Olof Palme 40 años después: el legado

El 28 de febrero de 1986 por la noche, Olof Palme, primer ministro de Suecia, salía del cine en pleno centro de Estocolmo acompañado de su esposa Lisbeth, y del hijo de ambos y su novia. El hijo y la chica se despidieron, y cuando Palme caminaba sin escolta sólo con Lisbeth rumbo a casa, un individuo se acercó a ellos y disparó con una pistola Magnum 357 a la pareja:  una de las balas perforó la yugular del primer ministro -lo que le provocó una profusa hemorragia- y la otra alcanzó a rozar a Lisbeth sin causarle gran daño. Palme fue llevado a urgencias y declarado muerto a la media noche del 1 de marzo en el Hospital Sabbatsberg. El autor material del magnicidio huyo del lugar antes de que reaccionaran las personas que miraban estupefactas lo sucedido, ello sumado a una policía torpe que tardó mucho en responder ante el crimen. Hasta ese momento, Suecia no estaba acostumbrada a ese tipo de violencia y la seguridad hacia las figuras políticas era laxa: el ingreso a edificios públicos podía realizarse sin mayores controles de seguridad porque se partía de la premisa de que si una sociedad vive bien -es decir, si tiene satisfechas sus necesidades de vida- entonces la violencia está muy acotada.

¿Quién mató a Olof Palme? La última vez que un crimen semejante ocurrió en el reino escandinavo fue en 1792 cuando el rey Gustavo III fue asesinado, también por la espalda y a tiros en un baile de máscaras, en este caso por una conspiración de nobles que no veían favorablemente sus planteamientos encaminados a hacer de Suecia una gran potencia europea. A diferencia de Palme que murió desangrado poco después del atentado, Gustavo III fue baleado el 16 de marzo y tuvo una dolorosa agonía hasta que falleció el 29 de ese mismo mes por sepsis y neumonía ante las heridas que recibió.

Pasaron casi 200 años entre el asesinato de Gustavo III y el de Palme, y menos tiempo, 17 años entre la muerte de Palme y de la ministra de asuntos exteriores Anna Lindh, asesinada a puñaladas en una tienda del centro de Estocolmo a donde acudió para comprarse un vestido. La fecha de la muerte es cabalística: falleció en el hospital por la gravedad de las heridas que tenía, un 11 de septiembre, aunque de 2003. En este caso el magnicida fue identificado como un ciudadano sueco de origen serbio, Mijailo Mijailovic quien no sólo acepto haber perpetrado el crimen, sino que manifestó que hizo lo que hizo por odiar a la clase política. Así que tal parece que la violencia es cada vez más recurrente en el país nórdico y que la narrativa del bienestar social y la prosperidad oscurecen el hecho de que existen sectores de la población muy radicalizados que a primera vista no son tan visibles, pero son una realidad en aumento. Lo de Palme, para decirlo pronto, no lo hizo un “lobo solitario” por más que las deficientes pesquisas de la policía sueca así lo determinaron.

El magnicidio de Palme, como ha ocurrido con otros tantos dentro y fuera de Suecia, sigue siendo un misterio. Hay numerosas teorías lanzadas por distintos personajes, desde expertos en criminalística hasta historiadores y funcionarios políticos. Destaca por supuesto la negligencia tanto de la policía para elaborar un expediente meticuloso sobre los hechos, como del servicio secreto suecos. Es verdad que Palme, la tarde-noche en que acudió al cine, despachó a su guardia personal. Sin embargo, existen evidencias sobre el odio, entre sectores de las fuerzas de seguridad suecas a Palme por su ideología y todo parece indicar que, si no fueron los autores materiales, tampoco hicieron gran cosa para evitar que el atentado ocurriera.

