regreso (la negativa al regreso, la huida mágica, el rescate del mundo exterior, el cruce del umbral de regreso, la posesión de los dos mundos y la libertad para vivir).
En el periplo heroico, el héroe tiene que demostrar su grandeza a cada instante, tanto para abandonar el confort de la casa paterna, como para iniciar un camino de obstáculos e incertidumbre que lo pondrán a prueba y lo enfrentarán a peligros que requiere trascender para cumplir su destino, que la mayor parte de las ocasiones supondrá el regreso a casa, aún cuando la vuelta al terruño implique, como en el caso de Ulises, llegar a la patria por la eternidad de un día y luego reiniciar el viaje hasta que una nueva condición para volver sea cumplida (Graves).
En esas circunstancias, es claro que el destino del héroe es el viaje y la acción constante, de forma que cada momento de su vida se convierte en una poética del movimiento. Así Odiseo viajó veinte años (diez para llegar a Troya) y diez para volver a su reino (Ítaca), sólo para ajustar cuentas con los pretendientes de su esposa, hacerse presente a su hijo y emprender un nuevo viaje cumplida su tarea de nostalgia; Dante libró los peligros del infierno y del purgatorio para llegar al paraíso y ahí entendió que el amor es el motor inmóvil de todas las cosas, mientras Parsifal, desde su enorme perfección, recorrió caminos, bosques y libró batallas para recuperar el Santo Grial.
En cada empeño, en cada proeza heroica, hubo un sacrificio de por medio: abandonar familia, posesiones y afectos con tal de alcanzar una meta, como lo exige cualquier apostolado. En ese esfuerzo (apostolado) vienen ganancias y extravíos: acopio de conocimiento y experiencia, desarrollo de habilidades y perfeccionamiento de las capacidades del héroe, quien al final recibe una recompensa: el descubrimiento de sí mismo; la reconciliación con las figuras paterna y materna; el encuentro con el eterno femenino, el cual eventualmente le permite experimentar la nostalgia y ahí situado sentir la necesidad de emprender el regreso a la patria que, en algún momento de la vida, abandonó, tal vez, con la intención originaria de no volver.
Sin embargo, conforme la mitología dejó de ser el instrumento para explicar (todos) los acontecimientos, reales e imaginarios, y la realidad fue la medida de las cosas para explicar el presente, el pasado y el futuro, el regresó dejó de ser la recompensa al momento que cambió sus sílabas por las del exilio y el autoexilio, cuando la patria de destino no fue la de origen sino una nueva que se fundó o libremente se eligió para prender el fuego del hogar, ya sin la sombra del padre o la madre (los vestales) en el centro, siendo el héroe –su retrato– el que decoraba la pared principal de la casa que habita él y una nueva familia que estrena cimientos y apellido.
Conforme a esta lógica, el héroe deja de ser hijo, padre o hermano, tampoco es una extensión de la tierra prometida ni un resultado del nostós, y se convierte en sí mismo: quien asume las tareas de hombre superior, padre o cabeza de una familia, guerrero o rey de un pueblo y dirige su vida o los destinos de una comunidad.
Sin embargo, la realidad en toda su dureza, con guerras, hambrunas y violencias fuerzan la huida, entonces el héroe deja de tener la figura del hombre sedentario que asienta los pies para siempre en una porción de tierra y adquiere los rostros del nómada, quien tiene su casa, su hogar y su corazón, en el lugar donde camina, donde duerme o donde come, que puede ser cambiante cada día, de acuerdo con sus necesidades o designios del destino.
En su necesidad de construir poéticas del movimiento, el héroe (poeta de la acción) se transforma en un migrante que busca en el nuevo sitio a donde llegar a una novedosa tierra prometida: lugar ideal donde fundar una sociedad perfecta: la República de Platón, la Utopía de Tomás Moro, el Falansterio de Fourier, etcétera.
Desgraciadamente, el exceso de esperanza puede ser el origen de la decepción, pues la sociedad que encuentra el héroe (migrante) no es perfecta: el gobierno no es honesto ni tampoco incorruptible, ya que las leyes no son justas, las instituciones tampoco son el reflejo de lo que quiere o necesita la gente; la población no es bondadosa ni desinteresada y la naturaleza es perentoria: los ríos no transportan fluidos nutricios de leche y miel ni las montañas son de azúcar refinada o los árboles generan frutos nuevos conforme el migrante (héroe) se alimenta de ellos. En la búsqueda de ese paraíso perdido en el que se convirtió el hogar, el héroe que un día fundó un país se convierte en el extranjero, en el bárbaro, en el migrante, en el paria y en el enemigo. Así, quien antes fue la gloria de un lugar es la encarnación del mal en otro: la tierra desconocida, el nuevo sitio que hay que conquistar o, al menos, llenar sus calles y avenidas como un acto de rebeldía.

