Tengo presente que los periodistas mexicanos son esencialmente ignorantes aunque astutos para conferirle a los otros el cargo de cualquier tipo de falibilidad humana. Desde luego que, como expusiera Umberto Eco a mediados de los noventa en distintos foros, me desmarco de la creencia provinciana que advierte, en el caso del escritor, a Italia como el único país donde ocurre que los periodistas sobreponen la función de informar por la del protagonismo político que les confiere posibilidades financieras y poderes fácticos. Eso ocurre ahí, en México y en buena parte de las sociedades contemporáneas.
Entonces, la incultura no es sello distintivo de los profesionales de la comunicación en este país, no solo ocurre aquí su escarnio contra los otros que no leen o no saben; el rol de juez de la vida pública les permite, e incluso les incentiva, exhibir las precariedades de esos otros (sean o no verídicas). La plataforma digital permite registrar que el fenómeno es global, que no solo en México tiene preeminencia el chisme (“nos dicen que…”) o la especulación (“sería muy delicado que…”) en vez del dato o la investigación.
En fin, creo que los periodistas mexicanos, digamos quienes militan en causas que plantean a la sociedad como si fueran nacionales (y no lo que son, suyas muy propias), no tienen la menor idea de quién es Elias Canetti y entonces menos habrán leído “Auto de fe”, por lo que no saben que la inquisición en la historia tiene distintas formas, y lo peor: muchos de ellos la practican contra los que no piensan como exige “la causa” (para lo cual sí son prolijos en sospechas y adjetivos). Y es que la ignorancia no es cosa menor, a veces reproduce culturas autoritarias y hasta las presenta como emblemáticas de la dignidad humana.
Desde luego que la ignorancia es una forma de añoranza -como advirtiera Milán Kundera y lo subrayara Christopher Dominguez en una espléndida reseña del libro del mismo nombre que Letras Libres publicó en junio de 2000. Y la nostalgia no pasa solo en la ideología autoritaria erigida en favor de la igualdad, también sucede en quienes no saben qué hacer, por ejemplo para seguir en la línea del escritor checo en la obra ya citada, cuando un régimen autoritario se ha desvanecido. Hay empresarios de medios de comunicación y periodistas que no saben qué hacer (lo ignoran) con la libertad que les confiere la democracia, aunque sea incipiente y problemática como la nuestra.
Afirmo que muchos de esos profesionales obsequiosos con el poder no tienen la menor idea de que Canetti escribió Masa y poder, al que no han acudido ni siquiera para entender cómo ser una más eficaz correa transmisora del discurso oficial a la sociedad. ¿Cuántos de ellos conocerán que un personaje emblemático por su éxito en esas lides, William Randolph Hearst, murió un día como hoy? Dudo que muchos, más aún: creo que no tienen idea de que Randolph ya no digamos inspiró a Orson Welles para hacer “Ciudadano Kane” ni digamos que su línea editorial apoyó a Porfirio Díaz contra la Revolución Mexicana; incluso podría omitirse que seguramente ignoran que en uno de sus medios nació The Yellow Kid, de donde surge el término “amarillista” (es decir, muchos periodistas saben que son amarillistas, pero no saben de dónde vienen. Sería mucho esperar, insisto. Lo que exhibe su ignorancia es que practican exactamente los mismos patrones que el magnate de medios para adular al poder y ser uno de los soldados de ese poder dentro de la disputa con el otro que también pretende el poder. Acaso lo único que tienen presente, entre otras cosas gracias a Internet (y para llenar algún espacio), es que Randolph murió un día como hoy
Como la ignorancia tiene distintos ropajes, es posible que la prensa mexicana (lo mismo que en cualquier otro sitio del mundo en estos momentos) registre que un día como hoy hace 21 años murió Elias Canetti, y en esa ruta se adorne con varios aforismos del escritor búlgaro. Pero ello no oculta su ignorancia, en todo caso la viste para ser como esos personajes que creen que todo lo que sucede en su país es exclusivo de su país y sobre todo para perpetuar la gana de nunca mirarse al espejo a sí mismos, porque según ellos el trabajo consiste solo en poner el espejo a los demás. Lo mismo para decir que ese espejo refleja a un esperpento que para repetir lo que quien se refleja quiere que diga. La paradoja es que tal vez eso sea lo que conceda razón a una de las vertientes de análisis de Canetti, la masa siempre busca ser dirigida y acrecentarse.
