Morena presume todas las encuestas publicadas en lo que hace al nivel de aprobación de la actual presidenta, que sin duda es elevado (de 70 a 80 % en general).
Desde luego, esta propaganda asume implícitamente que una aprobación elevada implica un gobierno exitoso en general.
La lógica nos diría que si no hubiera un buen desempeño gubernamental, el nivel de aprobación sería bajo. Y si es elevado, es porque el gobernante en cuestión está haciendo bien las cosas.
Sin embargo, esas mismas encuestas reflejan que, al preguntar sobre temas concretos e importantes del gobierno (economía, seguridad, salud, corrupción etc), la evaluación es bastante más baja, incluso reprobatoria (por debajo del 50 %).
Tomemos como ejemplo la encuesta del Financiero de hace algunos días, donde con más del 70 % de aprobación presidencial, los temas importantes son reprobados; incluso algunos como corrupción y seguridad tienen 75 % de rechazo.
Vaya distancia entre la aprobación abstracta presidencial y la evaluación concreta de esos temas clave.
Desde luego – y como siempre – Morena hace caso omiso de esos otros datos y los ignora como si no existieran.
Si no pueden inventarlos a modo, al menos que la mayoría del pueblo no se entere, pues contradice su discurso triunfalista.
Pareciera que la mayoría de ciudadanos no sabe que hay una clara relación causal entre las decisiones del presidente y el desempeño gubernamental en esos temas clave.
Por tanto una pregunta que las encuestas debieran hacer a quienes aprueban al presidente en turno ssería algo como ; ¿Por qué aprueba al presidente?:
A) Simpatía personal;
B) Sus buenas intenciones;
C) Sus promesas a futuro;
D) Sus logros de gobierno.
Eso ayudaría a entender lo que aparentemente es una esquizofrenia política de los mexicanos (y otros países también).
Debe recordarse que muchos presidentes neoliberales gozaron también de alta popularidad (Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, aunque no Peña Nieto).
Y una vez concluida su gestión su imagen no fue muy buena que digamos (unos peor que otros).
Habría que preguntar ahora también cómo valora la ciudadanía el gobierno de López Obrador; igual y no refleja los niveles de aprobación de que gozó desde la presidencia.
Pero si no se les pregunta a los ciudadanos eso, no lo sabremos con alguna aproximación real.
Por lo pronto, se han hecho distintas valoraciones sobre el primer año de gobierno de Sheinbaum:
Es esencialmente la continuidad del gobierno de Amlo, en lo que hace a mantener (e incluso ampliar) obras públicas carísimas, que siguen demandando dinero y no se ve que vayan a ser rentables algún día.
Y también continúa con el endeudamiento que Amlo prometió que no habría bajo su gobierno; ahora es del doble de lo que era en 2018. Y el desabasto de medicamentos continúa (por culpa de las farmacéuticas, desde luego).
Los programas sociales siguen y se amplían (que es lo mejor evaluado por los ciudadanos, por razones obvias). Pero existe el riesgo de que, como en Venezuela, se terminen los recursos para ello (o se le siga quitando dinero a otras instituciones e incrementando la deuda).
El crecimiento económico que Amlo prometió sería del 4 al 6 %, fue bajo su gobierno del .8%; tres veces menor que el 2.5 % de los neoliberales, calificado como mediocre por Amlo. Para este año los cálculos van del .4 al 1 %. Pero incluso en este último caso, quedaría por debajo del de los neoliberales.
Lo que ha cambiado es la estrategia contra los cárteles, que en los hechos desmiente lo dicho por Amlo (“hay seguridad, habrá conciliación nacional, se caerán los cárteles por falta de jóvenes sicarios, en México no se fabrica fentanilo, etc”), además de la protección que en lo posible les brindó.
Eso, por presión norteamericana. También es nuevo que afloren escándalos de mega-corrupción, que fueron tapados por Amlo – no por casualidad – también como resultado de la presión de EEUU.
La pregunta es si habrá un cambio sustantivo en materia de impunidad, contra tanto funcionario y dirigente corrupto de Morena.
Lo más probable es que, salvo en unos cuantos casos menores, prevalecerá la impunidad (justo lo que Amlo le criticó al PRI y al PAN por años).
Y desde luego, la presidenta continúa con la política de odio, intolerancia, calumnias a quienes no forman parte del “gran movimiento nacional”, en lugar de buscar diálogo, tolerancia, acuerdos, lo que es propio de un estadista, no de un demagogo.
Y eso es porque el desmantelamiento de la democracia emprendido con éxito por Amlo, sigue siendo una prioridad para Sheinbaum, que ahora tiene más poder para continuar esa ruta, incluso pisando el acelerador.

