Hurgar en las hemerotecas y revisar nuestras discusiones precedentes siempre resulta conveniente. Tomar distancia, una pausa y mirar el bosque por encima de las ramas mexicanas. Seguir otros procesos, comprender otros países, aprender lecciones del mundo. Pues bien, todo esto fue hecho por Steven Levitsky y Lucan A. Way en un ensayo-reporte magistral por sintético y porque está repleto de lo que más importa: política, la que hace avanzar al autoritarismo y la política que defiende a la democracia. Por eso no pierde actualidad. Ofrezco aquí algunas viñetas de ese trabajo publicado hace no tanto en Journal Democracy (https://bit.ly/3qru5hT).
1. Los autores ven la historia en un plazo largo de más de treinta años. Afirman que el avance de las democracias encontró una amplia avenida tras el desplome de la Unión Soviética y esto duro una década. Luego, en muchas partes, el modelo económico dominante simplemente no repartió, concentró los ingresos en medio de crisis sucesivas y mucha inestabilidad. Los extremismos políticos reaparecieron. Estados Unidos se embarcó en una penosa guerra invadiendo Irak y la Unión Europea se dividió. China entró de lleno a la diplomacia mundial y Rusia hizo lo propio con sus métodos y artilugios digitales. Como puntilla de todo, llegó la gran crisis financiera de 2008-2009 que desparramó todavía más inestabilidad, irritación y descontento mientras las corrientes iliberales aparecieron en la escena de las democracias más desarrolladas. El espeso caldo del populismo se había cocinado ya, mucho antes de la segunda década del siglo XXI y tuvo sus primeros hervores desde los años noventa del siglo pasado.
2. En ese tiempo surgió un tipo de régimen político que no habíamos visto antes en esta escala ni con la frecuencia del presente: se trata del autoritarismo competitivo, descrito ya por el propio Levitsky y por Way, en otro ensayo del 2002 (https://bit.ly/3J0F9ZV). Instituciones democráticas reales coexisten con abusos y aberraciones promovidas por poderes ejecutivos electos que intentan una y otra vez desequilibrar a los comicios libres… pero no los cancelan. En una nuez, este es el concepto que define todo el trabajo de los autores.
3. De modo que al término de la guerra fría se construyeron democracias, pero no paso mucho tiempo para que algunas nuevas y otras, viejas democracias, se convirtieran también en autoritarismos competitivos. El entorno internacional, en palabras de los autores, se había vuelto “excepcionalmente hostil a la dictadura a gran escala”, pero al mismo tiempo, el apoyo activo y la promoción a la democracia de Occidente había perdido fuelle.
4. Entonces, lo que parece estar ocurriendo en gran parte del mundo es un ir y venir entre las fuerzas de la democracia y las del autoritarismo. Un nervioso forcejeo que ha hecho sobrevivir ciertas prácticas e instituciones democráticas, frente a otras que las han vaciado o vuelto insignificantes, ahora controladas desde el poder político. Así, algunos países se han vuelto de plano autocracias cerradas (Bielorrusia, Camboya, Rusia), pero lo distintivo de la época es el autoritarismo competitivo (como por ejemplo Benín, Gambia, Kirguistán, Liberia, Malaui, Malí, Mongolia, Sierra Leona). La pregunta que los autores se hacen ya no es tanto ¿cómo es que se instala cierto tipo y cierto grado de autoritarismo? sino la pregunta inversa ¿por qué esos países no han acabado en autocracias o en llanas dictaduras?
5. Respuesta. Porque hay una poderosa institución que las sociedades han aprendido, aprecian y no quieren perder: la celebración de elecciones. En palabras de los autores “es posible que las sociedades no estén profundamente comprometidas con los principios de la democracia, con la democracia liberal, pero a la gente le gustan las elecciones competitivas y en particular, valoran la capacidad de rechazar malos gobiernos”. Con un dato adicional: incluso en los países donde ocurrieron golpes militares o leyes marciales en este siglo, las fuerzas armadas no tuvieron más remedio que convocar pronto a nuevos comicios (Ucrania y Honduras, por ejemplo).
6. El ensayo es también -y también por eso, vale la pena- una profusa descripción de las decisiones, iniciativas y maniobras de los autoritarios, es decir cómo se han abierto paso merced a sus estrategias políticas. Ya que no pueden quebrar o eludir el momento electoral, recurren a un montón de estratagemas -unas típicas, otras audaces- pero cuyo punto focal es acudir siempre con ventaja a la siguiente cita electoral: debilitando a la oposición, restándole recursos, copando a los medios de comunicación, desmantelando al poder judicial y sobre todo, capturando a los órganos electorales, santo y seña de la pulsión autoritaria.
7. Existen dos motores, dos banderas en el autoritarismo contemporáneo: la polarización, la construcción de un enemigo interno (elitista, antipopular, “extraño”) y el etnonacionalismo. Volteen a donde quieran y encontrarán esas dos pulsiones, lo mismo en Víctor Orbán, Erdogán, Trump, Bolsonaro o López Obrador) el recurso del enemigo inventado bien que nos invade o nos quiere derrocar, es la constante que articula su discurso permanentemente.
8. Coda (para México). Visto con este lente, nuestras instituciones antiautoritarias cruciales son, las elecciones mismas y la no reelección en el poder ejecutivo (J.J. Romero). Si nos miramos en esa clave comparada, podemos decir que el autoritarismo competitivo en el que nos movemos, existen (entre otros más, claro) esos dos grandes fundamentos históricos, políticos, sociales y mentales sobre los que descansa la resistencia y, ya no la transición, sino la tradición democrática de México.

