Crítica y amargura

Uno de los lugares comunes sobre la crítica de las artes decía que los críticos eran artistas frustrados. La crítica, entendida principalmente como escritura y secundariamente como oralidad, en publicaciones periódicas, medios de comunicación y redes sociales, hoy enfrenta un discurso en su contra que quizá haya tomado otra vertiente, igualmente descalificatoria. El marco es la exigencia de un optimismo impostado. La crítica adversa, por más argumentada que sea, sería “hablar mal” de una obra y del artista. En vez de escribir analíticamente, habría que “decir lo bueno”, “encontrar algo rescatable”. Sería reprobable dedicar “tanta energía” —la de la reflexión y la escritura— a “destrozar el trabajo de otro”, el crítico debería prohibírselo.

Según individuos de a pie y directores de publicaciones, lo “valioso” y único compartible sería hablar de lo que “vale la pena”. Esta posición maniquea puede incluso ir sazonada por apelaciones retóricas a la racionalidad: explicar por qué ciertas obras merecerían atención (siempre en “positivo”). Esto supera la añeja y poco lúcida petición de “crítica constructiva” que implicaba que la crítica no valdría por sí misma y tendría que ser simultáneamente propuesta; como si el arte fuese burocracia que requiriese planificación y no espontáneo resultado de multitud de interacciones. Lo que describo va más allá. La crítica de las artes en el modo adulatorio contemporáneo es una deriva del oscurantismo que experimentamos.

Ante la pandemia se han expresado múltiples supersticiones.

No resulta difícil mostrar que la caracterización del ejercicio crítico como frustración no corresponde con la realidad. Es complicado pensar, para otras disciplinas, en personajes mexicanos que tengan, al mismo tiempo —a pesar de críticos y detractores— la resonancia social y consideración intelectual de que gozan Jorge Ayala Blanco, para el cine, y Christopher Domínguez Michael, para la literatura. En 1997, Domínguez presentó su novela William Pescador que no fue mal recibida y se sigue reeditando. Que yo sepa, Ayala no ha sufrido por no filmar, por el contrario, como estudiante de ingeniería química industrial, su dedicación a escribir sobre cine es un giro vocacional. Si lo quisiera, Domínguez podría publicar más narrativa u obras de otros géneros en casi cualquier editorial de importancia. Si Ayala quisiese rodar una película, no faltarían estudiantes y exalumnos, de la multitud que lo tiene en altísima estima, dispuestos a colaborar para hacerlo realidad con los mejores estándares. Si tal película existiese, tendría carácter mítico. Que pueda haber artistas frustrados en la crítica es factible, como lo es que estén en la alta política electoral, la gran empresa, la indigencia, la autodestrucción o la simple clase media profesionista.

Están también los críticos a quienes “no les gusta nada”, que pueden despertar sospechas. Es habitual que descartar toda obra sea pose de farsantes. Pero hay una crítica que no es despiadada sino estricta porque está basada en una concepción coherente, en una idea del arte. Esto conlleva la limitación de seguir ese paradigma —como tendría que hacer cualquier crítico desde su aproximación— y tiene la ventaja de abrir el debate a partir de divergencias explícitas. Tal ejercicio no excluye el ocasional encuentro con el cumplimiento de las potencialidades que el crítico atribuye al arte (salvo que esté extraviado en la idealidad). Pero, el encuentro con el arte, concebido como experiencia espiritual —actividad mental primigenia concreta, sin elemento divino u abstracción—, no es la norma. Siempre repito que hace falta ver 100 películas para encontrar una que sea la excepción artística. Las divergencias en la apreciación pueden deberse tanto a concepciones diferentes, como a motivos intelectuales o la simple disposición anímica de alguna de las partes. Finalmente, la especulación psicológica sobre el crítico —frustración, delirio u otra característica— es muy poco interesante salvo que el crítico sea de la dimensión de Barthes, Bloom o Steiner.

