La noche de la última AMLOfest tuve pesadillas. Después de ver el reportaje de Marco Levario sobre la concentración pejista en el Zócalo soñé en miles de horrendos palurdos persiguiéndome como zombis por toda la calle de Madero. Desperté con algo de culpa. Después de todo, las actitudes elitistas con las que despreciamos a los fanáticos seguidores de los gobernantes de pacotilla que hoy abundan en el planeta son, en buena medida, responsables del auge actual del populismo. En Estados Unidos incluso hay un nombre para este fenómeno: lo han bautizado como “el síndrome Mencken”, en referencia al magnífico escritor, periodista y crítico social Henry Louis Mencken (1880-1956), el “sabio de Baltimore”.
Mencken fue el padre intelectual del escepticismo militante, quien se caracterizó siempre por ser dueño de un estilo radical e iconoclasta que no tenía respeto por nada ni nadie. “Opino que los mayores problemas humanos”, escribió alguna vez, “son insolubles, y que la vida está totalmente desprovista de significado. Es un espectáculo sin intención ni moraleja. Detesto todos los esfuerzos por atribuirle una moraleja”. Si pone en contexto su frase más citada (“Una carcajada vale lo que 10 mil silogismos”) se advierte que utilizaba su sentido del humor —ácido, cínico y punzante— para evidenciar falacias, convencionalismos sociales y creencias populares. “Quienes más hicieron por la liberación del intelecto humano fueron aquellos pícaros que arrojaron gatos muertos en los santuarios y luego salieron a trajinar por los caminos, demostrando a todos los hombres que el escepticismo, al fin y al cabo, no entraña riesgos: que el dios montado sobre el altar es un fraude. Que una carcajada vale lo que 10 mil silogismos”.
Mencken fue un incorregible y orgulloso elitista. Centró su ira en contra de los “palurdos bárbaros” de América. Habló en nombre de los habitantes educados y urbanos a quienes se les imponía una tiranía de la mediocridad. Actualmente, algunos críticos estadounidenses afirman que este espíritu elitista ha permeado demasiado en el Partido Demócrata. En las elecciones de 2016 el establishment del partido y los medios llamados “liberales” hicieron gala de un desprecio menckeniano al estigmatizar a los partidarios de Donald Trump como ignorantes e incluso estúpidos. Recuérdese, por ejemplo, la descripción de Hillary Clinton de los electores trumpistas en 2016 como “una canasta de deplorables racistas, sexistas, homofóbicos, xenófobos”, o, a Marcia Fudge, una legisladora demócrata, quien leyó muy oronda en la Cámara de Representantes una carta escrita por un elector suyo donde se decía de los partidarios de Trump “son racistas, están inmersos en sus creencias religiosas, son ignorantes o, como mi madre solía decir, simplemente tontos”.
Mencken no podría haberlo dicho mejor que Barack Obama cuando, en un momento de implacable sinceridad, llamó a los votantes rurales y de las pequeñas ciudades “resentidos y aferrados a las armas, a la religión y la antipatía hacia las personas que no son como ellos…”. También habría que preguntarse a quién tenía en mente Joe Biden cuando sugirió que el 15 por ciento de la población estaba compuesta por personas “que no eran muy buenas”.
El elitismo cultural y político también tiene prejuicios irracionales. Creer que se tienen niveles más altos de inteligencia y moralidad que las personas más simples y menos educadas, y hacer ostentación de ello, es un error político que estamos pagando caro. Esto también le ha sucedido por todo el planeta a liberales y socialdemócratas. La historia reciente, por lo menos a partir de la década de los 70 del siglo pasado, está marcada por la elitización de los partidos políticos, en particular los de centroizquierda, perfeccionando así la elitización del sistema institucional político y de la administración del Estado. En ese proceso se hace efectivo el reconocimiento al “valor superior” de los técnicos y profesionales. Por eso por definición el populismo es antielitista.
Así en buena medida se explica la victoria de Donald Trump, del brexit, de Erdogan, de Chávez y de tantos otros populistas incluido, desde luego, nuestro sublime Peje. Estos “deplorables” (para usar la caracterización de Hillary) enviaron por todo el mundo un mensaje a las élites progresistas: amplíen su agenda política para hacerla más incluyente y respeten las creencias, formas de vida y costumbres de todos los ciudadanos por igual, incluso de quienes ustedes llaman “palurdos”.
Sin duda, tenemos entonces que las opciones socialdemócratas y de centroizquierda tendrán que modificar lenguaje, propuestas y, sobre todo, actitudes, si quieren reconquistar el voto de las masas. Suerte con eso.
Por mi parte, ¡fuera culpas! Yo siempre volveré a Mencken. cuyo pesimismo crónico en sus reflexiones no le impidió luchar por sus convicciones, ni juzgar sin complejos ni concesiones a la corrección política, a las mayorías (“porque las masas, libradas a sí mismas, reinciden siempre en la elección de gobernantes ineptos”). Me quedo con su absoluto desprecio por todo lugar común; decía cosas como “hasta donde me alcanza el entendimiento, y llevo años estudiando este hecho con profundidad y empleando a gente para que me ayude en la investigación, jamás nadie en este mundo ha perdido dinero al subestimar la inteligencia de las grandes masas”.
Me quedo con Mencken porque a edad temprana descubrió el placer de la lectura a través de Huckleberry Finn, al que llamó “un magnífico libro libertario”. Era un nietzscheano convencido y un seguidor incondicional de Bernard Shaw. Dice Fernando Savater en el prólogo del menckeniano Prontuario de la estupidez humana que, a pesar de los defectos propios de “su condición autodidacta”, el autor destaca por “su enorme coraje intelectual y su contundencia expresiva”. Inmortal es la lucidez de sus ataques demoledores contra la estupidez, la mojigatería, las religiones organizadas y, por supuesto, los políticos (“La política ha sido siempre la carrera preferida del hombre de poca monta, y después de ella viene el periodismo”). Venerado por Borges y Hemingway, hoy sería casi inconcebible un Mencken en sociedades dominadas por la mediocridad intelectual y la corrección política, donde son cada vez menos los capaces de lidiar y entender el ingenio y la ironía, donde incluso los chistes más simples provocan desasosiego y donde toda expresión es examinada por si encubre algún tipo de discriminación por razones de sexo, raza o edad. Quizá por eso Mencken murió convencido de que su cuerpo, al final, se disolvería en la nada.