
La democracia está lejos de ser perfecta, si bien muchos aún creemos que es mejor que las autocracias. Una de sus desventajas es lo que en principio sería una de sus grandes ventajas; el voto para elegir gobernantes.
Los ciudadanos tienen derecho a promover sus intereses de clase, gremio, región y personales, y por ello pueden votar por la opción que consideren más les conviene. Esto genera pluralidad, competencia y la posibilidad de cambiar pacíficamente de opción política, modelo económico y partido gobernante. Y es una forma de castigar políticamente el mal desempeño. Pero eso mismo tiene semillas de riesgo en las opciones elegidas.
Se trata de que los ciudadanos en general tienden a preferir a un candidato carismático, buen orador, que logre comunicar sus ideas de manera comprensible y despertar las emociones más profundas (lo mismo positivas que negativas) en el público. Pero eso mismo no garantiza que ese excelente candidato sea un buen gobernante. Incluso, un buen candidato podría derivar en un pésimo gobernante. Los griegos lo detectaron desde los inicios de la democracia, la cual podía fácilmente degenerar en demagogia si algún personaje logra seducir al electorado aunque no tenga dotes de gobernante. Su discurso puede ser captado por las mayorías, en parte por ser simple, rudimentario, maniqueo, y por lo mismo, alejado de la realidad. La historia está plena de ejemplos de líderes carismáticos, que en campaña resultan atractivos, que logran identificarse con el pueblo, que despiertan su entusiasmo y esperanza, pero una vez en el poder resultan incapaces, desconocedores de la administración pública, y también megalómanos y autocráticos. El resultado ha sido, en muchos de esos casos, desastroso.
Por otro lado, hay personajes que podrían ser excelentes gobernantes, serios, razonables, centrados, realistas y conocedores de temas públicos, que sin embargo no tienen la fuerza ni el magnetismo personal para entusiasmar a los ciudadanos (o a la mayoría de ellos). Su discurso, precisamente por estar más apegado a la realidad, resulta complejo, sofisticado, difícil de entender para las mayorías, y desde luego, poco motivador e incluso aburrido. Ese discurso no logra mover almas, ni por tanto conseguir votos. Tales personajes, aunque pudieran ser buenos gobernantes, son malos candidatos, por lo cual incluso cuando se lanzan al ruedo, no logran llegar muy lejos. Cualquier demagogo con más grandilocuencia le ganará una elección directa. Estos personajes pueden llegar al poder si el contrincante resulta peor para la mayoría de electores (como recientemente ocurrió entre Joe Biden y Donald Trump).
¿Cuántas veces en la historia de la democracia se habrá perdido la oportunidad de que personas que podrían ser excelentes gobernantes (sin pensar que hay perfecciones), son derrotados por demagogos y politicastros diversos que una vez en el poder, llevaron a su país a una situación inconveniente, cuando no catastrófica?
En México hemos tenido también presidentes que fueron buenos candidatos pero resultaron malos gobernantes. Vicente Fox fue uno de ellos; carismático, conectaba con el público, resultaba creíble frente al desgaste del PRI, tenía un lenguaje sencillo y directo. Pero una vez en el poder quedó esencialmente paralizado, sin la fuerza ni determinación que parecía proyectar en campaña, sujeto a malas influencias y olvidadizo de muchos de los valores que dijo defender. Peña fue buen candidato pues su imagen resultaba atractiva a muchos ciudadanos, pero en el gobierno fue también un desastre: frívolo, omiso y corrupto.
Con López Obrador, ¿estamos ante una situación semejante? No podemos aún tener una conclusión final a dos años de su presidencia. Pero hay muchos elementos para pensar que sí, que fue un eficaz candidato pero está resultado un muy mal gobernante.
Sus decisiones son de tipo ideológico y no técnico. Fue un excelente candidato que conecta con las masas, les dice lo que quieren oír, se identifica con sus emociones e intereses, habla con un lenguaje simple y rudimentario fácil de entender, que despierta la esperanza de un futuro glorioso. Pero confronta al país de manera maniquea, con un discurso de buenos y malos, algo fácil de asimilar frente a las complejidades de la realidad política. Eficaz candidato, mal gobernante, son los indicios hasta ahora.