Percepción y contacto

Pre-conciencia y sentido

 

De acuerdo a Merleau-Ponty la percepción es fuente de verdad y sentido; lo mismo participa en ella el sujeto que el objeto de conocimiento, el organismo y su entorno. Para Perls, Hefferline y Goodman, autores de Terapia Gestalt: excitación y crecimiento de la personalidad humana, el famoso PHG de los gestaltistas, el contacto es la realidad más simple e inmediata y, al mismo tiempo, la función más importante del campo, es decir, de mi entorno inmediato. Para el propio PHG, el contacto constituye una característica de la conciencia junto con la sensación, la excitación y la formación de la Gestalt o, lo que es lo mismo, la formación de una intencionalidad plena, llena de sentido, en cada situación que vivo.

 

La percepción y el contacto son experiencias que puedo tejer antes que sea consciente que las tejo. En un primer momento –y aun de manera permanente si no hago conciencia inmediata ni reflexiva de su existencia– pueden ser para mí, que las experimento, vivencias pre-objetivas, acciones que mi organismo urde en forma espontánea con el entorno que le pasan desapercibidos a mi conciencia. A todas luces puedo llegar a cobrar conciencia de esas experiencias. Incluso puedo sopesar su pertinencia y contribuir a gestar, en relación activa y consciente con el entorno y las personas que coexisten conmigo, el sentido de las situaciones que vivo. Si consigo gestar con el entorno y mis semejantes ese sentido, es porque he conseguido adherirme a una figura, a una intencionalidad clara a partir de las posibilidades que me ofrece mi entorno; porque un motivo concreto que el entorno me ofrece ha causado en mí una sensación relacionada con la satisfacción de una necesidad que me impulsa desde el fondo de mi organismo, y me ha puesto de alguna manera en movimiento.

 

Mi interacción con el mundo contiene una importancia vital y definitiva. Definitiva, en efecto, pues me resulta imprescindible. De hecho todas mis percepciones y contactos involucran al entorno, a las personas y los objetos que me rodean. Las situaciones que vivo me modulan al tiempo que yo las modulo, incluso cuando las ignoro. No es lo mismo un paisaje sin mí que conmigo, y yo no soy el mismo en un paisaje que en otro. Y en esa interacción entre mi organismo y el campo nace la experiencia, el sentido de la situación que vivo. Mis rememoraciones sobre el pasado y mis anhelos sobre el futuro pueden alterar ese sentido, incluso interrumpirlo y cercenarlo, sobre todo si me abstengo en forma persistente de realizarme a través de una percepción y un contacto claro con el mundo que me es presente.

 

Motricidad y adherencia al presente

 

Además de su carácter pre-consciente, la percepción y el contacto tienen en común el integrarse como experiencias que implican mi motricidad y una cierta excitación de mi organismo. Las tres son, en primera y última instancia, vivencias corporales. Son maneras como mi cuerpo piensa antes que nazca mi pensamiento propiamente dicho. Mi pensamiento propiamente dicho se articula siempre en palabras y mi cuerpo no piensa con palabras, sino mediante percepciones, contactos, sensaciones, emociones, excitaciones, sentimientos, movimientos, gestos y reflejos. Pero ninguna de estas experiencias corporales me ocurre en el vacío. A través de mi cuerpo pienso a partir de motivos propios, pero también de los motivos que me ofrece el entorno. Por obra de mi cuerpo, antes que de mi conciencia, en cada momento estoy inscrito en una circunstancia concreta. Mi cuerpo me ubica, me hace percibir, contactar y sentir de acuerdo a los elementos y personas presentes en mi entorno.

 

Mi cuerpo constituye una operación biológica, pero también cultural, como observa Merleau-Ponty. En mi cuerpo concurren mi pasado y mis empeños futuros, mi cultura y mi lenguaje, mi memoria, mis miedos y deseos, una parte oscura y otra clara, la resolución de perseverar en mi ser antes que mi conciencia resuelva renunciar o perseverar en lo que me ocupo. Mi cuerpo se encuentra enraizado en el presente –y en la vida– de una forma sólida e indiscutible. Gracias a mi cuerpo me resulta imposible salir del presente. Mi conciencia puede escurrirse hacia el pasado y el futuro, hacer como que me lleva adonde no estoy, pero mi cuerpo persiste donde estoy, a veces me hace ser donde estoy aun a pesar de mí mismo. Ya sea a ritmo frenético, en la lentitud del adagio, la serenidad de la contemplación, la opacidad de la indiferencia, la inquietud rebelde y la reaccionaria o, mejor, resignada reflexividad de la tristeza, mi cuerpo deviene en el presente.

