Dada la intensidad de nuestro intercambio público, ayer lunes se hizo famoso un texto publicado en el diario Reforma escrito por Jesús Silva-Herzog Márquez. Y por ello lo comento.
Esto es lo que se lee en el primer párrafo:
“Se equivocan quienes piensan que la unidad fortalece. Hablar como si fuéramos uno nos debilitaría. Sería, por supuesto, una falsificación. Imposible hacer desaparecer las discrepancias, borrar las desigualdades y los agravios, negar la contraposición de nuestros propios intereses. Pero esa fingida cohesión no solamente sería una farsa, sería, sobre todo, una mala estrategia. El pluralismo no amenaza el interés nacional como nos quieren convencer quienes ven con sospecha el disenso ante la amenaza. Hay mil maneras de defender al país. Creer que la única forma de hacerlo es respaldar al gobierno o deponerlo es abdicar de las muchas formas en que podemos hacer valer los intereses nacionales. ¿En verdad creen los promotores de la unidad que tener una sola voz frente al patán nos permitiría defendernos mejor de su amenaza? La diversidad no nos hace vulnerables. Lo que nos debilita frente al agresor son nuestros fracasos no nuestras diferencias”.
Mediante diferentes (e inconexas) afirmaciones, el articulista crea un adversario a modo, pero muchas de esas, digamos, premisas, carecen de soporte, entre otras, a saber: 1) Nadie sostiene que el pluralismo es una amenaza contra el interés nacional; 2) No hay sospechas contra quienes disienten de la importancia de la unidad nacional; 3) No basta con señalar extremos para situarse como árbitro al abocetar sólo dos contrincantes y luego regañarlos –quienes creen que debe respaldarse al gobierno y quienes creen que hay que deponerlo–; y 4) Nadie dice que la diversidad nos hace vulnerables, al contrario.
Así, al crear un adversario a modo, Silva-Herzog resulta ganador. Pero esto es un poco más complejo, solo un poco, de la caricatura dibujada por el columnista: 1) apelar a la unidad nacional no suprime a la pluralidad política que hay en el país, es exactamente al contrario, precisamente porque este es un país diverso y que bueno, la propuesta es que en el país haya unidad para responder a lo básico: una política desastrosa contra el país no sólo pone en riesgo la economía nacional sino a miles de inmigrantes que son nuestros paisanos. Una sola voz, en eso en concreto, expresa una importante postura dentro de la defensa que el gobierno mexicano haga de los connacionales y, claro, para que su respuesta dentro de la disputa con el presidente de EU tenga más fuerza. Insisto, es en eso el acuerdo, en lo básico, y ello no suprime para nada la pluralidad. Tampoco es verdad que la postura de unidad implique respaldar a Enrique Peña Nieto, hay que ver los discursos de los convocantes para evitar esa distorsión, si se tiene buena fe. “Lo que nos debilita frente al agresor”, enarbola Silva-Herzog, son nuestros fracasos, no nuestras diferencias: coincido, y uno de esos fracasos, agrego, es no hacerle frente al agresor con unidad contra él.
Al dibujar al enemigo a modo, el articulista se vuelve cada vez más implacable contra su propio monigote. Esto escribe:
“Nos tienta el pensamiento bélico, ese que tacha de antipatriótico al pluralismo. Se evoca la disciplina y el sacrificio del Ejército como si fueran el gran ejemplo cívico. El soldado como el ciudadano auténtico. Tal vez podría entenderse el recurso retórico por la gravedad de las ofensas, por la seriedad de la amenaza. Pero el reflejo es torpe. No enfrentamos una invasión militar. Los retos que tenemos son muy distintos y no podrán encararse si pretendemos postergar el desacuerdo”.
En esencia el pleito es innecesario porque lo inventa el articulista. Pero monta el pleito precisamente porque la retórica lo necesita. Hay que ser tajante, no hay quien hubiera planteado el mito del soldado desconocido contra quien Silva-Herzog acaba en duelo. Lo importante es que en el tercer párrafo (al fin) entra a la miga del asunto:
“Pensemos en los retos más graves: el de los migrantes y el del comercio. Las comunidades de mexicanos que viven allá enfrentan el odio que Trump ha cultivado y viven con miedo de la deportación. La economía mexicana se tambalea ante la incertidumbre del nuevo proteccionismo. No hay embudo que pudiera concentrar las energías mexicanas de manera eficiente para defender a los migrantes y para cuidar la economía del país. No habría representante, por lúcido y patriótico que fuera, con la capacidad de encarnar la defensa del país. En ambas tareas se requiere lo contrario de la unión: el vivo conflicto por los derechos y los intereses”.
