En México, la justicia debería ser el último refugio de la verdad. Sin embargo, cada vez que el poder político convierte a las instituciones en instrumentos de revancha, la justicia se degrada en espectáculo. El caso de María Amparo Casar, investigada por la Fiscalía General de la República bajo acusaciones que ella misma califica de persecución política, es más que un expediente legal: es un síntoma de un sistema que confunde la crítica con el enemigo.
La historia es conocida: Pemex interpuso una denuncia por presuntas irregularidades en la pensión de viudez de Casar, y la FGR abrió una carpeta de investigación. Lo que debería ser un proceso técnico y transparente se ha convertido en un campo de batalla simbólico. No se juzga únicamente a una persona, se busca disciplinar a una voz incómoda, presidenta de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, organización que ha expuesto los excesos del poder.
El mensaje es claro: quien se atreva a cuestionar será exhibido, perseguido y desgastado. No importa si el caso se sostiene jurídicamente; lo que importa es el efecto político de sembrar miedo. Así, la Fiscalía deja de ser garante de legalidad y se convierte en brazo ejecutor de la voluntad presidencial.
Este patrón no es nuevo. La historia mexicana está marcada por gobiernos que han confundido la crítica con traición. Pero cada vez que se repite, se erosiona un poco más la confianza ciudadana en las instituciones. La justicia deja de ser un espacio de imparcialidad y se convierte en un teatro donde el poder dicta el guion.
La pregunta que debemos hacernos no es si Casar es culpable o inocente. La pregunta es: ¿qué significa para México que la Fiscalía se use como herramienta de intimidación? ¿Qué futuro nos espera si la crítica se castiga y la prensa se acalla?
Defender la libertad de expresión no es defender a una persona, es defender la posibilidad de que todos podamos hablar sin miedo. Es defender la memoria colectiva frente al intento de borrarla. Es recordar que la democracia no se construye con obediencia, sino con disenso.
Hoy, más que nunca, México necesita una prensa libre, una ciudadanía vigilante y un sistema de justicia que no se arrodille ante el poder. Porque cuando la justicia se convierte en venganza, lo que se persigue no es a un individuo: se persigue al país entero.


