Del Imperio a la República. Tercera parte

Eliminación del Congreso Constituyente de 1822

Un día como hoy 31 de octubre, pero de 1822, fue una fecha negra en las páginas del parlamentarismo mexicano; y ésta cuando apenas empezaba a dar sus primeros pasos. “Empezó con el pie izquierdo”, acostumbra decir la gente en estos casos de mala suerte. En efecto, cuando apenas nacía México, sufrió su primer golpe y tragedia parlamentaria en vida de su primer congreso, éste de carácter constituyente, de manos del Poder Ejecutivo encarnado en la persona del emperador. Lo sentenció y condenó a muerte por el delito político de su falta de docilidad y de no estar a su entera disposición, como si el país solo fuera de un solo hombre, mandándolo eliminar porque le estorbaba. Este fue su grave error y del cual ya no se levantaría el emperador. Fue una primera llamada de atención de que con las instituciones fundamentales del país no se juega.

Este Congreso, no obstante que era el primero de la vida del México recién independizado, y que por este hecho se esperaba que tuviera mejor suerte, nació marcado por la adversidad, dados los constantes desencuentros durante y después de la elección del emperador. Posterior a la renuncia de éste, dió por terminando su vía crucis con su disolución definitiva. Hubo emperador, pero no armonía entre ambos poderes, aún con su categoría de constituyente. 

No se entendió que ya en esos tiempos, así se ungiera para toda una vida y se ciñera y portara una corona, en la división de poderes no está un poder por encima de los otros, mirándolos hacia abajo y pensando que son sus subordinados; sino que se trata del sano y apropiado balanceo y equilibrio entre los poderes públicos en el ejercicio conjunto del poder gubernamental, así como de una educada relación y colaboración armónica funcional y política entre ellos, por la salud, macizamiento, bienestar y proyección de un país. Más todavía en los comienzos del país. Se olvidó que el poder, en su versión absolutista, ya se encontraba en su anochecer y ocaso, para abrazar el amanecer de un poder más ponderado. 

Se le olvidó al emperador que el poder absoluto (quizá pensando en el país soy yo y estoy por encima de las instituciones, por lo que “aquí solo mis chicharrones truenan”, como popularmente luego se dice), ya había entrado en decadencia y que estaba en sus últimos estertores; aunque en la real politik, ese ancien régimen que se negaba a morir, buscaba nuevas formas de acomodarse y sobrevivir, intentando filtrarse camuflado en nuevas expresiones, pero en esencia con las mismas características, en las formas de gobierno que conocemos hasta nuestro tiempo.

Sin embargo, muchos de esos primeros parlamentarios de aquellos primeros tiempos de Independencia, con su rango de constituyentes, no se amedrentaron ni se doblegaron ante el poder del ejecutivo imperial. Se sobrepusieron y se armaron de valor junto con otros republicanos para crear el ambiente necesario, con el fin de seguir y conseguir con mucha firmeza la forma de país que habían soñado y el que querían tener, aflorando en ellos un fuerte sentimiento de amor por la nueva patria, a pesar de que muchos de ellos fueron denunciados, perseguidos y encarcelados. Lo hicieron con el loable objeto de sacar a flote a la institución parlamentaria y al país que acababa de ver la luz. Ese era el talante de aquellos primeros legisladores constituyentes, en el amanecer del México decimonónico.

En efecto, como resultado del desaseo que se dió en la entronización de Agustín de Iturbide en el Congreso, que ya de por si venía dividido entre monarquistas iturbidistas y los que no quitaban el dedo del renglón de ideas republicanas, entre quienes estaban los antiguos insurgentes, salieron a relucir con mayor claridad las discrepancias continuas entre el Congreso y el emperador en varios frentes. El emperador se quejaba que el Congreso no cumplía con la función primordial para la que había sido llamado, que era hacer la Constitución; que se le regateaba la aprobación de la asignación de recursos económicos para el desarrollo de los programas de gobierno, y que varios de los diputados estaban más entretenidos en participar en reuniones clandestinas con el acompañamiento de militares para conspirar contra el gobierno imperial y contra su persona. Estas diferencias al interior del Congreso entre iturbidistas y republicanos, y de estos últimos con el propio Iturbide, hicieron crisis el 1º de agosto de 1822. 