También se tiene una lista considerable de sospechosos, desde aquel a quien la esposa de Palme identificó dos años después del magnicidio, Christer Pettersson -adicto y alcohólico-, como el hombre que le disparó al primer ministro y a ella; hasta organizaciones como el Partido de los Trabajadores del Kurdistán; los servicios de inteligencia de la Sudáfrica de la era del apartheid; los Ustacha; los traficantes de armas; el servicio secreto ruso; la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el diseñador gráfico Stig Egström, quien dijo varias veces haber estado presente cuando le dispararon a los Palme. Engström, militante del principal partido de centroderecha de Suecia y a quien se le acusó de ser el magnicida, se suicidó en el año 2000 y en 2020 el caso se cerró por las autoridades por considerar que ya no podían interrogar al sospechoso, además de que la evidencia contra él era sumamente escasa como para poder ir a juicio. La policía caracterizó a Engström como un individuo que buscaba llamar la atención y quien era afecto a figurar en los titulares de los medios de información, por lo que inicialmente descartó su involucramiento. En diciembre del año pasado las autoridades señalaron que ya no se afirmaría que Engström fue el asesino, si bien mencionaron que el caso se mantendría cerrado.

Estos hechos tan terribles reflejan cómo Suecia ha cambiado en los pasados 40 años. La de Palme, era una Suecia próspera, en expansión eonómica, capaz de recibir decenas de miles de refugiados de Chile, Uruguay, Argentina y otros países para integrarlos a una sociedad donde pudieran aspirar a una vida digna, libre de miserias materiales y limitaciones políticas. No obstante ser un país pequeño en términos de su producto interno bruto (PIB), territorio y demografía, logró maximizar su poder suave para tener una proyección global. Palme puso a Suecia en el mapa mundial. No a todos los suecos les gusto, por supuesto. Muchos rechazaban que el país fuera un protagonista en la agenda internacional por considerar que había necesidades internas que demandaban atención. Otros consideraban que Palme era comunista, dada su cercanía con líderes que participaron en las luchas de liberación nacional, o bien con el mismísimo Fidel Castro, con quien se reunió en varias ocasiones. Otros más, pensaban que el país contaba con una calidad de vida, instituciones y una capacidad de gestión que le permitían mirar allende sus fronteras. Palme estaba decidido a que Suecia tuviera una activa política exterior, y ello no lo habría podido lograr sin ciertos consensos internos y sin la aceptación del mundo -o una parte de este- a ese liderazgo.

Esto fue así porque Suecia sumó esfuerzos con otros países afines –like minded countries-, por ejemplo, naciones de África, América Latina y de Europa. Su oposición a las dictaduras, lo mismo la de Francisco Franco en España, que la de August Pinochet en Chile, más las de Argentina y Uruguay y la recepción de decenas de miles de refugiados, a quienes se incorporó a la vida económica y social suecas, mostraban que Palme tenía la voluntad para ir más allá del discurso.

19830413 –
Yassir Arafat och Olof Palme möts i Stockholm.
Foto: Bertil Ericson Kod: 1002
COPYRIGHT SCANPIX SWEDEN

Palme, quien gobernó Suecia entre 1969 y 1976 y nuevamente entre 1982 y 1986 -momento en que fue asesinado- debe su fama a que logró consolidar una democracia con una profunda agenda ligada al bienestar social, la cual fue una carta de presentación del país ante el mundo -no obstante lo costoso del sistema ante una carga tributaria mucho mayor a la que se observa en otros países europeos-, de manera que los impuestos permitieron revertir el déficit público, además de que, con esa capacidad de maniobrar,  redujo la pobreza y Suecia gozó de prosperidad e inclusión más que otros países europeos. A los más ricos no necesariamente les parecía correcto que la carga tributaria fuera tan onerosa y ello, junto al apoyo que dio Palme al sindicalismo, le valió poderosos enemigos en las industrias suecas, como ocurrió con la familia Wallenberg.

El exitoso novelista Stieg Larsson, autor de la trilogía Millennium, desarrolló por su cuenta una investigación sobre el asesinato de Palme, dirigiendo su atención a los grupos neonazistas y a la derecha en ascenso en Suecia. Larsson murió de un infarto al corazón sin poder concluir su obsesiva investigación, como tampoco pudo atestiguar el éxito de MIlennium. Sin embargo, su trabajo no fue en vano: el periodista también sueco Jan Stocklassa revisó los archivos de Larsson e hizo una recopilación conjuntando periodismo, investigación, criminalística y espionaje, que retrató en su obra Stieg Larsson: el legado. Claves ocultas del asesinato de Olof Palme.

