Desde la experiencia anecdótica hay quienes confunden salas subsidiadas —repletas cuando son gratuitas— con la existencia de públicos. Pero, a pesar de enormes desigualdades económicas, la Ciudad de México es tremendamente homogénea: lo mismo ricos que pobres se aburrirían con ésta y muchas otras películas, porque ni unos ni otros —ni los de en medio— cultivan el amor por las artes.
Los celos de pareja, sentimiento intenso si lo hay, ¿no merecen representaciones más elaboradas? ¿Es que los celos son caricaturescos?
En su propia columna semanal, el día de nochebuena del 2021, Juan Villoro afirmó: “escribir columnas es un acto de autoconocimiento”. Al reflexionar sobre el periodismo cultural de José Emilio Pacheco —en un opúsculo impreso en 2017— Villoro había escrito, entre paréntesis, que: “(toda columna semanal, en sí misma, es la puesta en escena de una obsesión)”. Entre obsesiones personales y ejercicios de comprensión propia, algunos columnistas tenemos el descaro de apelar a lectores afines y contrarios; otros escritorzuelos padecen delirios de importancia que no se cumplen, aunque pasen su vida alimentando su propio desvarío.

Personas que se han condenado a sí mismas a la trivialidad, que se han cancelado el asomarse a la vida. Mueren en placidez —sea por nulidad o notoriedad, poder o desesperación, da lo mismo— gracias al atavismo de lo que debían hacer.
Es una extravagancia que una de las medidas de evaluación que se aplican a las artes sea la expectativa de que las obras contengan conocimiento sofisticado sobre la sociedad. En este punto del siglo XXI —aunque algunos se arroguen el padecer soledad antisistema— es cliché compartidísimo la supuesta crítica al capitalismo, a pesar de que la mayoría de los artistas no se ocupe siquiera en saber en qué consiste, ni en averiguar cuándo realmente opera en alguna comunidad. Así, quienes no se han dedicado al estudio de la sociedad ni son particularmente perceptivos o analíticos, se aferran a explicaciones simplistas sobre las sociedades que derivan en dictámenes sin originalidad ni inteligencia, aunque se presenten como revelaciones con tufo de universalidad.
Hay una retórica de fetichización de los libros, como si fueran cosa buena indiscutible. No lo son: aun entre la minúscula minoría escritos con pericia literaria y de pensamiento, la mayoría podrían ser prescindibles. Es probable que esto que usted lee también lo sea.
¿Incomodar es virtuoso, sólo adolescente, pernicioso o carece de valor intrínseco? Isaac Magaña GCantón ha escrito que “el crítico literario [es] siempre un invitado potencialmente incómodo a las tertulias literarias”. Postula que “un crítico literario es un lector independiente que, agudo, discute y evalúa textos literarios, los interpreta y, a veces también, los compara con otros textos. Para al final, directa o elusivamente, dejarle saber al lector el sabor de sus pareceres”. La independencia parece ser la clave, la independencia es difícil en muchos sentidos: el conocimiento validador de la crítica puede conllevar ataduras (teóricas, grupales, de apegos, de gusto…). El reconocimiento de los propios prejuicios es sana autoexigencia cuando se busca pensar. Sin embargo, no clamar en el desierto parece requerir pertenencia a una red, tocar alguna al menos. La independencia —acaso imposible— es paradójica necesidad absoluta: siempre incomoda, particularmente a los cercanos, que no la ejercen.

El comportamiento burocrático —la orientación gubernamental pervierte— inflama incluso a personajes secundarios, terciarios y posteriores. Hace que criaturas poco cabales crean que una actividad realizada en infraestructura cultural pública, en zona federal, pagada con impuestos, sería, sic, un “evento privado”.
¿Cuál es el sentido de “exposiciones” basadas en materiales audiovisuales que pueden sumar horas de visualización entre los distintos proyectores y monitores? ¿Cuál es el muy exiguo porcentaje de asistentes que podemos dedicar esas horas a una visita o con la libertad de volver una y otra vez a ordenadamente ver todas las piezas completas?
El talento artístico se revela cuando los creadores —a pesar de adherirse a simplificaciones— tienen la imaginación y el manejo de formas que conducen a que, imbuida de visión o experiencia, la obra trascienda consignas estilisticas e ideológicas, que, por fortuna, terminan siendo sólo elementos de un paisaje más trascendente.

Una reacción tradicional y falaz es suponer que cierta forma de intervención o regulación —generalmente gubernamental— sería la respuesta para lograr objetivos sociales o lo que debería habilitar para ejercer alguna función. En el pasado yo mismo caía en esta lógica porque es mecanismo común. Pero es tan falso como suponer que una licencia de manejo es lo que permite a alguien operar un vehículo: la capacidad práctica no depende del documento. Las actividades artísticas son posibles gracias a los creadores y los públicos, no por burocracia cultural alguna. Padecemos gobiernos que exigen la licencia, para cobrarla; caemos en lógicas de infraestructura cultural y becas para artistas. No deja de ser contradictorio que aceptemos tales paradigmas cuando en países como México hemos vivido todo el siglo XXI, y antes, con gobiernos gravemente defectuosos, que persisten en la ineficacia e incluso empeoran condiciones básicas como la seguridad y la salud. Y, sin embargo, poner en evidencia las lógicas perversas es visto como locura.
Asegurar que los libros elementales serían puerta de entrada a la mejor literatura —aunque excepcionalmente eso pasara— no es optimismo, sino embuste. Es falso que lecturas burdas sean camino a literatura significativa: puede consumirse una vida entre mala escritura e ideas erróneas, sin salir jamás de ese entorno; es lo que más sucede.
La buena factura no es poca cosa, pero no es la película. Hay multitud de criterios según los cuales diversos elementos pueden estar bien hechos: eso no garantiza valor fílmico.

