La presidenta Claudia Sheinbaum eligió el Monumento a la Revolución para lanzar un mensaje de confrontación contra Estados Unidos. Denunció “injerencismo” y acusó a la ultraderecha norteamericana de querer influir en las elecciones mexicanas. Pero detrás de la retórica nacionalista hay un riesgo que no podemos ignorar: México depende de un tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, y cualquier ruptura con Washington puede significar un fracaso económico de dimensiones históricas.
En el discurso Claudia
Sheinbaum defendió a los diez mexicanos acusados de narcotráfico, incluso cuando dos ya se entregaron voluntariamente a las autoridades estadounidenses y están listos para declarar. Pero para la presidenta, esas extradiciones son prueba de injerencia. Para Estados Unidos, son procesos judiciales legítimos. La narrativa de soberanía se estrella brutalmente contra la realidad de los tribunales de los Estados Unidos.
Donald Trump no considera a México un aliado confiable en la lucha contra el narcotráfico. Su prioridad es enfrentar a los cárteles en toda Latinoamérica, y la falta de colaboración mexicana lo coloca en una posición de desconfianza. En ese contexto, el Tratado de Libre Comercio (TLC/T-MEC) se convierte en un arma de presión. Si Trump decide revertirlo o endurecerlo, nuestra economía, basada en exportaciones y manufactura, quedará al borde del colapso.
El dilema al que nos exponemos ante un discurso beligerante y absurdo, es que México necesita defender su dignidad, sí en verdad corre riesgo, pero lo dudo y no puede arriesgar el futuro económico de México con discursos que suenan valientes pero carecen de estrategia.
La soberanía no se defiende con palabras, se garantiza con políticas responsables que aseguren cooperación internacional y estabilidad comercial. Enfrentarse a Estados Unidos sin un plan de respaldo es jugar con fuego.
En conclusión la presidenta busca legitimidad interna con un discurso nacionalista, pero el costo externo puede ser devastador. Defender a los acusados de narcotráfico y acusar injerencia puede sonar patriótico, pero expone a México a un doble riesgo: político, por la pérdida de credibilidad internacional, y económico, por la posible ruptura del tratado comercial.
México no puede darse el lujo de arriesgar su futuro con soberanía de discurso y dependencia económica.