La novela del crítico literario Christopher Domínguez, miembro de El Colegio Nacional.

En el presente hay batallas verbales —a veces culturales— alrededor de y frecuentemente provocadas por jefes de gobierno que ahora son abiertamente charlatanes y a quienes se les cuentan miles de flagrantes mentiras. Unos y otros bandos se etiquetan de diversos modos. No hace falta ser pleno participante de los combates para terminar calificado como “hater” o “malvibroso”. Es una de las manifestaciones de irracionalidad —o franca imbecilidad— de nuestro tiempo, como alguien que me comparte que bastaría con “vibrar alto” para evitar el covid, semejante a lo expresado por un presidente moralino según quien “estar bien con nuestra conciencia, no mentir, no robar, no traicionar, eso ayuda mucho para que no dé el coronavirus”; que son planteamientos afines a los de personas —de todas las filiaciones— que concluyen que los contagios de covid tendrían que ver con el “miedo”, no con un virus. La irracionalidad disfrazada de moral del optimismo es fenómeno global del temprano siglo XXI.

Prefiero la palabra amargura y el calificativo amargado sobre las expresiones en aparente boga, porque la amargura genera la imagen de alguien que se corroe en sí mismo. Ser amargado es pecado capital en el ambiente de exacerbado optimismo actual, que es tan ingenuo como la acción adolescente de sucumbir a la presión social de mostrarse entusiasmado ante cierta música (aunque el estilo cambie constantemente). Sin embargo, es virtuoso transgredir el conformismo por medio de la crítica no favorable. La crítica no es odio, ni animadversión. La función de la crítica de las artes no es producir recomendaciones para el consumo cultural, como insinúan aun sin saberlo, quienes claman por lo rescatable y positivo de cualquier obra. La crítica, en tanto que sea analítica, puede ser combativa.

La crítica no elogiosa no cuenta con simpatía en el medio cultural. Hay artistas que creen que los críticos deben entender las obras siguiendo línea por línea lo que ellos expresan al promocionarlas. O suponen que la crítica ha de estar compuesta de halagos, no de disensos. Pasan por alto que la crítica de las artes adversa es muestra de respeto: lo que sí es ofensivo son los halagos por compromiso o interés, que son muy comunes. El diálogo sobre las artes, para serlo, necesita debate, si no, se trata de rezo, cartilla moral o prédica política. Se pueden tomar esos caminos, pero entonces, hay que asumir las consecuencias y juzgar política y moralmente las obras.

El escritor George Steiner entre algunos de sus libros.

Hay un sentido en que la crítica, en general, está fuera de lugar: es anacrónica por ser moderna, podría no perdurar como práctica. No obstante, en sociedades llenas de farsas, en que se cuestiona la posibilidad de verdad desde filosofías relativistas e irracionalistas, la crítica permanece indispensable. La crítica de las artes persiste necesaria, aun si su alcance es extremadamente limitado, y lo es, pues incluso los críticos más prominentes alcanzan sólo a una minoría del público, son plenamente desconocidos a la mayoría de su sociedad; y carecen de trascendencia estética, intelectual o simbólica —como la mayoría de los artistas— salvo que sean como Steiner, Bloom o Barthes, por mencionar los mismos tres.

La crítica no es patología personal ni práctica censurable, es contribución aun cuando se equivoca, siempre que ejerza la inteligencia y no sea ataque tendencioso. La crítica es válida defensa de una idea del arte, sea minoritaria o mayoritaria. El amor a las artes tiene expresión privilegiada en la crítica negativa, que desde la irracionalidad se tilda de amarga. Por medio de la crítica destructiva se trata de contribuir a evitar confusiones; no desde la propia voz, sino a través de la discusión que vale en sí misma, sin necesidad de consensos. La crítica de las artes se cumple en lograr distinciones fundadas en la racionalidad y la sensibilidad: conviene preservarla para la vida de las artes.

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