Priísmo; caída y resurrección

Los regímenes autoritarios no son eternos; tarde o temprano caen. Pero pueden tardar mucho para eso, pues es más difícil derrocarlos que en el caso de las democracias (sobre todo las que están empezando y por tanto su institucionalidad es frágil).

Ejemplos históricos sobran. Pero vayamos a ver que pasó con el PRI. Producto de una revolución social exitosa, los ganadores de la guerra (los constitucionalistas, así como lo fueron los bolcheviques en Rusia o los comunistas en China), pudieron haber construido un sistema de partido único.

Nada política ni militarmente lo impedía. ¿Por qué no se constituyó así? Porque Estados Unidos, igual que hizo con Porfirio Díaz, condicionó su reconocimiento a que se mantuviera al menos una formalidad democrática, lo que exigía la presencia legal de más de un partido, y elecciones periódicas aparentemente libres y equitativas. No importaba lo que fuera, sino lo que pareciera.

El PRI resistió varias confrontaciones y fracturas internas (el golpe delahuertista de 1923, el complot de Francisco Serrano en 1927, el golpe escobarista en 1929, la ruptura de Vasconcelos ese mismo año, la confrontación de Cárdenas y Calles en 1936, la ruptura de Almazán en 1940, la de Padilla en 1946 y la de Henríquez Guzmán en 1952).

No fueron poca cosa, y sin embargo el régimen resistió e incluso se fortaleció. ¿Qué se requirió entonces para la remoción del PRI?

Esencialmente, las crisis económicas provocadas por los propios gobiernos priístas, como la de 1982, producto de malas decisiones de Echeverría y López Portillo, que generó gran descontento entre los ciudadanos y el cambio de paradigma económico (el neoliberalismo).

Lo cual a su vez provocó otra fuerte ruptura en 1987; la Corriente Democrática encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, que obligó al régimen a incurrir en un magno fraude en 1988.

Eso, a su vez, orilló al régimen a abrir gradualmente al régimen a la democracia electoral, aunque de manera más simbólica que real.

Pero en 1994 surgió una nueva crisis política y económica; el levantamiento del EZLN movió todo el tablero y opacó la campaña de Luis Donaldo Colosio, la cual derivó en su asesinato (seguramente desde la cúpula del poder, aunque esa no sea la “verdad oficial”).

Eso provocó salidas de capitales y, junto con la soberbia de Salinas de Gortari de no devaluar el peso antes de entregar el poder, generó la crisis económica de 1994, peor aún que la de 1982.

         El azar y las condiciones vigentes llevaron a que el sustituto de Colosio, Ernesto Zedillo, fuera más un tecnócrata que un político ambicioso de poder.

Comprendió que dadas las circunstancias, de no permitir una genuina democracia electoral, el país podría caer en una crisis política y económica peor que la de 1994.

Por lo cual dio paso a la apertura, y dado el desprestigio acumulado del partido oficial en esos años, éste perdió la capital e incluso la mayoría absoluta en la Cámara Baja en 1997 (con sólo 39 % de la votación), y la presidencia en 2000.

Fue pues una combinación de crisis económicas y políticas provocadas por el propio PRI lo que lo derrocó.

Pero pasaron 18 años desde la crisis de 1982 hasta su derrota electoral. Los autoritarismos sólidos no caen de un día para otro (como ocurrió también con la URSS, y la dictadura cubana, que sigue ahí con más de 60 años, y la de Venezuela, con 26 años).

Todo eso debe tomarse en cuenta respecto del nuevo partido de Estado, Morena, que no es sino el resurgimiento de lo peor del PRI (Amlo seguía en ese partido en 1988 y estaba dispuesto a continuar ahí, pese a su nuevo giro neoliberal, pero le negaron una candidatura y se fue al PRD por oportunismo político, no por razones ideológicas).

La mayor diferencia entre el viejo priísmo y el nuevo morenismo es que aquél construía instituciones y éste las destruye.

Así pues, aunque muchos creen en la caída de Morena en el corto plazo, la historia del PRI debe tomarse en cuenta para saber que un autoritarismo fuerte (como el que está consolidando gradualmente Morena) no es tan sencillo de removerse.

Es cieryo que por las condiciones actuales, eso quizá no nos lleve 70 años, es poco probable que el obradorismo caiga en 2030, como muchos deseamos (si bien hay variables e imponderables que podrían provocar ese desenlace, pues hay cosas que no son perceptibles a simple vista y pueden llegar a ser determinantes).

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