Kenero Villalobos pasaba los días en una sobria habitación donde no entraba la luz del sol. Era un hombre bajito de lentes escuálidos y sonrisa franca, donde le asomaban dos dientes de conejo. Su voz, alguna vez cristalina, apenas balbuceaba. “Mis antenas”, decía mientras fumaba un cigarro y sorbía café barato, sin que los doctores supieran de qué hablaba.
Pocos recordaban al Villalobos de antes. El periodista que criticó a Televisa por tener el monopolio de la pantalla chica que, según él y sus cómplices, atentaba contra la democracia. Su sacrificio, claro, era recompensado por Carlos Slim, el hombre más rico del mundo en aquel entonces, quien así impulsaba sus negocios en Telecomunicaciones. Villalobos sabía que fue usado; firmó reportajes ajenos para tal efecto, en la revista que también patrocinaba Slim a cambio de dinero y la gloria.
Sin embargo, la traición final de Villalobos decidió su propia caída. Ésta no fue por el desengaño de algunos de sus compañeros de lucha cuando descubrieron su falsedad. Después de más de 30 años de fingir ser alguien que no era, su mente había comenzado a desmoronarse, por lo que un día no resistió y explotó. Lo hizo al ritmo de lo que él creía era el “Huapango de Montoya” y junto con la enfermedad que ha padecido durante décadas en el sistema inmunitario. Su dependencia a los medicamentos aumentó a nivel exponencial. Sus parejas lo habían abandonado y el gato pardo que le regaló un cronista de la ciudad de México tenía meses de haber muerto de viejo. Todo empeoró.
Sentado en una silla acojinada en su habitación y en medio de una mesa igual que un mono al acecho para robar comida, Kenero Villalobos recordaba fragmentos del pasado. Incluso a veces del pasado remoto que no le correspondía. Alguna vez platicó con el general Porfirio Díaz, por ejemplo, a quien se dirigió con respeto y admiración. En otras ocasiones charló también con un personaje famoso de la televisión en los años 70 del siglo pasado conocido como “El Chapulín Colorado” sobre ciertas antenas con las que Villalobos defraudó a los ciudadanos como funcionario del gobierno. Y a propósito de esto último, en sus desvarios, el paciente llega a pedirles factura a los doctores por el café y los cigarros Marlboro para cargarlos a la cuenta del erario, como lo hizo durante tanto tiempo.
A veces llegan a la mente pasajes álgidos en la vida de Kenero. Sus montajes, entre ellos. Cuando The Guardian debió disculparse con Televisa por hacer reseñado un reportaje suyo o más bien firmado con el nombre de Kenero que comprendía mentiras que difamaban a la empresa y a quien más tarde sería presidente. Aunque no deja de experimentar la sensación de poder que tanto le excitó, también le tortura el día en que adulteró un cheque para hacer creer que era un pago indebido al periodista Joaquín López-Dóriga. Lo torturaba su ingratitud con los amigos, en especial, su silencio frente a las agresiones del presidente contra Carmen Aristegui, a quien le profesó tanto cariño que, años atrás, dijo que era la mejor periodista de México.
Lo que tal vez hizo más mella en la psique de Kenero Villalobos fue cuando reconoció el saqueo que él perpetró en los Medios Públicos que dirigió, al mismo tiempo que el desastre que hizo con ellos. La fuerza de la evidencia fue apabullante y terminó por demoler su ya de por sí frágil cabeza. Después de la primera crisis sucedieron otras hasta que fue encontrando una extraña paz: ya no tenía que fingir ser alguien que no era ni preocuparse por ser arlequín de nadie. Sin embargo, muy en el fondo de él sabía que podía tener otra oportunidad y en el mismo cargo aunque mientras eso sucedía no recordara ni su propio nombre ya que “Kenero Villalobos” también ha sido un invento suyo.

