miércoles 24 abril 2024

Las artes no hacen mejor a casi nadie

por Germán Martínez Martínez

Hay un discurso buenista sobre las artes —que por economía llamamos “cultura”— según el cual tendrían efectos civilizatorios en las personas. El planteamiento tiene apariencia de incuestionable porque las artes resultan intrínsecas a la civilización: acaso lo humano surge cuando la gente comienza, aquí y allá, a contar historias en que irrumpe impunemente la imaginación y a usar sustancias para plasmar figuras sobre superficies, entendiendo esos relatos e imágenes como representaciones de lo que observaban y deseaban en el día a día. Sobre el tema leí en días pasados un ensayo de David Brooks (1961, Toronto) en su columna de The New York Times. Su publicación original en inglés fue el 25 de enero de 2024 y el periódico mexicano Reforma lo publicó el 3 de febrero con el título: “Cómo consumir cultura nos hace mejores personas”. El título en inglés era menos flagrante: yo hubiera traducido —más literalmente— así: “Cómo salvar una sociedad triste, solitaria, airada y mezquina”.

El texto de Brooks resulta de interés porque, simultáneamente, afirma lugares comunes que circulan entre las clases medias y altas mexicanas y también da algunos pasos más en la reflexión. Al inicio de su ensayo, Brooks salta de ver una bolsa de tela en la tienda del Museo de Arte Moderno de Nueva York que decía “No eres el mismo después de experimentar las artes” a preguntarse, “¿consumir arte, música, literatura y el resto de lo que llamamos cultura puede convertirte en una mejor persona?” (uso mis propias traducciones). Al hacerlo, el periodista pasa de observar un enunciado patentemente falso —pero repetidísimo en su contenido por charlatanes— a su propia inducción, también aceptada socialmente y de similar falla intelectual: la superstición de que las artes favorecen lo que comúnmente vemos como bueno en las personas. No es sólo un problema de discusión sobre el bien y el mal, sino de adjudicar consecuencias unívocas a relaciones heterogéneas con las artes. Asimismo, cuando quienes se desempeñan en las prácticas artísticas afirman que las artes tendrían efectos abrumadoramente transformadores están alcanzando el bajo nivel de los burócratas culturales, quienes están pervertidos por la cultura oficial y terminan opuestos a las artes; como también lo están multitud de comentaristas culturales.

El periodista David Brooks escribe en The New York Times

Aun cuando quiere dar sostén cientificista a su posición, la intención de Brooks se estanca —como la de la muchedumbre que concuerda con él— porque el argumento es endeble. A partir de investigaciones psicológicas sobre leer literatura y tener empatía, el periodista afirma que la lectura “nos empodera para ver a la gente real de nuestra vida de manera más exacta y más generosa”. En este punto hay un problema: entender, incluso comprender, no va seguido por actuar según la moral judeocristiana; por el contrario, reconocer “intenciones, miedos y necesidades” de otra gente puede convertirse en arma de manipulación, como saben aprovechar los seductores y los políticos. El lema de la bolsa de tela no puede ser tomado en serio: si se trata de transformaciones significativas, el incesante cambio de alguien metido en las artes sería semejante a la esquizofrenia, disolvería la identidad individual. El lema, como el uso de la bolsa, corresponde al campo de la intrascendencia, aunque a poquísimos entre pocos convenga la descripción.

El diálogo lector con Brooks es pertinente porque no es un improvisado ni alguien extraviado en jergas con las que muchos creen solventar debates, aunque ni siquiera entren en ellos. Este periodista es, quizá, representativo de una mayoría silenciosa de los cercanos a las artes. Nació de estadounidenses en Canadá, creció y se educó en el país de sus padres. Cursó su licenciatura en historia en la Universidad de Chicago. Fue crítico de cine para The Washington Times. En una de muchas paradojas, Brooks suele ser clasificado como “conservador” en Estados Unidos, aunque en México el periódico izquierdista La Jornada publique con regularidad sus textos. Con descuido, este ensayo pasó de 2,743 palabras en inglés a las 1,512 a que Reforma lo recortó.

El escritor y crítico Samuel Johnson vivió en el siglo XVIII

Como Brooks afirma, uno puede declarar que experimentar lo mejor del arte “nos ayuda a entendernos a nosotros mismos a la luz de los demás” y que las obras aportarían tanto “saber” como “conocimiento emocional”. Brooks cita al filósofo Scruton diciendo que la educación en las artes “nos da la posibilidad de experimentar emociones que quizá no nos sucederán a nosotros”. Así, al “entrar en la experiencia subjetiva de personas específicas […] tenemos la oportunidad de movernos con ellos, de experimentar el mundo, un poco, de la forma en que ellos lo experimentan”. Esto suena muy bien, pero para que cualquiera de estos procesos ocurra hace falta que confluyan varios factores. En primer lugar, debe existir un involucramiento activo con las obras, después un trabajo interior a través de ellas y finalmente la disposición individual que coincida con la moral establecida; todo lo cual es improbable. En la práctica, la gente de cultura habla de libros sin leerlos, va a exposiciones sin detenerse a observar, oye música sin jamás escuchar, ve películas fijándose en banalidades —frívolas o ideológicas— en lugar de ocuparse de su cinematicidad. Cualquier involucrado en las artes que no renuncie a observar y pensar descubre contradicciones: características constantes como falsedad, petulancia y frivolidad, que no son virtudes.

