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Hace unos diez años se suscitó una ridícula polémica en torno al nombre del equipo de futbol americano los “Pieles Rojas de Washington (Washington Redskins)”, uno de los más tradicionales de la NFL y, de hecho, franquicia fundadora de la liga (1933). Cuando yo tenía ocho años mi padre tuvo a bien regalarme una chamarra color rojo borgoña con el escudo de los Redskins y desde entonces me hice seguidor de este equipo, lo cual es un auténtico calvario porque estos chicos ¡son malísimos! Eso sí, tuvieron sus tiempos de gloria, pero desde su última conquista del Superbowl (1991) todo ha sido un valle de lágrimas, sobre a partir de que los compró un sujeto deleznable de apellido Snyder quien siempre metía estúpidamente su cuchara en todas las decisiones estrictamente deportivas y quien incluso fue más perjudicial para su causa de lo que Jerry Jones lo es para los infames “Lecheros de Dallas”, lo cual ya es decir mucho. Snyder en buena hora vendió al equipo a principios de este año, pero su peor legado queda firme: haber cedido a la dictadura de la corrección política al cambiarle el nombre a los Redskins, quienes ahora tienen el insulso nombre de “Commanders” (WTF!).

Mis Pieles Rojas fueron acusados de utilizar como mote un término calificado como “racista” por algunas asociaciones de nativos americanos, además de por personajillos y politicastros sin nada mejor que hacer. El colmo llegó cuando el entonces presidente Obama oportunista y politiqueramente se unió a estas voces críticas. Es muy fácil que la corrección política se deslice con naturalidad hacia los extremos. Obviamente, una dosis saludable de moderación en el discurso debe contemplarse para no caer en actitudes racistas, ofensivas y de maltrato a las minorías, pero el problema empieza cuando en el afán de no herir con las palabras se llega a restringir la libertad de expresión, al ridículo o a pretender anular, como en el caso de los Redskins, una tradición bastante añeja (90 años) y completamente inofensiva que jamás tuvo tenido la pretensión de ofender a nadie. Cierto, el apodo “pieles rojas” fue utilizado peyorativamente por ciertos sectores de la población blanca hace mucho tiempo, pero el término tuvo su origen en una expresión nativa, una forma como los indígenas norteamericanos se autodenominaban, y con orgullo. Hasta el diario digital Slate, uno de los precursores de la campaña antiredskins, terminó por reconocer que este apelativo fue, efectivamente, auto asignado por los indígenas norteamericanos y que las comparaciones con insultos como “nigger”, wetback” o “chink” no tienen razón de ser. 

Pero en 2020, forzados en buena medida por la presión de sus empresas patrocinadoras actualmente cercanas a lo que se conoce como “ola woke” (Nike, FedEx y PepsiCo, principalmente) llevaron al infame Snyder a ceder. Muy fresco estaba entonces el asesinato a manos de un policía racista de George Floyd, el cual radicalizó las reacciones antirracistas en Estados Unidos y reavivó la polémica en torno a los pobres Pieles Rojas, quienes deshonrosamente jugaron como el “Washington Football Team” durante dos temporadas antes de cambiar su nombre a la bobada esta de “Commanders” en 2022. Cuando esta polémica surgió allá por el año 2013 varias encuestas a demostraron que la inmensa mayoría no se sentían ofendidos por el mote del equipo de fútbol americano de la capital de Estados Unidos. Por ejemplo, un sondeo efectuado por el Annenberg Public Policy Center arrojó que el 90 por ciento de los nativos no tenían problema scon el apodo. Asimismo, las encuestas también demostraban que, de forma abrumadora, los aficionados a este deporte se negaban al cambio de nombre de los Redskins y lo consideraban un juego de políticos oportunistas ávidos de medrar con este debate. Pero con el paso de los años, el fortalecimiento de la cultura woke cambió en algo el panorama. Según un estudio de Universidad de California en Berkeley de 2020 realizado entre poblaciones indígenas 49 por ciento de los entrevistados se dijeron ofendidos por los Redskins. Pero el resultado sembró muchas dudas, acrecentadas ente año por a petición hecha por la Asociación de Guardianes Nativos Americanos (NAGA) de devolver el nombre del equipo a “Washington Redskins”, alegando que “cambiar el nombre ignora abruptamente el legado positivo que el nombre de los Redskins ha construido a lo largo de los años y desorienta a los fanáticos apasionados que han invertido sus emociones, tiempo y apoyo inquebrantable en el equipo”. 

La persecución woke no se conformó con fastidiar a los Pieles Rojas. También los Indios de Cleveland del béisbol cambiaron de nombre al horrendo de “Los Guardianes”. Ser los “Indios” no era degradante, al contrario, en todo caso constituía un homenaje a los nativos americanos, pero eso no importó a los irreductibles campeones de la corrección política. ¿Quiénes serán sus próximas víctimas? Posiblemente los Bravos de Atlanta Braves, los Jefes de  Kansas City o los Chicago Blackhawks. A este paso, en Estados Unidos solo se verán eventos deportivos entre “el equipo rojo y el equipo azul” para no ofender a nadie. No deja de ser desconcertante en esta absurda necesidad de eliminar los nombres históricos de instituciones deportivas en nombre de la no discriminación racial que la mayoría de sus promotores sean blancos. 

Librar a los deportes profesionales de cualquier apodo tribal genérico es excesivo y solo perpetuará una peligrosa tendencia a la hipersensibilidad que con tanto ahincó alimenta a la intolerancia de las llamadas “guerras culturales”. El debate público en Estados Unidos y muchos países más (incluido México) se ha llenado de fáciles acusaciones de homofobia, racismo, xenofobia, sexismo, maltrato animal y desprecio por la discapacidad o por la religión ante ya casi cualquier alusión, broma. ironía o comentario. Sin duda, debe haber límites a los abusos verbales, pero muchos nos preguntamos -sin por ello apoyar ninguna actitud racista o excluyente- si tanta exageración se ha vaciado de sentido común. Los abusos de la corrección política provocan cansancio al ciudadano, cada vez más harto de escaladas que rozan el absurdo, y lamentablemente han dado lugar a que comentaristas y demagogos extremistas utilicen la lucha contra la corrección política como arma para hacerse populares. Así, mientras unos se afanan para ser políticamente correctos y en elaborar discursos nada ofensivos y “democráticamente inclusivos”, otros explotan con mucho éxito exactamente lo contrario. Es el poder de la incorrección política uno de los pilares de la presencia de Donald Trump y sus secuaces de extrema derecha. 

Quien se desmarca claramente de la corrección política tiene garantizada la atención pública. El discurso políticamente correcto se percibe como hipócrita por una creciente parte de la sociedad. Los excesos alimentan excesos. Las salidas de tono de algunos políticos posiblemente no serían tan efectistas de no existir el extremo contrario, cuando la corrección pierde su función de defensa de las minorías y se adentra en el eufemismo trivial. Para ser efectiva, la corrección política debe servirse en dosis inteligentes oportunas y moderadas.

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