 

 

Soy mi cuerpo

 

En efecto: soy mi cuerpo, como no se cansaba de repetir Laura Perls. Siempre lo soy, aun cuando no quiero serlo ni lo admito ni caigo en la cuenta del detalle. El intelecto no siempre está, sin embargo, reñido con mi cuerpo, ni mi cuerpo con mi intelecto. Pero no siempre soy mi intelecto. Por eso el poeta pudo escribir:

 

Leí todos los libros y es, ¡ay!, la carne triste.

 

La conciencia puede arraigarnos en el mundo, pero también excluirnos altiva o melancólicamente de él. Con todo, la resignación, la tristeza y la melancolía también pueden ayudarnos a tomar arraigo en lo que es: el mundo que tengo a la mano, frente a mis ojos. La clave radica en volver a la raíz sensomotriz de mis percepciones, contactos y emociones para desplegar una expansión de mi personalidad más allá de cualquier idea fija de la existencia en general y de mí mismo y el mundo que me rodea en particular. En ese arte se cifra la Terapia Gestalt.

 

Dos caras de una misma moneda

 

La percepción es la sincronía concreta que mi organismo tiende con el mundo que me rodea. Pero cabe no perder de vista que el mundo también la organiza. El contacto, por su parte, constituye la experiencia que tiene lugar en la frontera que sin cesar se fragua entre mi organismo y mi entorno, y la sensación, de acuerdo con Perls, Hefferline y Goodman, “determina la naturaleza de la conciencia, ya esté lejos (por ejemplo, acústica), cerca (por ejemplo, táctil), o dentro de la piel (propioceptiva)”.

 

De acuerdo con Ponty la percepción es fuente de verdad; nos revela los fenómenos que tenemos alrededor y la verdad -la esencia, el sentido siempre naciente de lo que existe- radica en esos fenómenos. Para la Terapia Gestalt el crecimiento de la personalidad tiene lugar a través de la asimilación de los fenómenos que me rodean. Ahora bien, para que los pueda asimilar, estos fenómenos deben resultarme de algún modo familiares, pero también ajenos. Si me resultan del todo ajenos o me empeño en admitir en ellos solo lo que les encuentro familiar, no lograré asimilar su novedad. Si, en cambio, permanezco abierto al mundo, entregado a él sin obstáculos psicológicos, sin pretender que sé de antemano lo que está ocurriendo y me abstengo de atrincherarme en mis temores y mis ansiedades, puedo realizarme en el contacto, asimilar lo diferente y crecer mediante esa experiencia. Percepción y contacto aparecen así como dos caras de una misma moneda benéfica y fértil como el fresco bálsamo del rocío matutino.

 

Un par de diferencias importantes

 

La percepción me revela la esencia de los fenómenos que me rodean y, a través del contacto, los asimilo y crezco, expando mi personalidad. La esencia de lo que me rodea, su verdad, es el sentido que construyo con lo que el mundo me ofrece. Y sólo gracias a este sentido crezco, me expando, me desarrollo.

 

 

Pero existen algunas diferencias importantes entre la percepción en su sentido fenomenológico, tal y como la revela y desmenuza Merleau-Ponty, y el contacto como experiencia básica del crecimiento del ser humano, tal y como lo plantea la Terapia Gestalt:

 

“El contacto en sí mismo” –se lee en el PHG- es posible sin conciencia. Se plantea entonces la pregunta crucial: ¿con qué se está en contacto? El individuo que mira una pintura moderna puede creer que está en contacto con el cuadro, mientras que, en realidad, está en contacto con el crítico de arte de su periódico favorito”.

 

Si ese individuo no está en contacto con el cuadro que tiene ante los ojos, sino con el crítico de arte, y no mira el cuadro con sus ojos, sino con los ojos del crítico, entonces no está percibiendo el cuadro. La idea de lo que debe ver le impide ver lo que está viendo: la percepción que opera su cuerpo se interrumpe por una interpretación que trabaja en su mente sin que él se percate que le trabaja. Gracias a que interpone la interpretación del crítico, el sujeto ya no percibe el cuadro que tiene ante sí. El contacto que establece es un contacto ilusorio; el recuerdo de lo que “debe” percibir le impide percibir la obra que cuelga en la pared.