Brooks registra un caso ejemplar al elogiar a Samuel Johnson (1709-1784, Gran Bretaña). Lo califica como uno de sus héroes —al haber muerto “encarnando el viejo ideal humanista”— y quien, tras décadas de estudio de las artes, pasó de la podredumbre a la virtud. Johnson es excepción que confirma la regla: las artes no hacen mejor a casi nadie. Brooks acierta al sintetizar la cuestión diciendo que la “cultura nos enseña cómo ver [y, por tanto,] las obras culturales nos hacen mejores a la hora de percibir”. Aquí, sin embargo, hay que notar cómo ocurre esto en la práctica. Actualmente, enseñar cómo ver termina degradado a adopción de posiciones que serían patentemente correctas —según la superstición del lado correcto de la historia— ante lo cual ciertos líderes políticos son deleznables, otros apreciables, así como algunas causas son obligatorias mientras otras ilegítimas. En nuestro tiempo, por ejemplo, esto se traduce en posiciones como una repentina preocupación por la población palestina y la inclinación a favor del nacionalismo de cierto liderazgo de ese pueblo. Brooks dice que “al poner atención a los grandes [artistas] podemos entender de manera más sutil lo que está pasando alrededor de nosotros y podemos ser mejores para expresar lo que vemos y sentimos”. En abstracto esto suena razonable, pero en la práctica queda degradado a exhibir —en no pocas ocasiones con furia— empatía imaginada hacia una comunidad, mientras se pasa por alto el continuando secuestro de personas como moneda de cambio y la atroz operación terrorista que dio pie a lo demás.

En el plano general el argumento de Brooks establece que “la atención hacia los demás es un acto moral [y que ser una mejor persona requeriría de] ver las cosas tal y como son[, ante lo cual] la cultura nos educa sobre cómo poner atención”. El periodista lanza el ejemplo de que “si entiendes a la gente de manera tan elaborada como lo hizo Shakespeare, entonces habrás mejorado la manera en que vives tu vida”. Brooks no sólo asume una vía única para la acción —no queda sino suponer que la de la moral que él cree positiva— sino que descarta que el conocimiento vuelto sabiduría pueda llevar a la inacción: descubrir cómo son las cosas no necesariamente lleva a un espíritu revolucionario de manual, sino que puede conducir a la disociación del estado de las cosas.

Es indispensable notar las diferencias sociales y no suponer que los sucesos son los mismos en Berlín, México y Katmandú. Brooks anota que desde la primera década de este siglo las encuestas muestran un descenso en la asistencia a instituciones culturales por parte de los estadounidenses (la traducción de Reforma omite que en ese punto el autor se refiere sólo a Estados Unidos). Esto no es necesariamente el caso en México, en que la persistencia y ampliación de subsidios probablemente mantiene o aumenta la asistencia. Asimismo, Brooks, como muchos intelectuales de su país, lamentan lo que perciben como retroceso forzado de las humanidades a favor de licenciaturas de carácter más notoriamente profesional. Lo que ocurre en universidades de países de habla inglesa, sin embargo, no es idéntico entre ellas y no corresponde exactamente con lo que pasa en México. Confluyen dos cuestiones: las mencionadas diferencias sociales y la romantización del pasado.

Uno de los errores de la perspectiva de Brooks —que se empalma con los lugares comunes mexicanos— es creer que en el pasado reciente se habría ejercido una relación más rica con las artes, debido a una educación que habría desaparecido. Lo que aplica a facultades estadounidenses —que pasaron de estudios literarios a estudios culturales— no ha tenido un proceso equivalente en México, a pesar de múltiples imitaciones y aparente adopción de teorías. La institución en que estudié una licenciatura en literatura, a pesar de su equívoco prestigio —como el conjunto de las de su clase— es y ha sido a través de su historia predominantemente una escuela de formación profesional. Más de un profesor de ese departamento literario me ha comunicado su temor de verse disminuidos a mera oficina de instructores de redacción para otras carreras. La realidad es que esto no es muy diferente de lo que pasaba al final del siglo pasado cuando —como ahora— el mayor número de estudiantes de esa escuela profesional se encontraban inscritos en licenciaturas que no son propiamente de humanidades, ni en contenidos ni en propósitos (hace años en administración de empresas, después en comunicación con énfasis en entretenimiento y producción…). Sin embargo, en otras instituciones florecen carreras orientadas a la gestión cultural y a la faceta práctica de la escritura, lo que, si bien puede ser objeto de reflexión, muestra también que el panorama mexicano no es de transición del blanco al negro.

