Las “legiones de imbéciles” a las que Umberto Eco se ha referido en más de una entrevista no solo están dispersas en Internet opinando en foros y en social media, sino también cómodamente ubicadas en las redacciones de medios informativos donde, en aras de incrementar la audiencia, trasgreden toda deontología y ética del quehacer periodístico.
La primera semana de diciembre, en el entorno de los medios sociales en México destacó la aparición consecutiva de tres videos en los cuales una misma joven se desnudaba frente a una cámara de video en lugares públicos, sin una aparente motivación.
Una tienda de conveniencia, una calle, un parque, escenarios abiertos desde los cuales se convirtió en un personaje de estos que en México han sido todos etiquetados como “#Lady____”, según aplique el caso.
Hasta ahí el fenómeno no habría causado el impacto que implica revisarlo desde una perspectiva más formal que la generación de tendencias temáticas o tópicos repetidos hasta el agotamiento en Internet y el comportamiento de los usuarios frente al tipo de contenido.
Es decir, una persona más que, voluntaria o involuntariamente rompe las convenciones sociales y lo hace público, obteniendo, a su vez, de ese público, el elemento extra de la reutilización de ese contenido bajo distintos contextos: la burla, la crítica, la descalificación, el escarnio o incluso los aplausos, según sea el juicio de la audiencia sobre el acto expuesto.
Desde los tiempos del video de “Edgar se cae”, en el que un adolescente de Nuevo León era burlado por caerse a un riachuelo, mientras profería insultos con su acento norteño muy marcado, la proliferación de materiales similares en la web es casi incuantificable y su impacto, muchas veces perenne, puede dejar una marca definitiva en la vida de alguien.
El problema está cuando eso que podría simplificarse llamándolo unidad de contenido –en tanto que fragmento de la masa de datos que corre por la web- es retomado desde la formalidad del periodismo y se le convierte en información, bajo el precepto de aquello que debe y tiene que ser de interés público por así convenirlo a la audiencia desde una perspectiva de construcción ciudadana, que es a lo que la labor periodística obedece según su deber ser.
Tal fue lo que ocurrió con el video de la joven, que cruzó como la gran mayoría de estos contenidos, el umbral del manejo entre el público abierto de usuarios, al uso editorial e informativo (los dos términos anteriores pueden leerse en tono burlón si así se desea) del material, convirtiéndolo en nota informativa.
Medios de “tendencias” o periodísticos como Sopitas, El Gráfico, SDP y más de una decena de otros, principalmente en la web, retomaron imágenes extraídas del video para convertirlas en notas e incluirlas dentro de sus ediciones a sabiendas -sería ingenuo pensar que lo ignoraban-, del impacto que en sus mediciones de audiencia generaría la estrategia.
En la cobertura de la “noticia”, el criterio periodístico para tratar el material en cuanto a imágenes, se definió principalmente cubriendo el pecho y bajo vientre de la chica, pero dejando abiertamente expuesto su rostro.
Sin embargo, mientras se cubrieron elementos que apelan directamente a la sexualidad en forma gráfica, se expuso en la redacción de los textos una descripción de cada acto realizado por la chica. Así se construyó un criterio editorial basado en “no te lo mostramos, pero te lo contamos para que lo imagines; te lo describimos bien, a detalle”.
La estrategia editorial derivó en alentar y animar a los usuarios para que ellos mismos buscaran el video original e incluso desde las secciones de comentarios de las notas informativas lo compartieran con el resto de la audiencia, intensificando la diseminación del video y facilitando su acceso a cada vez más interesados en verlo.
Durante dos semanas, en forma intensa, y con menor impacto desde entonces a la fecha, el rostro y la persona de la joven han sido expuestos. Se ha facilitado que cualquiera que llegase a conocerla pudiera señalar quien es y a su vez, probablemente, seguir difundiendo el video identificándola plenamente e incrementando el linchamiento y escarnio sobre ella.
La responsabilidad de eso recae no solo en los usuarios de la red, sino en la definición de un criterio de uso negligente, carente de ética, incapaz de medir el impacto de una información en un contexto determinado, es decir, en forma imbécil, a la luz de los resultados obtenidos, de quienes decidieron retomar el material y publicarlo de una forma específica en los medios que dirigen o en los que definen los contenidos a publicarse.
Es cierto que en el momento en que surgió el video es imposible saber con exactitud el contexto del mismo, pero eso no justifica el uso negligente del mismo sin considerar el daño que se está ejerciendo sobre quien lo protagoniza.
No puede aplicarse el mismo criterio utilizado para publicar el video de una senadora agrediendo a empleados de una línea aérea o de una reportera tratando en forma prepotente de extorsionar a un agente de tránsito.
Ambas incurren abiertamente en excesos bajo su percepción de que gozan de privilegios por su ejercicio público o político, que aun cuando está totalmente equivocado, da sentido a su actuación. Pero es justo esa mirada equivocada sobre sí mismas que justifica exponerlas y señalar su actitud abusiva.
El caso de la joven, originaria del sureste del país, debió tratarse de forma completamente distinta en los medios informativos. Quienes se consideran editores o directores editoriales debieron separarse de esa masa amorfa de usuarios de la red y no pasar, a convertirse también en ese ejército, esa legión, retomando a Eco, de imbéciles que opinan sin cuestionarse el impacto de su dicho.
Actuaron de forma negligente, es necesario reiterarlo, y también es imperante indicarlo: de manera imbécil. Sin temor a caer en una equivocación o en un exceso, en tanto que el vocablo no está aquí siendo utilizado para calificar sin un análisis, sino a partir del mismo y basándose en la definición propia de la palabra: “tonto o falto de inteligencia”.
Una semana después de la diseminación del video, un medio informativo solamente destacó lo importante: la chica había hecho los videos bajo amenazas de su entonces ex pareja. El mismo individuo volvió a extorsionarla con la advertencia de que si no le consentía sus peticiones subiría los videos a Internet. Ella se negó por segunda ocasión y él cumplió su amenaza.
Un criterio editorial erróneo, falto de inteligencia, es decir de esa capacidad para analizar una información, procesarla, ponerla en orden, observarla desde una o más perspectivas, entender su contexto, o imaginarlo, o suponerlo en caso de desconocerlo; terminó por convertir a la víctima de un solo individuo en la víctima de una sociedad que sigue y seguirá por mucho tiempo burlándose de ella y enjuiciándola.
En un país con una cultura machista, donde la mujer y su sexualidad son por generalidad temas en los que la ofensa es recurrente y el juicio acrítico y simplista, el impacto del daño puede ser aún mayor sobre la persona de la joven y de quienes la rodean.
Pero esos elementos no parecen formar parte de la forma de razonar frente a un contenido en la red similar al del video entre quienes se ostentan como filtros informativos desde una perspectiva periodística. Su manera de proceder solo permite verlos como cazadores de audiencias, una suerte de mercenarios, carroñeros más de uno de ellos, imbéciles en su conjunto.