Prime minister of Sweden Olof Palme (R) gives a speech during a press conference, on August 2, 1975, where socialist European leaders meet at the Haga Palace, the Queen’s Pavilion, in Stockholm. (From L to R) Kalevi Sorsa of Finland, Bettino Craxi of Italy (hidden), François Mitterrand of France, Yitzhak Rabin of Israel, Willy Brandt of Germany, Mario Soares of Portugal and Olof Palme of sweden sign for the establishment of a commission to support the Portuguese Socialist party. / AFP PHOTO / – (Photo credit should read -/AFP via Getty Images)

Lo que Larsson hizo a lo largo de su productiva carrera como novelista e investigador, fue documentar la doble moral de Suecia, un país que se presenta ante el mundo como igualitario y progresista cuando, en la realidad, es altamente desigual, además de poseer células racistas y neonazistas, al menos una parte de su población y también de los tomadores de decisiones. Fue tan relevante el trabajo de Larsson y la investigación sucesiva de Stocklassa que ello llevó a las autoridades suecas a reconsiderar los señalamientos formulados en torno al “asesino improbable”, si bien, el cierre del caso parece definitivo, a juzgar por los enormes e importantes intereses involucrados en el magnicidio.

Palme no tenía pelos en la lengua y criticó tanto a EEUU como a la URSS en la Guerra Fría, participando al frente de marchas para protestar contra la guerra de Vietnam, llegando a calificar los bombardeos estadunidenses sobre Hanoi como actos genocidas comparables a los campos de concentración nazis. Asimismo, se refirió a Margaret Thatcher, primera ministra británica, como “la verdadera extremista” y sus discursos contra el apartheid en Sudáfrica y contra Pinochet en Chile, fueron incendiarios y, por supuesto, molestaron a los indiciados. Su denuncia del tráfico de armas desde Suecia al gobierno sudafricano fue causa de disgusto del régimen blanco en Sudáfrica y Stieg Larsson se encargó de revisar su posible vinculación con la extrema derecha sueca en el magnicidio de una figura que les era muy incómoda como Palme.

Curiosa, eso sí, fue la amistad entre Palme y Henry Kissinger. Para un político como el primer ministro sueco, que denunció las políticas de EEUU hacia Vietnam, gestionadas por el propio Kissinger puede parecer una incongruencia. Con todo, Palme, acostumbrado al contacto con élites -su esposa Lisbeth es de linaje aristocrático- constituyen realidades que hacen difícil desmarcar la tentación del contacto con el poder más cruel y duro. Estas trampas del poder pueden dejar mal parados a quienes como Palme, podrían haber tenido las mejores intenciones: el secretario general de Naciones Unidas designó al destacado político sueco mediador en la guerra entre Irán e Irak. Hasta aquí todo muy bien. Sin embargo, el escándalo Irán-contras hizo quedar mal a Palme una vez que se supo que la empresa sueco-británica Bogors enviaba armas a Teherán en el conflicto de marras.

Regresando a los vínculos entre Palme y Kissinger, es indudable que tenían fuertes discrepancias, pero que en medio de ellas existía un espacio para empatizar. Kissinger consideraba a Palme divertido, culto, inteligente, informado, con gran capacidad de análisis. En cuanto al célebre sueco, las reuniones con Kissinger le permitían interactuar con una súper potencia como EEUU, disgustada por el activismo del político sueco. Se cuenta que en alguna reunión Kissinger comentó que a Washington no le disgustaba la política de neutralidad de Suecia, aunque sí la manera en que Palme la utilizaba. En este sentido, Kissinger y Palme eran como dos jugadores de una partida de ajedrez: expectantes al siguiente movimiento que haría el rival, pero reconociendo cada uno que lo que tenían ante sí era la inteligencia, la astucia, que era difícil de engañar y había que jugar rudo, pero jugar al fin y al cabo.