 

Más adelante, el PHG argumenta:

 

Mientras que la percepción, de acuerdo con Ponty, nos brinda acceso a la verdad, el contacto, de acuerdo con los fundadores de la Terapia Gestalt, no, o al menos no necesariamente. Esa discrepancia recuerda la réplica de Sócrates al sofista que afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas. ¿Y por qué no la hormiga o el burro? –preguntó el maestro de Platón. Para la fenomenología el hombre es la medida de todas las cosas, pero no para los fundadores de la Terapia Gestalt, un dato interesante, sin lugar a dudas.

 

Conciencia inmediata y conciencia reflexiva

 

Mi falta de contacto inmediato con el entorno en favor de un deseo imposible de satisfacer en el momento presente, que además no ajusto de manera creativa, traiciona la percepción de la situación que vivo y produce en mí impulsos incapaces de destruir un sentido impracticable para brindarle espacio al nacimiento de un nuevo sentido. La ubicación y satisfacción de las necesidades inmediatas de mi organismo pueden reinstalarme entonces en el presente, pero hay ocasiones que la frustración y la sensación de peligro me raptan de tal manera, que incluso las necesidades inmediatas de mi organismo se me escamotean.

 

Si enfrentara un peligro que realmente pusiera en peligro mi vida, como evadir a un hombre armado o escapar de un tsunami, sería natural que la evidencia del riesgo me raptara y todo mi ser se concentrara en la tarea de enfrentarlo. Pero si mi vida en realidad no se encuentra en peligro, y lo que no soporto es la frustración que me produce la privación de alguien o algo, entonces necesito ayuda para reestablecer la conciencia inmediata de las necesidades presentes de mi organismo/entorno. Puedo encontrar esa ayuda en la poesía, la música o también en el ejercicio físico o la realización de un oficio. También, naturalmente, en la psicoterapia. Con razón la Terapia Gestalt se centra en la ampliación de la conciencia inmediata. Después de todo, sea cuál sea la actividad con la que haga frente a mi frustración, me resultará imposible realizarla si no establezco una conciencia inmediata de lo que ocurre en la frontera/contacto de mi organismo/entorno.

 

Con frecuencia, sin embargo, y muchas veces más allá de los momentos en que vivo situaciones extremas de frustración, suspendo esa conciencia inmediata, es decir, suspendo el contacto y la percepción. Se producen entonces retrasos en mi ajuste creativo con el entorno; extraviado en proyecciones, introyectos, paranoias y demás distorsiones psicológicas, dejo de rimar con la realidad que vivo. Entonces la conciencia reflexiva, que por definición ocurre en un momento posterior a mi desajuste, puede intervenir para modelarme de un modo más acorde a mis situaciones existenciales. Muchas veces puedo advertir, a través de la conciencia reflexiva, qué me ha enajenado de la vida y descubrir los auténticos objetos de mis enojos y temores, de mis entusiasmos y deseos. Cuando un aroma, un estímulo exterior despierta la memoria de Marcel Proust y Marcel Proust se entrega a una narrativa rebosante de tomas de conciencia, la sensación deviene fuente original de sentido, pretexto primordial para una bella exposición de significativas revelaciones psicológicas. Apunta el PHG:

 

 

No cabe duda de que, entregado a ese ajuste vital dificultoso y retardado que en la Terapia Gestalt se conoce como consciencia reflexiva, Proust creó su obra maestra. Pero mis faltas de consciencia inmediata pueden no ser saldadas posteriormente por ninguna consciencia reflexiva. Entonces mis fugas psicológicas del aquí y el ahora me cerrarán las puertas del mundo y de mí mismo, y me escamotearán el contacto con el entorno, la asimilación de la diferencia y el crecimiento consecuente en forma perenne. Entonces se ahondarán mi alienación y mi aislamiento, viviré en neurosis aunque resulte incapaz de advertirlo, con mayor razón me mostraré incapaz de recuperar el tiempo perdido.

 

No cuento con mejor fuente para definir el sentido de las situaciones en las que me encuentro que la toma de conciencia inmediata de mis sensaciones y emociones, de mis necesidades, algo que no puedo lograr si ignoro mi entorno y mi cuerpo, pues en este cuerpo. De modo que puedo evadir las necesidades de mi organismo/entorno, no reconocerlas, pasarlas por alto, ignorarme e ignorar lo que me rodea, pero también puedo, posteriormente, caer en la cuenta, a través de la conciencia reflexiva, no sólo de esas ignorancias, sino de los auténticos resortes psicológicos que las han patrocinado. No obstante, también puedo abstenerme de reconocer mi enajenación en el momento que ocurre y aun después. Entonces seguiré empecinado en creer que actúo en función de cosas por las que en realidad no actúo, persiguiendo propósitos que en realidad no persigo. En mi experiencia práctica de la vida, la conciencia inmediata de mis sensaciones y emociones, la clara percepción de mi entorno y de mí mismo como parte de ese entorno en el momento en que me encuentro en él, tiene mayor poder que la conciencia reflexiva. Pero incluso en términos prácticos me vale más acceder a una conciencia reflexiva que no acceder a ninguna clase de conciencia. Más todavía: tarde o temprano la conciencia reflexiva me resultará indispensable, pues nadie logra vivir desprendido por completo de ella.

