Kissinger y Metternich

Murió, centenario, Henry Kissinger y las polémicas en torno a su persona, de por sí siempre candentes, se han atizado por todo el mundo. Para sus admiradores fue el diplomático más influyente del siglo XX, el artífice de los acercamientos de Estados Unidos con China y la Unión Soviética, ¡el Metternich de la era moderna! Pero para sus críticos era un apestado criminal de guerra, un político intrigante, insensible, cínico y manipulador quien, sin duda, terminará en el trillado “basurero de la historia. “Pocas personas han participado en tanta muerte y destrucción, en tanto sufrimiento humano, en tantos lugares del mundo como Henry Kissinger”, declaró Reed Brody, fiscal especializado en crímenes de guerra. El registro de las fechorías kissingerianas es largo y odioso, cosas como: prolongar innecesariamente la guerra de Vietnam; los bombardeos en Camboya; la guerra indo-pakistaní de 1971; la complicidad con tiranos como Pinochet, Suharto o Videla, y un largo etcétera. Pero, pese a todo, para bien y para mal no se puede negar que fue uno de los estadistas estadounidenses más relevantes desde los tiempos de Washington y Jefferson. También es imposible ignorar su perfil como destacado académico autor de decenas de obras sobre historia y diplomacia, algunas de ellas asaz interesantes, trascendentes y clarificadoras.

¡El Metternich de la era moderna!, este era el halago que más le gustaba escuchar a Kissinger cuando se hablaba de su persona. No en balde le había dedicado este personaje su tesis de doctorado, una notable obra jamás traducida al español pero fácil de encontrar en su versión electrónica original en inglés: A World Restored: Metternich, Castlereagh and the Problems of Peace, 1812-22 (1957). En ella, Kissinger profundiza en el Congreso de Viena de 1814-1815, cumbre multilateral celebrada tras la caída de Napoleón, y en el papel desempeñado en ella de su organizador, el entonces ministro de relaciones exteriores austriaco: Klemens von Metternich. Kissinger describe este Congreso como un caso paradigmático “del arte de gobernar como la forma de establecer o preservar el orden y la estabilidad”. Metternich fue capaz de reconstruir el orden europeo por haber sido capaz de entender claramente que otros lo que se necesitaba en un crucial momento histórico y no solo como alarde de crudo realismo, sino como un estadista preocupado por el equilibrio entre potencias más que por el poder en sí mismo. “La visión diplomática de Metternich marcó la evolución de Europa en la primera mitad del siglo XIX. Enemigo de Napoleón, con el exitoso el Congreso de Viena restauró el absolutismo tras décadas revolucionarias. Tomó el timón de una política basada en el equilibro de poderes y la definición de nuevas fronteras que durará, casi sin modificaciones hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial”, escribió al respecto el temible Dr. K. 

Admirador del sistema de balance de poder, a lo largo de toda su carrera -tanto en la academia como en la diplomacia- Kissinger promovió la búsqueda de la estabilidad a través de un marco de legitimidad aceptable por parte de los actores centrales del sistema mundial. Como asesor de seguridad nacional y secretario de Estado puso en marcha su concepción conservadora del equilibrio metternichiano, el cual consiste en impedir la aparición de una potencia hegemónica mediante el reparto del continente en esferas de influencia entre las grandes potencias y alcanzar un marco de entendimiento mínimo entre los Estados donde éstos acepten un conjunto de normas y ninguno de ellos esté tan insatisfecho como para verse tentado de iniciar un curso de acción tendiente a desafiar dichos cánones, como ocurrió con Alemania después del Tratado de Versalles, por ejemplo. 

Kissinger nunca compartió la confianza en la preponderancia estadounidense tan característica de los líderes del que fue su país adoptivo. Por eso escribió aquello de “Los estadistas deben procurar reconciliar lo que es considerado justo con lo que es posible, la genuina sabiduría en las relaciones internacionales no reside tanto en el conocimiento o en las intenciones sino en la aceptación de la realidad”. En Metternich el Dr. K. vio el perfecto ejemplo del diplomático capaz de aplicar su talento para vislumbrar al mundo más allá de sus deseos, superar los traumas de la era revolucionaria y dotar al sistema postnapoleónico de un marco de estabilidad necesario para alcanzar un balance de poder en torno a cinco grandes potencias: Gran Bretaña, Rusia, Austria, Prusia y una Francia dentro de sus fronteras naturales.

Como su héroe, Kissinger advirtió que todo entendimiento internacional aceptable implica algún grado de insatisfacción para las partes: “Porque -paradójicamente- si una potencia estuviera plenamente satisfecha, todas las otras estarían totalmente insatisfechas y una situación revolucionaria sería acaso inexorable”. La estabilidad -para Kissinger- surgiría de un orden en el que sus miembros perciban que disponen de una seguridad relativamente aceptable y aunque persistan reclamos e insatisfacciones parciales si goce tenga, en esencia, de la ausencia de clamores enfilados a buscar destruir el sistema en vez de enmendarlo.

Orientado por todos estos razonamientos, Kissinger dice haber procurado centrarse en los límites del poder de Estados Unidos y en la necesidad de establecer objetivos realistas. Gracias a sus iniciativas en torno a la relación de Washington con sus potencias rivales hizo aportaciones primordiales para estabilizar el orden global durante la Gurre Fría e incluso para instituir, en parte, las condiciones de su eventual desenlace. Pero donde falló fue en el tratamiento de las crisis en la periferia de la pugna entre las potencias, temas “secundarios” de la Guerra Fría como Bangladesh, Chile, Timor Oriental y Chipre, por ejemplo. Las preguntas más serias sobre los juicios de Kissinger se relacionan con sus actitudes hacia el uso de la fuerza. Como Metternich, su héroe, siempre vio la guerra puramente como un instrumento de arte de gobernar el cual siempre debería estar sometido a las necesidades diplomáticas. Pero la guerra siempre tiene una lógica y una dinámica propia imposible de domar. El lugar de Kissinger en la historia estará para siempre lastrado por haber minimizado el costo humano de sus iniciativa de fuerza. Fueron errores muy graves. Sin embargo, es indudable que en los actuales tiempos oscuros Estados Unidos necesita a alguien con el sello de Kissinger para concebir y crear una relación sostenible con China, Rusia y las potencias emergentes.

Autor

Scroll al inicio