Lichi cumple cinco años de muerto. Un aniversario redondo que ha venido a remover el recuerdo dulce, aquella dicha liviana de la que él tanto gustaba: se llama nostalgia.
Pero una cosa es el Lichi íntimo que todos tienen en la memoria por sus conversaciones interminables, amenas, chispeantes y sus comidas barrocas, exquisitas, memorables.
Y otra es Eliseo Alberto: el mejor novelista cubano del éxodo más reciente del gulag de las Américas, que lo trajo a México, donde escribió cinco novelas e Informe contra mí mismo. En Cuba, una novela y tres poemarios.
Se consumó como escritor aquí, gracias a la libertad creativa que vivió, a la medianía económica que le permitió escribir sin preocupaciones y a los mimos que recibía de la clase intelectual. ¡Eso le encantaba!
Pero aquellos mimos deberían traducirse en más de su obra en librerías. Las editoriales tienen, al mejor postor, tres obras inéditas de Eliseo Alberto, de las cuales dos son grandes obras: La novela de mi padre y El día que la banda de música se fue a la guerra.
La tercera es una obra de colección para fanáticos: La quinta de los comienzos, que escribió entre los 14 y los 18 años de edad en Villaberta, la quinta de los De Diego García Marruz en las afueras de La Habana y que su hermana Fefé encontró entre los papeles de la familia.
Sin embargo, La novela de mi padre es un libro de alta factura literaria, no sólo bellamente escrito, osadamente metido en asuntos familiares, sino también oportuno dentro de la actual corriente literaria que han dado en llamar autoficción, en la que casi siempre predomina la figura del padre.
En esta novela, Lichi conjura la figura del poeta Eliseo Diego a la altura de las páginas más brillantes de quienes ya trataron el tema: entre los clásicos, a los dos Roth (Joseph y Philip), Amis, Kureishi…; entre los actuales, en español, a Héctor Abad Faciolince, Rafael Pérez Gay o Héctor Aguilar Camín.
Agobiado de penas, a pesar de sus veinte años, Eliseo Diego se sume en una melancolía peligrosa para su vida joven, se pierde en una islita frente a la bahía de Santiago de Cuba, barbudo a lo Robinson Crusoe, de donde lo rescata a la vida un amigo: así arranca La novela de mi padre.
Lichi se declaraba un simple artesano de la palabra, alguien que escribía libros como otros hacen sillones o puertas y ventanas. Pero los editores no deben tomarle la palabra, dejándolo en sentidos homenajes cada aniversario redondo.
Tienen que publicarlo. Un autor es su obra publicada. Y Eliseo Alberto es un grande grande.
¡Que los homenajes no lo disuelvan en el recuerdo!
Este artículo fue publicado en La Razón el 15 de julio de 2016, agradecemos a Rubén Cortés su autorización para publicarlo en nuestra página.
