Fábulas de la indignación

“Cada generación cree que su locura no tiene precedentes, pero somos humanos y tendemos a repetirnos a nosotros mismos”…

Chesterton

Ni dramatización ni trivialización.

Karla mi querida ex alumna y hoy compañera de trabajo en el Tec, me llamó:

“Regi, me piden un experto para que opine sobre los ‘Centinelas’ y pensé en ti”.

Supongo que los medios quieren seguir ahondando sobre una historia que vende y entrevistar a alguien que trabaja en el Tec de Monterrey podría ser una buena idea. (Me harían una entrevista telefónica pero yo pienso mejor en papel, así que pensé hacer esto que sale de mis yemas para mi revista favorita).

Lo primero que pensé antes de comenzar a teclear para etcétera fue en no escandalizar y mucho menos en convertirme en vocero oficial (algo que nadie me pidió por cierto). Lo segundo que pensé fue en el interés que esta historia me suscita. Hoy que está tan de moda el tag tópico, pensé en los temas que me importan que se asocian con esta nota: redes sociales, la educación, narrativa y nuevos medios de comunicación; pensé en mi implicación: la mirada como madre, como maestra, como coleccionista de historias, como analista social. Lo tercer que vino a mi mente fue la gravedad de los incidentes y entonces comencé a cantar: “Quince años tenía Martina cuando su amor entregó…” recordé al unísono aquellas bandas robacoches de niños bien del Pedregal que causaban la indignación en mi época y entre cánticos y recuerdos intento modular un suceso reprochable más no inédito.

Cabe recordad por principio, quienes son los Centinelas. Son un grupo de jóvenes clase medieros que se dedica a golpear sin más motivo que ejercer su poder sobre adolescentes despistados que andan solos, con su novia, leyendo, etc. Se presume que estudian en la UVM campus Lomas Verdes y en Tec de Monterrey, ambos planteles de la zona sur de la Ciudad de México. Su fama y captura se deben a las redes sociales; primero porque un video de tan solo 42 segundos sobre una de sus “hazañas” en un centro comercial del Pedregal, en que agredieron a un incauto, se volvió viral; en segunda instancia, su identificación se la debemos a los grupos que ellos mismos crearon en WhatsApp y a sus redes de “amigos” en Facebook.

Cuenta la prensa que golpearon al hijo de Verónica del Castillo (hermana de la actriz Kate del Castillo) lo que motivó que cambiaran su nombre. En esta historia de bandas, no son únicos, resulta que tienen contrincantes, un grupo que se llama “Los Gatilleros” o el “Dream Team”, con modus operandis parecidos.

La palabra “centinela” proviene del verbo latino sentire (‘sentir’, ‘percibir’), otra versión especula que se relación con sentina (‘sentina’, el depósito inferior de desechos y aguas residuales de un barco, figuradamente ‘lo más bajo’, ‘inmundicia’). Para la milicia se trata de “un soldado o guardia militar que tiene función de celar, vigilar guardando el puesto, instalación, persona o material en que está encargado. Nombre común en cuanto al género se dice de una persona en que está mirando, acechando, observando o curioseando”.

(https://definiciona.com/centinela/)

En ese sentido, no me parece novedoso (no desestimo la gravedad de los incidentes violentos de estas pandillas) que existan estos grupos violentos, tal como mencioné antes, en mi época de juventud había pandillas, de la misma zona y posición social, que robaban vehículos o, al menos, eso contaba la leyenda, y suministraban sustancias para inducir al sexo a incautas preparatorianas.

El juglar y la conseja

Una de las funciones de la narrativa es la de fungir como advertencia, así todo relato es ancestro de lo que hoy conocemos como ley; desde el cuento del Coco y hasta la historia de la “oveja negra de la familia” contamos la historia de aquello que no queremos que se repita. Desde los juglares y hasta el tan mexicano corrido, según nos relata la escritora Erma Cárdenas en sus cuentos Voy a cantarles un corrido, estas narraciones funcionan desde hace más de doscientos años como la memoria oral que el pueblo guarda, divulga y perpetúa las noticias y acontecimientos que le afectan, como denuncia política y hasta el contemporáneo narcocorrido, anuncio pagado para hacer héroe al tirano.

Mezcla de información inocente, leyenda urbana, nota roja, corrido y chisme de barrio, las redes sociales hoy son transmisoras de la información que alimenta la curiosidad humana por saber del otro, de los otros; por aprender de la experiencia ajena o por advertir posibles consecuencias.

No creo en la degradación de los jóvenes, creo que será siempre una edad de transición, el paso obligado por la oscuridad del bosque. La neurociencia hoy se hace consciente de los complicados procesos neuronales que se llevan a cabo en el cerebro adolescente, un tiempo en que la identidad y la autonomía se desarrollan y ponen a prueba. Cada época enfrenta el tema de la juventud de maneras diferentes, hoy habría que sumar el abandono, la incertidumbre del futuro y la tolerancia a la frustración, etc. No quisiera hacer ni un tratado ni una apología de este periodo de la vida; intento poner en perspectiva lo que la pantalla como lupa magnificante, agranda hasta ocultar su verdadera dimensión.

La novedad no son las tramas humanas que desde Sófocles y hasta Tarantino reflejan pasiones humanas que siguen presentes; la novedad es el medio que usamos para contarlas, una ventana electrónica que privilegia la velocidad, los autores múltiples, la mayor indiscreción que tuvo nunca una ventana; la proliferación inmediata y lectores muy poco avispados que, con tal de hacerse parte del relato, olvidamos que toda historia debe reposar en el intelecto para procesar y analizar sus pormenores. Las emociones son los caballos que conducen al carruaje de la razón como dijera Platón hace ya tiempo, pero la seducción de dejarse llevar por el impuso y saber que la respuesta es inmediata es una tentación en que caemos todos los hombres y mujeres del nuevo milenio. Tal vez ese sea el peligro, como lo fuera la acechanza de un predador en las cavernas del pasado.

Moraleja, indiferencia o indignación

La sobreinformación como todo exceso, genera letargo, insensibilidad. El afán de protagonismo desplaza a los verdaderos actores de una tragedia, comedia o suceso. En la cultura de lo ready made, el usuario quiere calzarse toda experiencia disfrazando de empatía al burdo protagonismos. Ése es, en mi opinión, el gran peligro contemporáneo.

Los centinelas son un grupo de patanes que se deben castigar por su estupidez y falta de educación, nosotros sus padres, educadores y sociedad debemos prestar atención porque estamos malcriando a una generación a la que tememos porque hemos optado por privilegiar nuestras vidas personales, o abolir el conflicto, o medicar y diagnosticar, o entretener con sustancias y aplicaciones, antes de escuchar, comprender y sí, lo digo fuerte: castigar a los responsables. Eludimos eso, hacernos responsables.

Los Centinelas no son unos anormales, como no era una puta la chica que murió en el BMW de otro irresponsable que no midió las consecuencias. Podemos hacer corridos de la que murió por puta, videos de los golpeadores anónimos, tweets del asesino del BMW pero lo que no podemos negar es que disfrazamos de indignación al miedo que nos da saber que cualquiera de ellos pudo ser nuestro hijo.

 

 

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