Daniel Santos, recuerdos de una ciudad que se acabó

Cualquiera creería que nadie habita aquella vieja casona de la calle de Tlaxcala, en la ciudad de México; no al menos por el descarapelado frontispicio francés de mediados del siglo XIX, cuyo estilo tanto encandiló a las clases pudientes de entonces. Más aún, cerca de las diez de la noche parece estampa de esas leyendas de terror que también maravillaron en ese tiempo pero adentro la atmósfera es distinta.

En los años ochenta del siglo pasado, ya eran vestigios las Casas de Cita, pero la sociedad pudibunda aún encontraba recovecos para el solaz, como en estos cuartos de la casona que, en penumbras, semejan un laberinto con resquicios donde los caballeros balbucean al oído de aquella gardenia ocasional sus mejores versos o canciones acompañados de tríos o nada más de algún trovador de esos que viven de la noche.

Huele a humedad y perfume barato, también a tabaco; las paredes de la mitad para abajo son de alfombra roja con virutas grises de tan raídas. En la primera habitación hay una mujer como las que tanto dibujó Toulouse Lautrec, el cuerpo espigado y la cara como cuervo feliz, y un cigarro a la mano caída como en forma de cabeza de cisne mientras da pequeños tragos a lo que ella presumía Viejo París junto a otra muchacha formidable, como las que esculpió Botero.

Foto: Alejandra Escobar

No resisto la tentación de sentirme padrote y en el fondo del tercer piso de la casa, pido un trago, como ciudadano del mundo doy pequeños golpesitos a la cajetilla de Winston y saco un tabaco. Whisky en las rocas mientras miro el panorama. Interrumpo el recorrido al notar a una mujer recostada en un diván negro, sino tuviera el cuerpo cubierto en un velo del mismo color podría decir que parece la Venus del espejo pintada por Velázquez. (Al fondo se oye a Alberto Beltrán que canta “Me gusta todo lo tuyo, todo me gusta de tí…”).

Me llamo Celia, respondió. El tono de la voz me pareció más seco que su martini y su mirada tan ausente como la de una gata desolada (canta alguien: “Intruso corazón, por qué te metes con mis sentimientos..). “Si me invitas un trago bebo éste de inmediato”, añadió con el gesto burlón de quien asocia juventud con ausencia de dinero. Tenía razón, pero ella no tenía quién le invitara esa noche cuando ya eran cerca de las doce y entonces podríamos negociar. Los viejos conocedores de la ciudad de México saben a qué me refiero si hablo de “Las uvas”, el nombre de la madrota escapa a las telarañas de mi memoria, pero lo que quiero decir es que esta casona de la colonia Roma es tan desvencijada y hermosa como Celia, quien toma un cigarro con la confianza de los amigos de años y me acompaña con la canción que le dedico:

Foto: Alejandra Escobar

Virgen de media noche,
virgen, eso eres tú,
para adorarte toda
rasga tu manto azul.

Señora del pecado,
luna de mi canción,
mírame arrodillado
junto a tu corazón.

Bailamos, desde luego. Como ella lo había hecho con tantos, como yo que en los recuerdos de tantas la elijo a ella para evocar a uno de los compañeros de amores más persistentes de mi vida. Celia es un amor perdido, nunca fue para mí ni yo para ella, todo fue un juego, como cantó el trovador mientras despojamos a besos nuestras ropas con olor a tabaco, y empapadas de whisky y martinis. Se llama Daniel Santos y murió un día como hoy, en 1992.

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