Esa es lo esencial: migrantes y el comercio (no es lo único pero sí lo relevante) aunque hay una línea que entorpece la disección “la economía mexicana se tambalea” (no hay hasta el momento indicadores de que ello sea así, estamos hablando de riesgos nada más, pero nada menos.) El problema es que después de señalar la miga del asunto, el articulista lo evade con más retórica: “No habría representante, por lúcido y patriótico que fuera, con la capacidad de encarnar la defensa del país”, nadie dice eso, es más, ni siquiera Andrés Manuel López Obrador se cree capaz de encarnar solo la defensa del país. Pero luego sostiene esto:
“Pienso en el Tratado de Libre Comercio. El acuerdo, como es natural, ha tenido en México ganadores y perdedores. Si bien hay regiones y sectores que han obtenido enormes provechos del arreglo comercial, también es cierto que hay zonas y sectores que están lejos de ser beneficiarios de la integración. Si el acuerdo se abre a la renegociación, sería inaceptable el silencio de los damnificados. En defensa del interés nacional, la desunión es necesaria. Quiero decir que la pretensión misma de la unidad niega las complejísimas contrariedades de nuestra relación con el vecino. Apostar a la armonía es silenciar (otra vez) a los perdedores. Si el gobierno mexicano habrá de sentarse a negociar reformas al Tratado, necesitaremos mucha desunión. Visible y ruidosa desunión. No hay motivo racional para confiar en los emisarios. Es irracional creer que este gobierno pueda descubrir, en la última hora, dignidad frente al agresor”.
Que alguien le diga al articulista que esto no trata de confianzas o creencias si no de exigencias, es decir, que nadie cree, más que en la demagogia de Jesús Silva-Herzog, que este gobierno pueda descubrir, en la última hora, dignidad frente al agresor. Aunque seguro en estos momentos de la lectura el analista ya logró el aplauso de un sector importante de las gradas, el asunto es menos pedestre de lo que él dice, al gobierno mexicano hay que exigirle, para eso ayuda la unidad política, una estrategia sólida frente a Donald Trump. ¿Qué tan difícil es entender eso? Mucho muy difícil a juzgar por lo que enseguida afirma, ya en pleno pleito –y epopeya victoriosa– contra su enemigo imaginario, el columnista Silva-Herzog:
“El anhelo mismo de la unidad es un agravio. Es la aceptación de que muchos han de callar sus exigencias para rendir honores a la abstracción nacional. No hay por qué lamentar nuestra desunión. Lo criticable es el colaboracionismo del gobierno federal, su apuesta por endulzar las ofensas, su disposición a pagar cualquier precio por mantener la apariencia del libre comercio. Lo criticable es la irrelevancia e, incluso, la indignidad de nuestras instituciones representativas. Lo criticable es el aldeanismo de los partidos de oposición. Lo criticable es la ausencia de un sindicalismo autónomo y potente. Que en la sociedad civil, que en la clase política, que en los foros de la opinión haya desacuerdos sobre el modo de encarar la amenaza no es mala cosa. Que haya distintas maneras de hacer visible la indignación por el xenófobo no me parece preocupante. El problema no es la desunión. El problema es la politiquería.”
El articulista se siente agraviado por el anhelo de unidad y creo que no hay nada qué hacer. No tengo palabras para reconfortarlo, sólo digo que nadie en su sano juicio exige que callen sus exigencias, nadie: éstas se expresan cotidianamente, como ayer en la marcha o en los medios y en las redes sociales –el enemigo imaginario del articulista perdió la razón si cree o aspira a lo contrario, a que haya silencio en el nombre de la unidad–.
El final del texto es memorable. Imagino que lo escribió como cuando el músico entona la parte final de su obra y prepara lo mejor, pero lo que se escucha es un lugar común: la clase política y los partidos tienen mucho que ver en este alicaído intercambio público, así es, y sin duda también los columnistas que con argumentos inventados se alejan del análisis y hacen politiquería.