Esto último provocó que Iturbide mandara detener, al decir de José Luis Soberanes Fernández, a sesenta personas; entre ellos a diecisiete diputados y a varios militares. Pero ante la duda del órgano que debería juzgarlos; del procedimiento para tal fin y de la normativa que debía aplicarse, se determinó que fuera el Consejo de Estado el que los juzgara, por lo que fueron consignados a este órgano el 16 de noviembre del mismo año. Sin embargo, quizá como luego se habla en el barrio, “midiéndole el agua a los camotes”, fue el propio Iturbide quien empezó a liberarlos con el consentimiento del susodicho Consejo de Estado, por lo que en el mes de diciembre quedaban solamente veintiséis detenidos.

Felipe Tena Ramírez, en pocas palabras expone que para sustituir al Congreso y ocupar este espacio legislativo que quedaba vacío, Iturbide estableció la “Junta Nacional Instituyente”, compuesta por un reducido número de diputados del eliminado Congreso, en proporción a las provincias. En efecto, entre las contadas cosas que logró hacer en su minúsculo periodo imperial, destacan la creación, a su modo, del también fugaz citado ente legislativo que corrió su misma suerte, y el Reglamento Provisional del Imperio Mexicano, elaborado por este singular órgano legislativo. 

Dejemos la palabra a Soberanes, quien bien documentado en fuentes primarias, con más detalle narra este episodio del país en ciernes: “Como era de esperarse, la molestia de los diputados al Congreso Constituyente iba en aumento, así como los rumores de una inminente disolución del mismo, por lo cual, algunos de sus miembros empezaron a abandonar la capital del Imperio; por ello, a finales de septiembre de 1822, ya no era posible alcanzar el quórum, para esto, Lorenzo de Zavala y otros legisladores presentaron el dìa 25 de ese mes, un Proyecto de reforma con el fin de reducir el número de representantes e integrar una segunda cámara, según el plan  original aprobado por la Soberana Junta Gubernativa; propuesta  que no fue mal vista  por el emperador; por tal motivo, convocó  el 16 de octubre a varios diputados y generales con el fin de discutir dicho plan, y al no llegar a ningún acuerdo, se volvieron a reunir al dìa siguiente varios diputados, los miembros del Consejo de Estado y altos cargos del ejército. Así, después de las doce horas, enviaron al secretario de Relaciones, José Manuel de Herrera, al Congreso para solicitar se aprobara el Plan, junto con el establecimiento de tribunales militares para juzgar delitos de subversión y se reconociera que la legislación gaditana estaba vigente para los tres poderes; el Congreso respondió el dìa 19, admitiendo la vigencia de la legislación gaditana, pero no así el establecimiento de los tribunales militares para tal propósito; Iturbide quiso, además, que se le reconociera el derecho de veto para la próxima constitución imperial, lo cual tampoco fue aceptado.

“Ante todo ello, el emperador decidió cortar por lo sano y el 31 de octubre mandó a Luis Cortázar a notificar al Congreso que había decidido disolverlo, sustituyéndolo por una Junta Instituyente integrada por dos representantes por cada provincia, sumando un total de 55 miembros y ocho suplentes, la cual debería iniciar sus sesiones el 2 de noviembre siguiente. Todo ello, lógicamente, empezó a provocar inquietud al interior del país, y a levantarse voces con el objeto de establecer una república, movimientos subversivos encabezados fundamentalmente por los viejos insurgentes, aquellos que habían sido excluidos sistemáticamente por don Agustín y ahora su participación resultaba definitiva; …”

El desenlace de este ambiente convulso aunado a la desaparición del Congreso, habría de ser fatal para Iturbide. Lo pagó caro, pues como dice el pueblo, “se le hizo bolas el engrudo”, por lo que finalmente se le iría la corona de las manos. El 21 de mayo de 1822 se coronó Iturbide, y sacrificó al Congreso el 31 de octubre del mismo año. Coexistieron y convivieron escasos cinco meses once días, inmersos en una relación áspera. Nada tersa. Meses después Iturbide perdió la corona y con él falleció y se extinguió el Imperio, dando pauta al nacimiento de la República.  

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