México tiene deudas que quizá nunca saldará. Me refiero a la gratitud que debemos a seres sin ataduras que, sin pretender la epopeya nacional, ensancharon nuestra libertad. Para explicarme, tomaré un trocito de pasado.
Las publicaciones frívolas de los años 60 y 70 del siglo XX, contienen algo más que mujeres formadas como decorado mercantil. Lo subrayo de todos modos: no yerran quienes hablan de la cosificación del ser y su arrumbamiento en la utilería sexual. Esa prensa es un inmenso aparador de muñecas que, a su vez, integran el mercado y, en particular, el de la publicidad como símbolos de aspiración para coronar el éxito, vendiendo camisas, calcetines y fragancias, entre un extenuante etcétera. Pero esa cultura, porque de eso estamos hablando, también testifica el tipo de modernidad de la época y el desafío a la moral que ésta comprendió.
Junto al Concorde, ese avión supersónico que dejó bizcos a nuestros abuelos, la píldora del día siguiente o cualquier atuendo revelador de la naturaleza humana, el bikini o la minifalda, implicaba la vorágine de los nuevos tiempos junto a soundtrack rocanrolero y psicodélico. El alunizaje del Apolo 11 enarbola el ímpetu tecnológico, tanto como la minifalda y los hot pants expresan la liberación femenina. Es curioso: así como desde el 20 de julio de 1969 hay quienes, fanáticos, niegan aquella proeza astronómica, la Liga de la Decencia rechazó el albedrío para que cada quien vistiera como quisiera y pretendió dictar pautas de femineidad y decencia.
Isela Vega Durazo nació el 5 de noviembre de 1939. Tenía 31 años cuando el mundo oyó decir a Louis Armstrong pisando el hermoso satélite: este es “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”. Es decir, ya había dado varios pasos en la Tierra desde que, a los 18 años, fue princesa del carnaval de Mazatlán, Sinaloa, luego afiche de marcas comerciales y, enseguida, vedette, lapso en el cual México oyó esta admonición de la mencionada Liga, entre otras más: “Enseñar las piernas es cosa del demonio”.
Dentro de aquel escaparate de muñecas, en 1967 la revista Venus muestra a la sonorense en bikini. “No tiene novio”, anotan los editores debajo de su foto como si fuera un anuncio de compraventa. En 1970, Estrellas de cinelandia exhibe al descubierto su dorso, la faz radiante y el pelo ensortijado. Al otro año, la revista desplegó: “Se desnuda, pero tiene cabeza” abajo de una foto de ella en pantalones vaqueros y otra casi en cueros. En 1977, El mundo en órbita la consigna por su estancia en el teatro Fru Fru desafiando a las almas pudibundas. En 1979, el semanario Vedettes y deportes la proclama “Máxima encueratriz” por su participación en la cinta Muñecas de medianoche junto a Sasha Montenegro y Jorge Rivero. En 1974, fue la primera latina en aparecer desnuda en la versión estadounidense de Playboy. En 1980 Vedettes y deportes la ostenta en negligee actuando en la obra Las tentadoras y así sucesivamente en publicaciones como Yo, Su Otro yo y Caballero.
Isela Vega reúne los blasones para ser una de las más bellas y reconocidas mujeres de la segunda mitad del siglo XX en México. Pero no lo es por las dotes o sólo por las dotes estéticas que la naturaleza le prodigó con generosidad. Lo es, primero, por el esfuerzo que inició tan joven cantando y bailando en bares hasta fraguarse como actriz, productora y guionista de cine en un mundo en el que éstas tareas eran exclusivas para hombres. También lo es por retar a la moral inquisidora y la censura, aunque esto debo subrayarlo: Isela Vega no fraguó una representación alterna a su propia personalidad. Simple y llanamente, su lealtad con ella misma ha sido un ejemplo.
Pero no hay libertad que no escandalice, y eso le pasó a Isela Vega.
Era difícil aparecer con los senos al aire y fumando puro, a finales de los 70. Más aún afirmar con esos modos que “José López Portillo es el presidente más sexy que he conocido”. Pero Isela Vega lo hizo. Ahora imaginen en aquel tiempo su sociedad con “La tigresa” Irma Serrano para montar una obra licenciosa y luego su rompimiento con ella, un animal también libre, examante de Gustavo Díaz Ordaz cuando él mandaba en el país. Y qué decir de su reconciliación con ella para filmar la explosiva Las amantes del señor de la noche estrenada en 1986, que Isela Vega produjo, dirigió y escribió.
Ahora piensen en la sonorense actuando en escenarios arrabaleros, como hizo durante 1977 en la Carpa México con Juegos de amor, una obra que orienta a la mujer de Wilberto Cantón. En este caso su desnudez no acude a artificios, simplemente ocurre, primero en bata y bikini y luego encaramada solamente en zapatillas. Así, con la naturalidad de un cuerpo desnudo, Isela Vega provoca los celos de su compañero, pero no lo hace por amor, sino por lujuria, el público lo sabe y participa del aquelarre. Grita y chifla. Lanza piropos (palabras que, medio siglo después, parecen insultos según la nueva ola feminista). Los asistentes alburean a la dama -”pero qué buen culo tienes”- y la dama responde sutil -”échame tu bendición”- hasta que los amantes se reconcilian y el escenario se incendia…
El tiempo hizo estragos en Isela Vega, pero su espíritu libre permaneció incólume, así como cuando era hippie. De la esplendorosa actriz que a los 38 años filmó La viuda negra –enlatada durante siete años hasta que se proyectó en 1983– a la veterana Mercedes de Cyndi la regia, mediante grandes vicisitudes en su vida y la de México. Estamos hablando de 81 años desde que nació en Hermosillo, Sonora, hasta su muerte, víctima del cáncer, en 2021. Junto a ella y también por ella, el feminismo adquirió carta cabal tanto como la libertad de expresión. La actriz rompió tabúes y rasgó convenciones. Y alternó con los grandes; a los 21 años, con Pedro Armendariz en Verano violento, por ejemplo, y también brilló en la meca del cine en EE.UU. Desde luego también median sus hijos Shaula Vega y Arturo Vázquez, sus amoríos y lo demás que la abuela “Mercedes” (ella actuando de vieja) resume en la frase: “La vida misma se encarga de darnos una nalgada o ponernos una madriza”.
En su juventud, el canto de Isela fue como el mirlo, en su madurez supo a martini seco y en su ocaso olió a jazmín. Queda su registro navegando en “Adoro” de Armando Manzanero, escribí “navegando” y es que su barca siempre fue a contracorriente. Isela Vega fue militante y contestataria, altiva y humilde, señora y damisela, según le diera la gana. Cuando fue vieja acudió a la lectura y así se representó en el cine.
A mí Isela Vega me gusta desnuda, cantando boleros en el “Impala” del hotel Regis, o como impúdica retadora de las gayolas: “estas nalgas son mías y de quien yo quiera”. También provecta, escondida entre los hilos blancos que antes fueron frondosa cabellera color castaño, hablando de novelas e impulsando su lectura.
Aquí es cuando me seduce esta idea: para sus contemporáneos, Isela Vega siempre será un símbolo sexual y así lo debe registrar la historia. Para quienes despertamos a la adolescencia en su honor siempre habrá por lo menos gratitud. Y, finalmente, para quienes supieron de ella cuando sólamente era un fantasma de sí misma, siempre será la vieja que leía novelas de amor.

