¿Hacia la ingobernabilidad?

Los varios intentos de construir una democracia en México terminaron en episodios de violencia e inestabilidad.

Por lo cual una pregunta obligada es si el fracaso del último intento en ese sentido (que fue el que más avanzó y duró) no terminará igual.

Desde luego, no ha sido el caso hasta ahora, pero los tiempos no necesariamente tienen que ser inmediatos en un desenlace determinado.

Revisemos la trayectoria histórica de dichos esfuerzos democráticos.

Los dos primeros se dieron en medio de la guerra de Independencia, por lo cual sus posibilidades de éxito eran prácticamente nulas (una democracia requiere de condiciones mínimas de estabilidad para construirse).

Se trata de la Constitución de Cádiz de 1812 (venida de la España invadida por Napoleón) que instauraba una monarquía parlamentaris, parecida a la que tenía Inglaterra. Los realistas la rechazaron y boicotearon.

Vino después el intento de Morelos a través de la Constitución de Apatzingán que se tradujo en el Congreso de Chilpancingo; ni una ni el otro tuvieron mayor influencia y acabaron con la derrota del Siervo de la Nación.

Tras la caída de Iturbide en 1824, surgió una república democrática bajo el mandato de Guadalupe Victoria, aunque en medio de gran desorden político.

Extrañamente Victoria terminó su mandato, pero justo en uno de los momentos claves de la democracia – la transferencia pacífica del poder -, quien perdió en la elección de 1828, Vicente Guerrero, acusó fraude y provocó un golpe de Estado exitoso (lo que por definición, rompe la estabilidad política y pone fin a la democracia).

A su vez, Guerrero fue derrocado por un golpe de Anastasio Bustamente, y éste lo fue por otro golpe de López de Santa Anna.

En 1832 subió éste como presidente republicano, pero más adelante él mismo generó las condiciones para convertirse en dictador.

En los años siguientes prevaleció el golpismo y democracias formales que en realidad encubrían una gran ingobernabilidad (más cercana a la anarquía).

Frente a la última presidencia dictatorial de Santa Anna en 1853, surgió la revolución de Ayutla, triunfando en 1855 y restaurando la democracia (y una nueva Constitución liberal, en 1857).

El nuevo presidente Ignacio Comonfort reclamó que dicha Carta le daba muy poco poder al presidente y pidió corregir eso. El Congreso se opuso y Comonfort optó por apoyar un golpe de Estado del conservador Félix Zuluaga.

A ese nuevo fracaso democrático le siguió una guerra civil; la de Reforma (1858-1861). Y muy poco después, vino la invasión francesa y la instauración del II Imperio (con Maximiliano).

Al ser derrotado el Imperio, vino otro intento democrático (la República Restaurada) con Benito Juárez al frente.

Pero éste también quiso más poder que el que la Constitución le otorgaba, y empezó a gobernar por encima de ella (con lo que mucho después Jorge Carpizo llamaría “poderes meta-constitucionales”).

El rumbo que tomó Juárez fue muy parecido al que más tarde seguiría Porfirio  Díaz, pero don Benito no llegó tan lejos pues sólo gobernó 5 años antes de morir.

Díaz llegó a poder mediante otro golpe de Estado, y tras su prolongada y fuerte dictadura se dieron las condiciones para otra revolución, convocada principalmente (no únicamente) por Francisco Madero, que había buscado una transición democrática pacífica.

Al negar esto don Porfirio, explotó la revolución que lo mandó al exilio. Entonces Madero intentó algo casi imposible; construir una democracia justo después de la revolución (todas las que han sido exitosas desde la Francesa, han terminado en un nuevo autoritarismo).

El experimento maderista fracasó tras 13 meses (como lo anticipó Venustiano Carranza). Ese fue el último ensayo democrático antes del que se gestó en 1990.

Tras el desgaste del régimen priísta por varias crisis económicas y políticas (1982, 1988, 1994), Ernesto Zedillo comprendió que para evitar otras más severas en 2000, no quedaba más que abrir desde arriba el sistema hacia la democracia.

En 2018 llegó democráticamente López Obrador a la presidencia y – como fue previsto por varios analistas- éste inició el desmantelamiento de la aún incipiente y frágil democracia, cosa que logró en 2024.

Ahora, con los malos resultados del nuevo autoritarismo, la gobernabilidad puede desaparecer una vez más.

Por un lado, hay una destrucción sistemática de las instituciones (sin las cuales esa gobernabilidad se hace muy difícil).

El creciente enojo de sectores cada vez más amplios de la población, aunado a un régimen en clars ruys autocrática, son las condiciones para que de nuevo se ponga en riesgo la gobernabilidad.

No tiene que ocurrir así necesariamente, pero es un escenario que desde hace mucho no se consideraba como posible.

En los últimos días se dieron dos eventos que reflejan esa ruta y dan un paso más en ella; el asesinato de Carlos Manzo y la forma en que el gobierno enfrentó la marcha del 15N.

Desde luego, pueden ocurrir muchos imponderables que eviten ese indeseable desenlace, pero no puede descartarse del todo que, en algunos años, el último intento democrático desemboque también en un estallido de ingobernabilidad e inestabilidad, como ocurrió con todos los anteriores en nuestra historia.

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