Por más que el Presidente intente atemperar sus ánimos para lanzar señalamientos a quienes llama sus adversarios, nomás no se le da.
No hay día en que no lance alguna puya, la cual tiene muy claro el efecto que puede provocar. Varias veces ha dicho que ya no va a hacer referencia sobre el pasado, sobre los conservadores y el neoliberalismo debido a que muchas de las cosas que ya pasan son responsabilidad de su gobierno.
Sin embargo, muchos de los intentos han quedado sólo en ello. A la mera hora arremete contra sus críticos y sabe muy bien cómo enviar mensajes de tres y hasta cuatro bandas. Ayer mientras mostraba los avances en la construcción del aeropuerto de Santa Lucía dijo: “tomen para que aprendan… tierra firme, no fango”.
La semana pasada el Presidente fue vehemente en sus señalamientos a sus adversarios y críticos. De nuevo apareció aquello de “fifís”, lo cual había intentado hacer a un lado de su lenguaje. No sólo fue esto sino también un abierto menosprecio hacia quienes asegura no se han preocupado por los pueblos originarios.
Con la popularidad que tiene el Presidente, da la impresión que todos estos lances podrían fácilmente ser evitados. La crítica al Gobierno no va a cejar porque es condición del periodismo, de la academia e incluso de los actores que componen la vida de la sociedad.
Muy probablemente se irá intensificando porque efectivamente en algunos casos se están afectando estructuras anquilosadas, y también por razones que tienen que ver con formas distintas de entender y ver el desarrollo social y económico de la gobernabilidad y del país mismo. A esto hay que sumar el inevitable desgaste en el ejercicio del poder.
El Presidente está en su derecho, diríamos que también en su naturaleza, no dejar pasar una. La cuestión está en que sus palabras adquieren una dimensión diferente debido a la importancia del cargo que ha ganado y del enorme peso que tiene lo que dice en amplios sectores de la sociedad.
Habrá habido presidentes que influyan y fueran vistos con lupa, pero el caso de López Obrador es algo aparte. Su mecanismo de comunicación lo hace omnipresente, está entre nosotros a toda hora y en todo momento, pero no sólo eso, es también su sistemática presencia en las redes, de la mano de un culto a su personalidad que tiende a intensificarse. Un ejemplo de ello es el video en que unos niños le cantan “es un honor estar con Obrador”.
Hoy no se alcanza todavía a tener una idea de qué tanto los discursos del Presidente y sus críticos nos vayan a dividir aún más, el terreno es fértil para ello. No están claras las consecuencias, si no es que ya están entre nosotros, de las constantes puyas en que nos hemos metido. No está claro tampoco qué tanto puede calar en la opinión pública, sobre todo entre los furibundos seguidores del Presidente, un discurso que a todas luces confronta y señala.
Al país no lo dividió López Obrador, lo que sí ha hecho y es uno de sus grandes méritos fue evidenciar las abiertas diferencias sociales y económicas que tenemos y hacernos en muchos casos conscientes de ellas. En medio de todo esto la disyuntiva está en el ahondarlas aún más o buscar elementos de cohesión, los cuales también pasan por el uso que haga del lenguaje.
El Presidente se ha convertido en un experto de la comunicación. Entiende a la perfección lo que la gente quiere escuchar y también la forma en que se pueden tocar las fibras más sensibles de quienes lo siguen y escuchan.
No queda claro qué tanto pueda terminar repercutiendo todo esto entre nosotros. Ya hay signos que inquietan, los cuales están evidenciando una franca y mayor división.
Las palabras pesan, hieren y dejan huella.
RESQUICIOS.
América Latina está buscando nuevos rumbos. Argentina optó por regresar por un pasado que quiere convertir en un presente y futuro esperanzador. A ver cuánto dura y a ver qué hacen con el tiradero que les dejaron y en el cual el peronismo tuvo algo que ver.
Este artículo fue publicado en La Razón el 29 de octubre de 2019, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.
