Finalmente, ¿Qué es la Cuatro T?

Varias veces en estas páginas me he preguntado y tratado de responder qué es eso que llaman la “Cuarta Transformación”. Después de cuatro años de ver con estupefacción qué dicen y cómo se comportan los seguidores de AMLO, empiezo a comprender que hay unos rasgos distintivos que acompañan a la destrucción inmisericorde a la que el gobierno ha sometido al país.

Tesis: La cuarta transformación es el uso de la narrativa construida de imágenes y símbolos manipulados. Son la base de su mitomanía y doble moral.

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La 4T son palabras, discursos con solo un fondo emocional. No se le puede pedir racionalidad donde no la hay.
En la escuela primaria nos enseñaron a tener héroes. Nos hicieron suponer que en nuestra historia patria se trataba de seres excepcionales que realizaron en el pasado hazañas sorprendentes, las cuales dieron una especie de fisonomía característica a nuestro país actual. Pero la 4T reproduce una historiografía fragmentaria, parcial y engañosa porque omite –a conveniencia– las situaciones reales de la historia. La estrategia de “yo tengo otros datos” pero aplicada a una historia de caricatura.

Primer tiempo, en el inicio: Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón. ¿Qué hicieron estos personajes para ser reivindicados por el actual gobierno? En estricto sentido: ¡nada que la 4T pudiera asumir!

Si el pensamiento de la Ilustración es conocimiento, ¡fuchi!

Al parecer, la 4T dice inspirarse en la gesta de la Independencia, como el primero de cuatro tiempos. Pero a la vez omite el dato fundamental: el movimiento de Independencia se consolida con el triunfo del Ejército Trigarante, encabezado por Iturbide (un conservador que ni se menciona en la narrativa 4T). Lo que quedaría para la memoria cuatroteista es la imagen de Hidalgo en la inspiración de José Clemente Orozco. La pintura se titula: la Sublevación.

Lo que no dice la 4T, por sus imposibilidades de comprensión histórica, es que Hidalgo era un criollo, es decir, un español nacido en México (¿a qué grupo social habría que reconocerle la gesta independentista?). Tampoco toca el aspecto de que Hidalgo era un hombre «ilustrado», es decir, un lector de las obras del pensamiento de la Ilustración francesa y que entre su biblioteca se encontraban ejemplares de la Enciclopedia de Diderot. O sea, en resumidas cuentas solo queda la imagen del cura Hidalgo como el sujeto que se sublevó; pero los propagandistas de Morena no podrían decir con verdad que representa un ejemplo para las decisiones y acciones “del movimiento” (sic), porque la 4T postula la ignorancia como virtud, sustenta el conflicto social (binario), rechaza los fundamentos de la cultura Occidental. Reconoce, con puntualidad, el lenguaje del resentimiento (¿de Hidalgo, de Morelos?) contra España y los españoles. Nunca leyeron el brindis de Morelos donde reconoce a España como una nación hermana. El primer sorprendido sería el más resentido, el solitario de Palacio.
Juarez, ¿es una estación del Metro?

Lo propio ocurre con Benito Juárez, “el mejor presidente que ha tenido México”, como repiten una y otra vez, sin reparar en qué sentido la revolución de la Reforma transformó el país. Se deja de lado el hecho de que la conformación del Estado mexicano por los juaristas implicó el establecimiento de los tres poderes del Estado, según las ideas forjadas por el pensamiento jurídico clásico inglés y perfeccionadas en Estados Unidos.

No se quiere admitir ni por error que Juárez puso en el centro de la acción política la Ley. Es decir, el debate político tendría como límite y faro los ordenamientos normativos. El contraste se da cuando vemos cómo, a manos de los de Morena, se atropella continuamente la Constitución y las leyes. Uno podría preguntarse si realmente entendieron cuál es el legado de esa “segunda transformación”. Cuando escuchamos la frase: “Por encima de la Ley nada ni nadie”, no dejamos de sorprendernos por la abundancia de datos contrarios. La 4T se sigue yendo contra instituciones (el INE, la UNAM, el CONACYT, la SCJN, INAI), ejerciendo una justicia selectiva (favoreciendo a sus cuates, socios y familiares) y pretendiendo ocultar sus perversas acciones con una confusa oposición entre Derecho y Justicia. (¿Cómo olvidar el célebre apotegma del Supremo: “No me vengan con que la Ley es la Ley”.)

Otra vez, su ignorancia es exhibida a todo lo que da.

El estado corporativo, la democracia «dirigida»

Aunque quizá la figura más auténtica de la 4T sea, no tanto la Revolución (y la figura de Madero), sino Lázaro Cárdenas. Influenciado por las ideas y proclamas de fascismo de Benito Mussolini y la conformación del gobierno de la URSS, el equipo de Lázaro Cárdenas inauguró para México el populismo.

Primero, la figura del supremo líder. El Tlatoani azteca, el Monarca sin corona, el centro político del culto a la personalidad. Así, con el apogeo del presidencialismo mexicano (con sus facultades metaconstitucionales), con el sistema de cooptación (por la fuerza o por la conveniencia económica) de personas y organizaciones gremiales, con la dádiva como medio de compra de votos (“que te mantenga el gobierno”), el nacionalismo se hizo partido político hegemónico y desde allí comenzó el proceso de manipulación de las personas, y se inició un sistema político donde privaría –lo que más tarde se denominaría– la «democracia dirigida». Un manjar para la 4T. ¿Cómo conciliar globalidad con un rancio nacionalismo? ¿La empresa Tesla con Dos Bocas?

