Desde mi punto de vista, una de las estampas más grotescas de la vida en la urbe es cuando las mujeres, mientras manejan el auto, se van emperifollando y para ello hacen piruetas de lo más inverosímiles aunque no siempre son eficaces (les juro que he visto mujeres con el bilé tan recorrido en los surcos de la boca que parecen al Jocker sin duda que esa noble actividad de maquillarse pone en riesgo a más de uno (y no me refiero al riesgo del soponcio al ver los frescos multicolores en el rostro de algunas damas). Acepto que en otras escenas yo he sido actor principal, por ejemplo en las circunstancias donde sólo se oye una mentada de madre con un estallido similar al de un grito de gol en el estadio y también, en las calles, he dado y recibido cerrones memorables. (Eso no está bien, me dijo hace poco mi hija mientras revisaba su celular en el auto en tanto que casi me liaba a madrazos con un cristiano). Por eso mejor casi no manejo.
Además, no sé cuántos pero intuyo que muchos no usamos el cinturón de seguridad aparte de que bebemos o fumamos al conducir; comer palomitas o nachos en el cine, aunque a muchos nos resulte de mal gusto, no es lo mismo que despacharse un refresco en el auto o comer lo que sea dado que cualquier distracción implica algo mucho más lamentable que embarrarse la salchicha en la boca. Y por si fuera poco coincido con esa parte del reglamento que busca privilegiar al peatón. Pero no estoy de acuerdo, por ejemplo, con que éste sea tan laxo con los bicicleteros que, muchos de ellos, merecen más de una (sonora) mentada de madre o, bueno, para ser civilizado, multas que de veras amainen lo barbajanes que muchos son cuando están frente al manubrio: buena parte de ellos transitan como si fueran los dueños de las vías.