Version 1.0.0

El legado de Olof Palme no se puede limitar a su trágica muerte. El forma parte de una camada de grandes líderes que comparativamente en el mundo actual, brillan por su ausencia. Palme tuvo una importante interlocución con personajes clave de la socialdemocracia como Bruno Kresiky y Willy Brandt -aunque en este último caso, la revelación de que su asistente personal, Gunter Güillaume era espía de los servicios de inteligencia de Alemania Oriental llevó a la dimisión de Brandt en 1974. Asimismo, fueron contemporáneos de Palme, Francois Miterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Mijaíl Gorbachov, Raúl Alfonsín, Indira y Rajiv Gandhi, Andreas Papandreou, entre otros. Todos han sido figuras políticas controvertidas, si bien el denominador común es que visibilizaron a sus países a los ojos del mundo, en el entorno bipolar, acostumbrado a dejarse llevar por los designios de los grandes poderes -en el caso de Gorbachov es importante señalar que él llegó a la dirigencia soviética en medio de una terrible crisis económica y política que ya no pudo solventar.

Palme ya no estuvo para atestiguar el fin de la Guerra Fría, ni el colapso soviético, como tampoco la nueva agenda global centrada en los conflictos internos, el auge de la delincuencia organizada y del terrorismo, al igual que la terrible debacle ambiental. Es verdad que en el mundo de hoy hay hechos positivos como el posicionamiento de la equidad de género como un tema clave en la agenda global. Empero, quizá lo que le resultaría más lamentable al planeta es la ausencia de solidaridad internacional, la debacle de la cooperación para el desarrollo y la crisis del multilateralismo, especial, aunque no exclusivamente, de la Organización de las Naciones Unidas.

Asimismo, los liderazgos de hoy, quizá con las excepciones de Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Modi en India, y Trump en Estados Unidos, no parecen apostar por conducir al mundo por los senderos de la paz ni la prosperidad. Es esta escasez de líderes lo que le permite a figuras como Donald Trump alzarse como el mesías que quiere hacer a Estados Unidos grande otra vez, negando la cooperación y la concertación que constituyen las formas más recurrentes para proyectar liderazgo. Palme seguramente se sentiría deprimido al constatar que su natal Suecia, esa que defendió la neutralidad ante las crisis globales desde las guerras napoleónicas, hoy ha renunciado a ella, integrándose a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y apostando por la presencia de armas nucleares estadunidenses en su territorio como un disuasor contra Rusia.

¿Si Palme viviera hoy volvería a morir? La muerte es la única certeza para los seres humanos. Empero, el contexto de Palme era distinto al actual. Hay cosas que ciertamente no cambian, como la lucha por el poder, si bien las prioridades nacionales e internacionales sufren modificaciones y no queda claro que las figuras políticas actuales puedan hacerles frente, menos aun anticiparse a ellas. En los tiempos de Palme, la información transcurría con lentitud y los políticos tenían tiempo para pensar los cursos de acción a tomar. Hoy la información fluye de manera instantánea y eso deja a los políticos con el dilema de la inmediatez y de dar respuesta a los desafíos que hasta el ciudadano reportero de calle puede evidenciar con una simple fotografía o video.

Palme fue un hombre de su tiempo, pero anticipó temas que hoy el mundo encara con muchas dificultades, como el ambiental, la renovada carrera armamentista, la equidad de género y la solidaridad internacional, entre los principales. En la Asamblea General de Naciones Unidas celebrada en 1970, Olof Palme realizó un memorable discurso en el que, al final sentenció: “No podemos culpar a los científicos ni expertos, ni tampoco al adelanto tecnológico, ni a fuerzas económicas

anónimas. La catástrofe, si llega, será, en esencia, el resultado de decisiones políticas mal orientadas o de la falta de decisiones políticas, Es más y más notorio que Ios problemas decisivos actuales son políticos y sociales y que, por consiguiente, hay que resolverlos por métodos políticos y sociales. Por lo tanto, la situación sólo pueden rectificarla los pueblos que, en virtud de su anhelo por la paz y la justicia, imponen estos profundos cambios de las estructuras sociales y de las relaciones internacionales, condición para la paz mundial y la solidaridad interna y

entre las naciones.” Sabias palabras que si hoy fueran pronunciadas serían igualmente válidas. De ahí la importancia de recuperar, en especial para las nuevas generaciones, a la figura de Olof Palme.

Autor

Scroll al inicio