“Si no se hace algo, ese algo lo hará por sí mismo algún día, y de una manera que no será del agrado de nadie”.
Thomas Carlyle
Está claro que no hay un registro colectivo, ni emocional ni intelectual, de lo que significaban realmente las instituciones que hoy destruye MORENA. Pongamos por ejemplo la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que a pesar de realizar una labor importante, no fue reconocida por la mayoría de la gente, mucho menos la hicieron suya. Ni qué decir de instituciones mucho más técnicas, que pocos conocían y aún menos entendían. Y así con decenas de construcciones políticas que brindaban apoyos y cobijos muy concretos. Sin todas esas instituciones, que conforman el tablero básico de control y gestión del Estado, y de cualquier gobierno; con la pauperización de profesionistas pilares del desarrollo, especialmente médicos y profesores; sin inversión y con escasez de agua y alimentos, y dada la claudicación ante cuadrillas de maleantes, no habrá soporte para una futura legitimidad a partir de un ejercicio del poder mínimamente eficaz. López Obrador será el último en recibir el tablero. Quienes vengan sólo recibirán imposibilidades de gestión.
Omitiendo el cuento de la polarización, la cual existe pero no tiene fronteras sociales precisas, y ni de chiste es el preámbulo para la lucha de clases nivel guiñol que su promotor imagina, el mayor pendiente de los opositores es no crear conciencia cabal de la gran demolición. Como en toda circunstancia política, habría que aprovecharla y defender, permanente y enfáticamente, y con todos los recursos mediáticos y políticos, cada institución y su legado, desde la CNDH hasta la Comisión Reguladora de Energía; y cada programa, desde los comedores comunitarios hasta la reforestación; y cada función de gobierno, desde la seguridad hasta la transparencia. Debiera machacarse, de manera sistemática y masiva, lo que significan estas pérdidas para cada mexicano y su familia. Ése debería ser el imperativo, porque sin memoria clara de lo que sí había y para qué servía —con todo y sus insuficiencias—, no se generará la presión política que se requerirá para recobrarlo. Porque el contraste entre ayer y hoy se irá diluyendo, dejando sin referentes las angustias de cada día. Porque, cuanto más tiempo pase, más borroso será el recuerdo y mayor el espacio para hundir costos y repartir culpas a mansalva. Porque una cosa será sobrevivir a este gobierno y otra será sobrevivir lo que venga cuando se asienten los posos de la destrucción y el derroche. Porque si no se enfatizan los vacíos, y se explican, prevalecerá esa disonancia entre efectos y afectos.
El país vive una emergencia histórica que será aún más dramática en tres años, para colmo agravada por tormentas de guerra, y nubarrones políticos y económicos de escala mundial. Si la alianza opositora continúa actuando como si fueran sólo tiempos difíciles, si no asume que las distintas crisis ya transmutan a condición de país, y que los instrumentos para atender y mitigar ya no estarán ahí; si no se trasciende a sí misma y conecta con los agobios populares, sus esfuerzos acabarán en simulacro vacuo, análogo a los gestos del que araña el aire buscando una épica que su estatura le tiene vedada. Un destino posible, ojalá y no probable, es que la oposición acabe ahogada en el ruido de los minutos, disputando los vestigios de un país y los jirones de ciertos sueños, allá en los cerros de su intrascendencia. Ojalá y no sea el caso.

