Al desmoronarse la URSS, desaparecería un mundo asfixiante que producía certidumbres. Pues resulta que por fin no, que la opresión arrecia y se pierde además la estabilidad, desnudando de paso el cinismo de una mayoría que voltea para otro lado mientras su gobierno asesina a mansalva y a granel. Salvo los furibundos que piensan que Putin ha sido suave, y los soldados que se atrincheran en Ucrania, la gente se atrinchera en sus rutinas. Pero si además de los apretones económicos y la represión, la guerra no va bien, nunca se sabe cuándo el desengaño tocará la piel; y cuándo el miedo y el egoísmo pasarán, de apoltronar el conformismo, a prender la mecha del ya estuvo bueno.

Mientras el gobierno mexicano más inepto e hipócrita de que se tenga memoria le dicta al mundo lecciones vergonzosas de cómo darle espacio a los asesinos rusos, aquí adentro le sube el tono a las amenazas. Lo nuevo fue que ahora vinieran del general divisionario, quien le entra sin reparos al divisionismo de un señor que aborrecía a la milicia mientras no estuviera a sus órdenes. Después de pregonar la unidad indigna de quienes se le cuadran al jefe, resulta que nada, ni un recadito para quienes avientan un camión contra un cuartel, o para quienes secuestran soldados, o para quienes los matan. Como si hiciera falta aclarar lo evidente, hasta ahí llegó el pretexto de la militarización por razón de seguridad, el cual ya solo se pueden tragar los despistados insalvables. Porque López Obrador chapotea en la inseguridad y en la ingobernabilidad, contextos que permiten toda suerte de intimidaciones, ya sea con el apoyo de fuerzas armadas, las que llevan mayúsculas, o con el respaldo de las otras, que ya calentaron motores a su favor en las pasadas elecciones.
Del otro lado de la apuesta, en cambio, los beneficios para elestamento militar no están tan claros. De entrada, el pacto degrada un prestigio que derivaba precisamente de su distancia del mugrero partidista. Más aún, el pacto se sustenta en una mitología que el pacto mismo destruye. Pasar las fichas de la institucionalidad y de la defensa nacional, a la protección de una veleidad que vive de cruzadas de humo, sin ideas ni resultados, es algo que quizá habría que haber pensado mejor, y es que de plano está muy cuesta arriba dignificar una historia en la que las Fuerzas Armadas se degradan, de garantes del Estado, a guardaespaldas de un gobierno inservible. Tuvo que correr mucho, muchísimo dinero, y pedazos enteros de la administración pública, y lisonjas noche y día, para aceitar semejante acomodo.
Mientras una nueva prepotencia disfraza su ambición como misión, y en lo que el país se atraganta, el mundillo político y opinador, como los rusos, echando los desastres bajo la alfombra, obsesionados con las anécdotas bobas del vodevil político y con la “sucesión” que no será sucesión; y los distintos grupos con recursos reforzando sus burbujas; y la mayoría de la gente sobrellevando las cosas, y tomando lo que se pueda de donde venga, con la esperanza corta y la violencia a flor de piel. Las pedradas a una presidenta municipal hace unos días, muy guinda la señora, son el recordatorio propedeútico de que las porras están a un paso del linchamiento.
Alguien con intuición lo sabe, y por eso, además de aventar promesas al desencanto, tentó a quienes ayer insultaba y hoy necesita. Entre todo el ruidero intrascendente, ya son ellos el principal mensaje político, y el más ominoso, para una nación en caída libre.