El cardenismo significa que el Estado y de la gente van respondiendo únicamente a la voluntad del Amado Líder (esa es la fantasía central de todo dictador). Un pueblo sometido, sin voz, y al propio tiempo es ahogada toda disidencia. (La presunta deslealtad se castigó con la muerte o el destierro, según la política de Stalin.) Con Tata Lázaro la empresa estatal creció, se enseñoró y produjo el control político a través de una burocracia gubernamental domesticada. Se quiso implantar una «identidad» única, ajena a cualquier idea de pluralismo, sea político, ético, cultural, ideológico, regional y sexual. Pueblo y líder, líder y pueblo, la unidad in-di-so-lu-ble con la que han soñado todos los dictadores. Todo lo que queda fuera del paquete creado por Cárdenas estuvo fuera de la Nación. La polarización se hizo emblema y nadie en el Estado objetó nada.

El nacionalismo implantado por el cardenismo fue el caldero desde el cual se quiso expulsar las ideas disidentes. Se les condenaría posteriormente como ideas “exóticas”, “extravagantes”, “extrañas a nuestra idiosincrasia”. Luis Echeverría no paraba de lanzar diatribas contra los que se negaban al sometimiento a su “ideario” (¿cuál?). El deseo de la integración absoluta de todos bajo un mismo liderazgo. Pero eso sí, la “dictadura casi perfecta” (Vargas Llosa dixit) requirió la sucesión presidencial. El sufragio efectivo, no reelección (ahí cabe Madero). Pero es una frase que de vez en cuando se intenta poner en museo de la historia ante las tentaciones de que “no alcanzan seis años para la enorme labor que he comprometido con la patria”.

No son estampitas, pero cómo se parecen

De manera que la 4T es un desfile de figuras, de dibujos con los rostros de los prohombres. Y como nunca antes en la historia, se cree que este –el actual– es el tiempo de “LA transformación…”. Así, a secas: “LA transformación”… Se quiere presentar a AMLO como el último reformador. ¿Y después? El fin de la Historia. Así la modestia estilo 4T.

Esta estrafalaria idea quedó como si fuera una estampita para coleccionar. A lo que habría que añadir: hay continuidad y hay ruptura.

Pero la continuidad viene del lado más oscuro del PRI. El acarreo de gente a las plazas públicas, los grandes pendones con frases como “Gracias, señor Presidente”, y la manipulación de la “voluntad popular” mediante urnas embarazadas, ratón loco, conteo de votos inexistente, candidatos de relleno, y la amenaza a todo aquel que tuviera la osadía de tener un pensamiento “contrario al régimen”.

La 4T ha hecho uso y abuso de esa herencia del oscuro PRI. Con una sutil diferencia. Los políticos del PRI de antaño eran más formales, más discretos y, en ciertos momentos, se comportaban con “políticos profesionales”, lo cual significaba que escuchaban y negociaban, aceptaban y no solo imponían. Hoy, sus émulos en Morena no están dispuestos a dialogar, todo lo quieren dominar por la fuerza (“somos un chingo y seremos más…”). Actúan como si fueran hordas o pandillas: “te vamos a romper la madre porque somos un montón”. Carecen de estilo, de lo que antes se llamaba “educación cívica”. Y, por supuesto, se equivocan.

Ni Pinocho era tan simplista

¿Qué es la 4T? Imágenes, símbolos históricos manipulados, parciales, equívocos. El engaño del marketing publicitario. Pero no nos indican nada respecto del contenido de ideas y tesis políticas. ¿Por qué? Porque AMLO usa la simplicidad como método pedagógico. Simplicidad quiere decir esquematismo. Los asuntos se reducen a unos cuantos ingredientes, los básicos, perdiendo el examen de la complejidad de los problemas y recurriendo al falso optimismo del “¡vamos bien!” (¿a dónde?). No hay ideas, no hay análisis, no hay datos ciertos, solo palabras y más palabras. Y claro, los símbolos.

AMLO ha demostrado ser un líder consumado. Solo los polemistas novatos creen que pueden opinar únicamente de lo que conocen. López Obrador habla de absolutamente todo: de lo poco que conoce y de lo mucho que ignora. Desde hace décadas ha perdido el decoro que le impediría hablar de lo que no sabe.

Habla para acallar a los otros, para intimidarlos. En las reuniones privadas con sus colaboradores, apenas ve un rasgo de insubordinación y de inmediato reacciona y vocifera a voz en cuello.

Él sabe que no importa que no conozca de los asuntos de la nación y del mundo. Lo que le importa es opinar de todo. No le alteran ni le perturban los datos financieros, los de los mercados internacionales, los conflictos en países, las encuestas contrarias, las variantes de Internet o los avances en Inteligencia Artificial. Siempre habla y habla. El choro mareador. La voz que amedrenta y obliga al silencio domesticado. La frase “Nosotros no espiamos” debe entenderse con la clave psicoanalítica de la negación de Freud: “Nosotros espiamos, pero no lo vayan a creer”.

“No mentimos”, mienten. “No robamos”, roban. “No traicionamos”, traicionan. En lo contrario está la verdad, como señaló Spinoza. Es el signo de dentidad de la 4T. Su política es el agandalle vil. El resentimiento: antes nos agandallaron a nosotros y ahora va la nuestra. Desquite, represalia.

Su respaldo es el Estado creado por Cárdenas y su apoyo, las Fuerzas Armadas. Lo demás es puro embuste. En realidad, nadie se cree el cuento, porque no tiene fondo alguno. Carece de bases. Publicidad barata, para clientes que se conforman con baratijas. La propaganda como fuente de veracidad (¿?).

Yo siempre he pensado que los mexicanos partimos del escepticismo. Dudamos en materia política, como dudamos respecto de las afirmaciones de los parientes o de las promesas de los entrenadores de futbol. Lo único que salva ese escepticismo son los cuentos infantiles, con héroes y villanos. Por eso la narrativa quimérica y delirante es una parte central de la 4T.

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