Polarización electoral

Es evidente, para quienes usamos redes sociales, que esta contienda electoral ha generado una polarización considerable. No olvidemos que esa polarización virtual se puede trasladar a la realidad, como pasó con el vecino del norte; pero existe otro fenómeno que también es perceptible y se le relaciona, la tendencia de defender a personas e ideas con las que previamente no se comulgaba.

En este proceso electoral se ha visto a gente con ideales de derecha votar en contra de lo que creía; a militantes de izquierda, apoyar personajes que detestaban; a quienes se dedican a las ciencias sociales, dejar de creer en los procesos demoscópicos cuya validez defendían; a abogadas y abogados, con esperanza de un resultado fraudulento; y, a personas defensoras de derechos humanos, aliándose con quienes acusaban de violar esos derechos. Lo curioso es que esta mezcolanza no ha resultado en reconciliación, sino en polarización. Estamos revueltos, pero no juntos.

Esto se explica, en parte, en las razones por las que justificamos nuestro voto, pues parecen más las razones para irle a un equipo de futbol que las de apoyar un proyecto político. Sin embargo, hay una diferencia importante, en esos equipos sí tiene sentido seguirlos ciegamente, en eso se basa la pasión deportiva; mientras que apoyar a los partidos políticos o a las candidaturas requiere de un constante examen de conciencia, pues nuestras convicciones no necesariamente van a cambiar junto con las que se basan en resultados electorales.

En estos meses, quienes contienden para cargos de elección popular han demostrado tanta flexibilidad axiológica que, en vez de hacer la analogía con el futbol, debería hacerse con la gimnasia. No tenemos que enclaustrarnos en sus discursos. Dejemos de discutir en (o sobre) sus zapatos y sepamos que podemos discordar con sus posturas y propuestas, independientemente de que les demos o no nuestro voto.

Kim Kyung-Hoon/Reuters

El fanatismo político, además de permitir la justificación de actitudes condenables desde cualquier perspectiva ética, tiene un resultado lógico en las elecciones, la polarización. De 130 millones de posibles perspectivas de la política, al renunciar a nuestras formas de ver el mundo y apoyar fanáticamente a las candidaturas, terminamos con tres o cuatro posiciones que son necesariamente la negación de las otras.

No se ve en el horizonte, a pesar del resultado electoral, que dejen de existir ideales que puedan ser contrapuestos a otros, causando diferencias de opinión, por lo que cabe buscar en el diálogo democrático el medio para lograr la despolarización, puesto que la democracia tiene como premisa que las personas que conforman la ciudadanía piensan de manera distinta, y en ello radica su valor como medio para la toma de decisiones colectivas.

Si seguimos nutriendo nuestras convicciones personales y colectivas, en vez de renunciar a ellas, podremos tener mayores fundamentos empíricos y teóricos para que, al dialogar o debatir con otras personas, podamos empatizar y comprender que también sus opiniones tienen bases en la experiencia y la razón.

Aunque quienes contienden en este proceso electoral puedan no ser ejemplo para ello, tengamos claro que podemos y debemos mantener nuestro espíritu democrático como nación. Por eso, contrario a la tendencia actual, veamos en estas elecciones la oportunidad de confirmar nuestras convicciones, respondiendo la polarización electoral con una despolarización democrática.

Autor

Scroll al inicio