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¿Qué pasa cuando las narrativas antagónicas que incitan a la polarización de la conversación en línea vienen desde las autoridades?

Las redes sociales son la nueva plaza pública donde la gente, los usuarios, buscan informarse y expresar su opinión. Uno de los elementos que hacen tan poderosos los mensajes que fluyen por las redes sociales es la capacidad de estar en contacto uno a uno, sin filtros ni intermediarios, con las figuras de autoridad, ya sean políticos, instituciones, gobernantes y, hasta con los presidentes.

Internet y las redes sociales son un medio de interacción legítimamente democrático. Le ha dado al usuario la capacidad de consumir exactamente el contenido que desea, no hay un orden ni una estructura establecidos, ni una regla que limite o marque la pauta a seguir más que su propio interés. Esa misma lógica guía la forma en que construye sus relaciones dentro del ambiente social digital.

Pese a lo que se creía originalmente, la exposición de los usuarios a información que le resulta discordante no ayuda a ampliar su punto de vista o a tener un mejor criterio, sino que incentiva el inicio del ciclo de polarización.

La politización del medio social digital se da por identificación ideológica de grupos específicos con ideas profundamente arraigadas. Esto es lo que más incentiva la formación de grupos afines, pero también, es lo que lleva a la casi inmediata polarización entre grupos que difieren en sus elementos de identificación. Para el usuario promedio la identificación política que sustenta la afinidad de su interacción en las redes sociales trasciende a la identificación del contexto social en general fuera de la pantalla. A su propia identidad como persona.

etcétera

En el contexto de las conversaciones de tipo político, que son las que cada vez más dominan las temáticas en general en las redes sociales, hay temas especialmente sensibles. Estereotipos, diferencias económicas, prejuicios, complejos, resentimientos sociales, estigmas por ideología política, se distribuyen con sorprendente rapidez y causan el choque de las esferas antagónicas de interacción, polarizando las posturas de los participantes, es decir, llevándolas cada vez más hacia los extremos opuestos de la escala de ideología o simpatía que corresponda.

Parte de esto es lo que ha hecho que para la autoridad sea tan valiosa la capacidad de comunicar sus acciones, aunque a veces más bien lo que se hace es construir narrativas. Cuando esas narrativas carecen de fundamento, son imprecisas, se exhiben datos sin sustento ni comprobables es parte de lo que se considera posverdad.

Pero además, las figuras de autoridad, el gobierno en todos sus niveles, los políticos, o cualquier otro son de facto una figura de poder cuyos mensajes tienen un impacto proporcional por su alcance dentro del entorno social digital.

Casi desde que empezó el auge de las redes sociales globales actuales, Facebook y Twitter a la cabeza, se ha estudiado la forma en que la interacción en estos medios influye fuera de la pantalla para tomar decisiones y llamar a la acción con sentido político.

Hay otro enfoque que preocupa, la capacidad de la autoridad, el gobierno, de aprovechar las redes sociales en beneficio propio enfocando el esfuerzo en perjuicio contra objetivos específicos; no es nuevo ni extraño que esos objetivos sean políticos de partidos de oposición, instituciones no gubernamentales, pero además académicos, medios de comunicación, periodistas y hasta civiles.

Cuando se presenta esta dinámica se considera que es un riesgo asimétrico, ningún objetivo de la sociedad civil o de algún partido político fuera del gobierno, puede tener el alcance o impacto del aparato del estado.

Así, cuando los elementos narrativos que surgen del gobierno, vía cualquiera de sus funcionarios o instituciones, tienen como objetivo a quien le resulte incomodo, inevitablemente lo pone en el centro de la atención y como punto de la dinámica de polarización. Se convierte en un ataque desproporcionado donde el primero y mayor agente de influencia adversa es el gobierno.

Cuando se ha señalado un objetivo y se han dado los elementos narrativos, se han puesto las bases para que surjan los memes, los “chistes”, los señalamientos basados en información imprecisa, la amplificación de errores, la difusión de bulos, y todo lo que pueda servir para conducir una campaña antagónica donde se busca destruir la credibilidad, reputación, confianza y certeza en el objetivo.

También de esta forma se inicia el ciclo de troleo, donde las dos esferas de interacción, las que son concordantes con el gobierno y las que son concordantes con el objetivo se repelen, son discordantes entre sí, en un abierto ejercicio de confrontación y combate ideológico.

No es necesario que el gobierno disponga de grupos pagados para estas prácticas, es más un asunto de identificación y afinidad donde basta entender cuál es la audiencia objetivo e inducir los mensajes con el estímulo emotivo adecuado. Simples palabras son suficientes para iniciar narrativas instigadas desde el gobierno contra objetivos que le resultan incomodos: corrupción, chayote, huachicoleo, privilegios, neoliberalismo y una lista cada vez más larga. El resto se da por inercia en un comportamiento altamente reactivo.

La consecuencia ultima es una forma de callar voces, opiniones e ideas: la censura coercitiva.

Hagamos red, sigamos conectados, en libertad y con responsabilidad.

Autor

  • Leo García

    Diseño y coaching de estrategias para manejo de redes sociales. Experiencia en análisis de tendencias en línea.

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