 

Motivos, experiencia y realización personal

 

Existe una fisiología de la percepción y del contacto. Las dos experiencias se organizan como funciones de mi organismo/entorno. De mi organismo entendido como mi cuerpo y mi alma unidos en esta operación biológica y cultural que soy yo mismo, y de mi entorno como el orbe inmediato que me rodea. Queda claro que no existe ningún yo sin entorno, separado y ajeno del mundo. Soy siempre en un campo concreto. Sin el entorno mi cuerpo y mi alma no podrían existir. Frente al otro mi cuerpo y mi alma se presentan bajo una forma única, la que componen mi apariencia, mi conducta, mi lenguaje verbal y no verbal, lo que hago y me guardo de hacer.

 

Un penetrante observador de la condición humana, como Balzac, puede deducir quién y cómo soy con tan sólo mirar los devaneos de mi apariencia y mi comportamiento. Mi forma de ser se despliega ante los ojos de quien sepa verla de la misma manera como la forma de ser de los demás se despliega frente a mis ojos. Pero mi conducta sufre modificaciones ante la presencia del otro y la conducta del otro sufre modificaciones ante mi presencia. Aun cuando finjo que en nada me influye la presencia del otro, en ese fingir se delata una clara influencia. En un primer momento soy presa de mis sensaciones, quizá de emociones ambiguas que aún no nombro. Puedo darme cuenta de lo que siento o ignorarlo. Si me doy cuenta de forma inmediata, aumento las probabilidades de realizarme en el contacto con el otro, de conferirle sentido a la situación en el momento mismo en que la vivo. Queda claro que ese sentido no puede hacer abstracción de la situación ni de la presencia del otro, sino que por fuerza la configuro con ellos.

 

Todos los fenómenos que existen tienen un motivo, como observó Husserl, pero esos motivos requieren, para existir, que yo los tome como tales. Y para que yo los tome como tales resulta preciso que a su vez se presenten en mí motivos existenciales que embonen de algún modo con aquello que los fenómenos me proponen. Algo me llama del entorno porque algo en mí hace que me llame. Se teje ahí una intencionalidad que se realiza en la experiencia organizada entre mi organismo y el entorno. Pero, como sostiene el PHG, el organismo y el entorno son abstracciones que no existen antes de la experiencia. La intencionalidad, esto es, el sentido de lo que ocurre, no nace del individuo aislado ni del entorno por sí mismo, sino del encuentro de ambos.

 

El contacto con el entorno me da acceso a la asimilación de la novedad y promueve, en tanto, mi crecimiento personal. Cuando ese contacto se inhibe, mi percepción de la realidad se distorsiona, pues la realidad siempre está habitada por la novedad. En esos casos me resulta difícil, sino imposible, distinguir el sentido de la situación que estoy viviendo. Este sentido se materializa en una figura que el entorno y yo elaboramos conjuntamente. Si me siento implicado en el momento que vivo, la figura y el sentido que de ella se desprenden son claros, incluso brillantes. Si, en cambio, no me siento implicado, entonces mi contacto con el entorno se encuentra inhibido, ya sea porque no he tomado en cuenta algo del entorno o porque ignoro qué necesidad tengo en ese momento. Mis emociones pueden darme noticia de lo que me sucede, y entonces puedo advertir qué recurso del campo puede prestarme su poder para extraerle sentido a cada situación en la que me encuentro. La percepción y el contacto, en suma, son las bisagras que me abren las puertas del mundo y me permiten realizarme en él, que es, dicho sea como de paso, la única manera como me puedo realizar. ¿Pero qué significa que me realice en el mundo? Simple: que extraiga satisfacción de lo que hago, que me percate de mi propio valor porque soy competente en la actividad en la que me comprometo. Y nunca podría ser competente en ninguna actividad, si no percibo mi entorno y contacto con él. O lo que es lo mismo: si no capto el sentido naciente del mundo en que vivo y me involucro creativamente en él.

 

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