La protagonista de este relato es una hiena. Se trata de la única sobreviviente de su especie parecida al perro, aunque en realidad está más emparentada con los gatos. Su pelaje es corto y áspero, es una diestra cazadora. En la manada le llaman “Camaleona” por su dimorfismo y su extraordinaria habilidad de cambiar de color según las circunstancias y de mover el hocico dependiendo de la presa. Con su voz gruesa, impostada y su rostro duro, siempre guarecida en la noche en una sabina, es una criatura astuta y manipuladora, una excelente depredadora.
Antes de encarnar en hiénida, “Camaleona” fue una escritora prolífica, escribió fábulas y obras de teatro. No lo hizo mal. Fue siempre un animal solitario que, sin embargo, supo que las relaciones públicas eran fundamentales y por ello se proclamó neoliberal cuando le convino y luego, como el camaleón, cambió de tonalidad y transformó la piel en populista. Por ello también se dijo feminista en la juventud y luego en la madurez dio la espalda a las mujeres agredidas, porque siempre supo hincar el colmillo en carne jugosa.
La hiena ignoraba los reclamos de la manada por sus malas artes. Ella nunca arriesgaba sino hasta que la presa estuviera inerte o lo hacía si se trataba de alguna especie inofensiva como el venado. Eso es lo que también hace la escritora a quien le llegó la misma información genética. Bloquea a quienes le critican sus tretas y elige al usuario de las redes sociales más desvalido para devorarlo y proclamar su triunfo como chillido de hiena en luna llena.
La escritora tuvo la melena larga, el torso alto y el cuello ancho y corto. Fue una criatura de sombras. Aprendió a desenvolverse en llanuras, matorrales y el desierto, como si fueran tablas del teatro, foros de televisión o mesas de redacción de los periódicos. Siempre adulando al poderoso y comiendo de sus sobras. Así adquirió notoriedad, pero eso le generó una voracidad de la que nunca pudo escapar. Comenzó a simplificar su trabajo elaborando proclamas donde ella siempre era la actriz principal de la obra por los medios que sea. Incluso siendo carroñera de quienes le ayudaron. Difamó a escritores de gran calado, mintió, y en su soberbia acusó que la habían plagiado cuando, en realidad, había sido ella quien copió los trabajos de otro. Por eso la escritora vio terminar sus días como una hiena marginada, lanzando gritos, gemidos y gruñidos en un oscuro y marginal set de televisión. Su último color de piel fue el gris gesticulando como si fuera un personaje de izquierda y progresista cuando en realidad carecía de identidad.
“Camaleona” fue una hiena malvada. Siempre procuró la amistad de los leones más fuertes para lograr el favor de alimentarse de sus presas y cuando esos leones perdían territorio ella misma, esa es la naturaleza de las hienas, marcaba su nuevo territorio con sus glándulas anales que tienen gran pelaje e incluso así disputaba con otros su terruño. Los pleitos eran encarnizados, a la vista de la manada era imposible saber quién era quién, pues los genitales externos de las hienas prácticamente son idénticos, aunque al final siempre se imponían las risas de parloteo de “Camaleona”. Como es sabido, el liderazgo de esta especie es matriarcal, por lo que pronto surgió otra hiena con las patas delanteras más largas y el colmillo más retorcido para vivir de la trampa. Era conocida como “Juncal”. No hubo pleito alguno en esta ocasión porque “Camaleona” ya era vieja para concebir alguna treta. Entonces cedió su lugar y, obedeciendo las reglas, se dispuso a la soledad, dejando atrás, con su pelaje cada vez más grisáceo, los alaridos de sus antiguas compañeras. Ella estaba convencida de que pronto regresaría encarnando a un ser humano, una mujer. Y cuando eso ocurra, “seré una gran escritora y dramaturga”, dijo con toda seguridad antes de lanzar la última risotada de su vida.

