Hay películas que, además de sus méritos, adquieren o recuperan pertinencia según las circunstancias, incluyendo las inesperadas. Así ocurre con la retrospectiva que el equipo del Festival Internacional de Cine de la Universidad Nacional de México (FICUNAM) había preparado durante los últimos meses para presentar la filmografía de Larisa Shepitko. Hoy, ante la injustificable invasión a Ucrania en 2022, junto con su calidad cinematográfica, se vuelve particularmente interesante su cinta La ascensión, estrenada en 1977.

En el mundo del cine, Shepitko fue actriz, directora y guionista. Nació el 6 de enero de 1938 en Ucrania, cuando ese país era parte del régimen totalitario y socialista de la Unión Soviética. Para Shepitko la Segunda Guerra Mundial fue vivencia infantil, no clase de historia. Como Tarkovski y Elem Klímov —quien fue su compañero de estudios y se convertiría en su esposo— estudió en el Instituto Gerásimov de Cinematografía. La ascensión fue la última película que Shepitko terminó; aunque una más, después de su muerte, fue completada por Klímov (Adiós a Matiora, 1983). FICUNAM se une a tributos que han revalorado la obra de Shepitko desde 2004. Además, La ascensión fue restaurada en 2018.
El filme no lo anuncia, pero los comentaristas dicen que las acciones ocurrirían en Bielorrusia en el invierno de 1942 (aunque se filmó en Múrom, Rusia). Es información que quizá se transmite en el idioma y que escapa a quienes leemos subtítulos. Como guionista, Shepitko trabajó en ocasiones a partir de relatos de escritores rusos como Platónov (muy admirado por Brodsky). Para La ascensión se basó en la novela Sotnikov —también conocida como Liquidación, aunque quizá no ha sido traducida al español— del bielorruso Vasil Bykaū. Es decir, como era habitual para los ciudadanos de esas naciones, la materia de trabajo de Shepitko provenía reiteradamente del orbe soviético.

La ascensión, película en blanco y negro, sigue la acción de partisanos —guerrilleros no pertenecientes al ejército nacional— que defendían sus poblados ante la ocupación nazi, particularmente dos que son apresados, cuando se separan del grupo principal para buscar alimentos para todos. Shepitko construyó detalles como la experiencia del frío de los personajes: cobran importancia los sombreros de piel en un ambiente en que es posible el congelamiento que hace a uno quedar adherido a un árbol. La cámara es cercana y se mueve en armonía con la historia y las formas que se crean sobre la pantalla. Los encuadres son justos: concentran la acción y la atención.

Encuentro que Shepitko creía cifrar en La ascensión su perspectiva “sobre el sentido de la vida”, intención que puede tener o no relación con el filme resultante. La situación de la guerra revela pasiones, desde el plano emocional, como la madre que piensa permanentemente en sus hijos, hasta otras menos previsibles. La guerra es destrucción frontal, pero también enfrentamiento entre apenas algunos hombres que se pierden entre la blancura de la nieve; ocurre donde uno vive, donde uno conoce a la gente, cuando se llevan al lechón de uno; en ella la enfermedad convive con penurias del clima y heridas de combate, significa que los recursos escasean y que el animal que uno ha sacrificado pueda ser comido por el otro bando. La acción de una sola persona puede desencadenar decisiones de otras: se rompe el tejido de apoyo y presión de los demás. El ambiente de la guerra plantea tensión entre traicionar, a cambio de bienestar posible, y la lealtad se vuelve heroica, encarnando en no delatar. ¿Silencio por la abstracta causa de la patria o para proteger a personas cercanas?
Shepitko optó por una dialéctica entre teatralidad en interiores y lógica cinemática en exteriores. En conversaciones y torturas predominan dinámicas tradicionalmente asociadas al teatro, pero La ascensión no permanece en esa tesitura y vuelve al cine con pequeños recursos, como el sentido de la perspectiva y la profundidad de la imagen. En exteriores, la composición crece: basta que se abra la puerta del calabozo. Con frecuencia, unos segundos de imagen y sonido son suficientes para que se vuelva palpable que, con La ascensión, se está ante una película que no depende del desenvolvimiento de la trama para cautivar. Comer semillas sintetiza vivir la guerra, particularmente en el cuidado de levantar unas pocas que caen en la nieve. En el cine de Shepitko, el caminar de un par de partisanos se vuelve un contraste de blancos y negros: imaginación audiovisual.

La ascensión, más que en su conjunto, es notable por varios momentos, como al evidenciar que el poder del cine es tal que puede convertir en ternura la mera presencia instantánea de caras de niños. Más allá del reparo soviético por el matiz religioso —la trayectoria y apariencia semejante de un personaje a la habitual representación de Cristo y la vinculada alusión a Judas—, las buenas causas convencionales de la película —como el patriotismo— no tendrían por qué parecer indispensables.
Shepitko murió el 2 julio de 1979. Tenía 41 años. El día 7, Tarkovski escribió en su diario: “Antier enterraron a Larisa Shepitko y a cinco miembros de su equipo. Un accidente de coche. Todos murieron de inmediato. Fue tan repentino que no se encontró adrenalina en la sangre de ninguno de ellos. Parece que el conductor se quedó dormido. Era muy de mañana”.
FICUNAM 2022 se realizará presencial y virtualmente entre el 10 y el 20 de marzo. Información en: https://ficunam.unam.mx/
Autor
Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.
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