Según Brooks “el código humanista” sería la alternativa de solución a los problemas sociales que identifica en el título de su ensayo. Se trata de un término —como cultura— con tal prestigio que parece inatacable. No obstante, para México, de nuevo, hay que hacer una distinción. Hoy en el país hay una operación propagandística: un hombre que ha hecho su vida estrictamente en y alrededor de la lucha por el poder burocrático quiere etiquetar su actuar público como un “humanismo”, como si fuera un teórico político y no un espíritu meramente burocrático. En su práctica política, sin embargo, la prioridad está en desplazar a sus pares, imponerse él y su círculo en el aparato gubernamental y expandir actividades económicas circundantes, al tiempo que concentra poder y debilita contrapesos por medio de regresiones e innovaciones autoritarias. Esta alusión puede alertar sobre la necesidad de no asumir sentidos —ni positivos ni negativos— en palabras de tal laxitud conceptual que hasta los políticos las manipulan.

Como en muchos otros asuntos, analizar las eventuales consecuencias del arte en las personas requiere de esforzarse en desarrollar un vocabulario de mayor precisión para lo que se desea expresar. Cuando Brooks dice que las “experiencias con grandes obras de arte inciden en nosotros de formas que son difíciles de describir”, precisamente cae en clichés que perciben de manera positiva eso que se engloba como cultura, a despecho de la diversidad de las prácticas artísticas y de la multiplicidad de consecuencias que puede tener el acercamiento a ellas. En vez de esforzarse, el periodista se queda en el nivel de los tópicos, pues dice que el contacto con esas obras nos hace “sentir de alguna manera elevados, agrandados, alterados”. Hay que encontrar el lenguaje pertinente y no hay que rendir las palabras: humanismo y bienestar —como antes solidaridad— no son términos de la propiedad de los burócratas que han querido manipularlas. Pero, insisto, los usos desde la burocracia revelan la arbitrariedad del lenguaje y la permanente necesidad de pensar radicalmente el uso de ciertas palabras, para evitar reproducir errores y desvaríos.

Los escritores argentinos Juan José Saer, Juan L. Ortiz y Hugo Gola

Hoy los usos y costumbres de las comunidades artísticas alrededor del mundo distan de los deseos de Brooks. Él afirma que “lo mejor de las artes es moral sin ser moralizante” y que “lo mejor de las artes induce a la humildad”. Asegura también que sólo por medio de “inmersión” en “las humanidades” puede uno “confrontar la pregunta más importante: ¿cómo debo vivir mi vida?”. Cuando el periodista separa al arte de la moralización, sus aseveraciones revelan un desfase pues piensa desde ideas que luchaban por la autonomía del arte en el pasado. Ahora, en cambio, predominan visiones que van conformando una nueva idea hegemónica de las artes que las ve como instrumentos subordinados a causas sociales y políticas, particularmente de desagravio identitario a pesar de su clara inoperancia en ese sentido (probablemente a esto se refiere Brooks cuando menciona la sobrepolitización). Destacan dos consecuencias de estas novedades en la concepción del arte: se da por hecho que las obras son políticas aunque carezcan de tal potencia —por lo que se asemejan más a propaganda que se atribuye corrección política— y, por otra parte, quienes elaboran y consumen tales obras revisten sus actos con calidad heroica y certidumbre a prueba de la razón (por lo demás, cierto o mucho acierto estético no otorga infalibilidad, ni calidad de santo o de artista, sino de amante de algún arte; que no es poco). Esto dista de un impulso que Brooks identifica acertadamente: “la presión de grupo y las convenciones pueden tratar de encerrarnos, pero la mente humanista se expande en círculos de conciencia más y más amplios”. Si el lugar común contemporáneo suma a la condición de artista la de salvador o transformador del mundo, la humildad queda muy lejana.

Cuanto he escrito es ajeno al pesimismo y próximo a la descripción: proviene de la felicidad del encuentro genuino con el conjunto de las artes. Así como haber experimentado el amor —incluso una sola vez— es fuerza suficiente para afrontar el resto de una vida, así el encuentro pleno con obras significativas es excepcional pero perdurable; tanto porque son pocas las creaciones de valor extremo como porque hacen falta habilidades y disposición acentuadas en quienes nos acercamos críticamente a ellas. El encuentro es raro, pero puede ser recurrente. Mientras que el amor puede terminar o perderse por múltiples razones —traición, tedio, desgano… enfermedad, muerte— las puertas al arte están siempre abiertas. El arte no es para hacer mejor a nadie, mucho menos es instrumento social: el arte es fin suficiente en sí mismo. Vehículo de sabiduría cargado de elementos éticos, el arte no muestra cómo vivir la vida: eso es cuestión de libertad individual que debe nutrirse del arte y la vida. El arte sólo incide en cambios personales en casos cuando se conjuga el compromiso extremo de despojarse de limitantes colectivas y de ejercer y desarrollar la inteligencia, la sensibilidad, el conocimiento, la imaginación y, sobre todo, el enfrentar las diversas caras de la vitalidad. Esto casi nunca pasa.

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