México, esta tierra de Dios

Esta tierra de Dios nunca verá a sus hijos sobreponerse a sus actos de fe, sus creencias religiosas, el cobijo mágico de un destino que sólo puede alterar en su favor el ser divino o algún iluminado.

Antes de la conquista española, nuestras creencias paganas, luego de la conquista española, el sincretismo entre Tlaloc y La Guadalupe. Uno, el coloso que hizo arrodillarse a miles de personas durante su traslado, en 1965, al Museo Nacional de Antropología, la lluvia torrencial que ese día cayó hizo que muchos creyeran que el fenómeno natural se debía al dios enojado. La otra, un lienzo menos antiguo de lo que dice la Iglesia y retocado hasta representar nuestra tesis morena y un angelito que en el origen del lienzo pintado no existía, entre otros adornos para que millones de personas se arrodillen ante él, con un fervor que tantos asocian como humildad ante el poder y la infinita voluntad divina.

Foto: Cuartoscuro

La creencia arde en las almas de millones de personas, quizá porque es lo único que les queda como suyo, inexplorable, inexpugnable, estoico y firme, aunque sinuoso y frágil ante el razonamiento humano y la ciencia. Estandarte para defender a los pobres desde las primeras revueltas asociadas con la patria y dibujadas desde la historia oficial, hasta el acróstico MORENA, para aludir al renacimiento, la regeneración nacional, una transformación donde los pobres por ser pobres y abnegados representan en sí mismos la posibilidad del desarrollo. Es la fe, la entusiasta creencia en que las plegarias o las proclamas al ser lanzadas pueden conmover a Dios y darle al iluminado el camino del bien, aunque para ello deba vencer a quienes se oponen al designio porque ellos, conservadores, son la encarnación del demonio. Durante centurias es lo que ha dicho la iglesia católica y ahora, en el nombre del Estado laico, y postrado ante la magia y las creencias cristianas, es loismo que dice el iluminado, el vocero de Cristo que su madre está en la Villa.

Ese es un México, el mismo México prevaleciente que, maravillado y agradecido, Juan Pablo II lo enarboló como siempre fiel. El México que calla frente a las vejaciones de los sacerdotes contra decenas de niños, que no se mete con la opulencia de la iglesia católica, el mismo que hoy, con millones de rostros semejando a la infinita bondad, le cantan las mañanitas a la Virgen Morena.

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