Por qué no me quité del vicio, Porfirio Muñoz Ledo y la doble moral

Desde mi lejana adolescencia me ha gustado pistear, cerveza en particular o whisky, pocas veces ron, aunque sé que una tarde tranquila se disfruta mejor con vino tinto; Dionisio no hizo para mí el brandy, el cognac ni tampoco el vino blanco, pero eso sí, jamás me desisto si tengo cualquiera de esas bebidas en la mesa. Unos chupes, decíamos entre los amigos, o “El chupirul nos está convocando” si queríamos ser solemnes, en algo más o menos parecido a cuanto de niño escuché: “¡Queremos pomo!” o tomemos un “Tlachicotón”, vamos, “Pulmón” que es el pulque al que también escuché decir en la San Felipe de Jesús “Baba de oso” o en Tepito “Baba del diablo”. Un día habrá que hacer un homenaje a las “Pulcatas” porque fueron precursoras de la equidad de género: los primeros sitios que tenían su área de mujeres para que ellas también empinaran alegremente el codo sin que las molestara el prójimo.

“Agarra la jarra”, invitaba un comercial de Bacardí, así como cantando en medio de la fiesta siempre con hombres guapos y mujeres despampanantes, durante los años setenta (creo que por eso se decía entonces algo así como “agarró la jarra” o “anda bien jarra” para referirse a quien se puso bien pisto o “pistolero”, decía Tin Tan). Hubo otro famoso cuando iniciaron los ochenta, de Brandy Viejo Vergel, donde Anthony Quinn (sí, el mismo que se fajó impresionantemente a Rita Hayworth en una memorable escena de cine, bailando ambos), declamaba este bonito poema “Como el viejo decía, si las cosas quer valen la pena se hicieran fácilmente, cualquiera las haría”. Para mí, el mejor sin duda alguna fue el de Johnnie Walker, donde la hermosa modelo Patti McGuire (si la memoria no me falla, esposa de Jimmy Connors) canta al piano la bonita melodía de “Johnnie, Walker, shalala lá, lá). En fin. No quisiera avergonzar a mi santa tía Chucha y recordar nuestro historial (hemos pisteado juntos varias veces) con Brandy Bobadilla 103.

El caso es que desde muy jovencito me gusta el pedo, ponerme trovo, hasta atrás o hasta las manitas, burro o “Turulato”, para ser justo con mis raíces y, así, incluso recordar junto con Germán Valdés que “Yo prefiero pedalear toda la vida que quedarme sin tequila”, elixir que durante mis bien entrados treintas fue la bebida predilecta (“pero sin limón ni sal y menos chile que no es pozole”, decía mientras me frotaba las manos para avisar a la garganta que pronto sería aclarada).

Pronunciar o escribír la palabra “ebrio” es muy fifí para mí, igual que “alcoholizado”, “bebido” o “tomado”, como oí decir en Garibaldi cuando era niño, a quienes querían ser muy correctos, como si andar briago fuera delito (lo que, si fuera el caso, un teporocho –que proviene del vaso de té con alcohol a ocho centavos– debiera ser algo similar a un acólito, ¿o alcohólico?, del diablo).

También se decía “inflar” o sólo “beber,” pero nunca falta el mamón que espete el término “libar” (como si estuviera en el examen profesional de una carrera, que nunca terminó dicho sea de paso). A mí me gusta echar tragos, ponerme cuete y la palabra exacta, al menos para mí, es ponerme borracho.

Quienes me conocen saben que detesto la doble moral, a esas personas que se santiguan o espantan cuando no condenan a quienes inferimos unas copiosas cucharadas y, pues no sé, hablamos más lento que Andrés Manuel López Obrador (bueno, no tan lento) para decirle al otro que es un gran amigo, luego de otras copitas, nuestro hermano, hasta que termina siendo nuestro padre o el amante que nunca tuvimos. Lo que sea. Detesto la doble moral, tanto en el vecindario como en la llamada opinión pública (aunque ambas cosas sean lo mismo en más de un sentido), y reivindico a quienes, sin molestar al prójimo, nos ponemos unas papalinas de dios guarde la hora y nos prepare migas.

En todas esas cosas importantes de la vida estaba pensando cuando de pronto recordé que hace 30 años, en 1988, estuve en el departamento del profesor Fausto Burgueño (un sinaloense de inteligencia reposada y tez morena) que quería ser Rector de la UNAM porque Jorge Carpizo dejaría el cargo. No sé, y lo digo en serio, por qué estaba yo ahí, aunque a los 22 años ustedes podrán disculparme si sentía algo así como estar contribuyendo con la reforma democrática de la Universidad. Desde luego, eran personas importantes las que estaban ahí, a mí me faltaba plática pero me sobraba sed y del hambre que da cuando eres estudiante, ustedes podrán dar cuenta si alguna vez creyeron que la revolución los llamaba y no tenían un quinto en la bolsa. El caso es que creo que esa noche comí la mayor cantidad de trocitos de queso y jamón que he comido en mi vida y bebí no recuerdo cuántas cervezas, pero muchas. Cuando de pronto tocó a la puerta Porfirio, y ya iba bien Muñoz Ledo junto con una mujer francesa que parecía una gacela vestida de negro. El licenciado ya había renunciado al PRI y junto con Ifigenia Martínez, y claro, Cuauhtémoc Cárdenas, era tan famoso como una cahuama entre los rojillos universitarios.

Porfirio Muñoz Ledo entró al departamento como el torero que espera la ovación de la plaza, o la bailarina de aquellos cabarets que quieren concentrar más miradas que las lentejuelas que tiene su vestido. Se sentó de inmediato junto a la bella dama, carraspeó ligeramente al darse cuenta de que no todos estaban atendiéndolo y habló ya con un trago en la mano que siempre parecía el mismo porque la señorita gacela se ocupaba de que siempre estuviera de ese modo. Habló y habló y habló… y habló, mientras yo comía quesito y jamón esperando a qué hora sería el llamado de la revolución, y bebía algo de cerveza. El licenciado habló de él, primero, y luego también de él, para luego soltarle a bocajarro a Burgueño que él no tenían ni una sola posibilidad de ser Rector (ésa fue una de las primeras veces que comprobé que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad). Aún recuerdo el rostro desencajado de aquel moreno sinaloense al escuchar las palabras de Porfirio, y ya luego su resignación cuando escuchó que lo importante es que todos nos preparáramos para el cambio de régimen y que nuestro papel en la Universidad sería bien importante.

Nunca en mi vida he visto probar a nadie tal cantidad de cubas. Lo juro. Ni tampoco a alguien que mantuviera la lucidez con tanto alcohol encima (de mi plato de quesitos creo que probó uno o dos y ya). Nada más recuerdo que salió del departamento como el torero después de la faena, junto a su gacela que daba como brinquitos de niña jugando al avión dibujado en el piso. Ahora Porfirio Muñoz Ledo tiene 85 años y no se ha dado cuenta que ya no está en la edad de entrar al ruedo, la gota que derramó el vaso no fue de vino, sino de tiempo, y quiere recibir aplausos, cobrar sus facturas. Es ahora beneficiario de la doble moral que condenó a otros deslices etílicos reales o inventados, pero que con él se hacen de la vista gorda, igual al joven que le pone cañita del 96 a su refresco y finge como si nada pasara.

De mi parte, sírvame otra copa cantinero, que hoy pienso seriamente emborracharme.

Salud.

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