Reelección y democracia

Por razones históricas bien conocidas, en México el concepto de reelección política está estigmatizado como algo anti-democrático.

Y desde luego, la prolongación indefinida de un gobernante, al margen de su desempeño, es algo completamente anti-democrático y propio de las dictaduras que guardan una formalidad democrática (como lo fue la de Porfirio Díaz, pero también la de Chávez y Maduro).

El problema en tales casos es justamente que en un régimen formalmente democrático, donde se realizan elecciones y hay un mandato definido que debe renovarse cada ciertos años, pero donde las elecciones no cumplen con la equidad y transparencia propias de la democracia, le reelección se convierte en el eje de una dictadura vitalicia.

Pero cuando las condiciones de equidad y certeza electoral se cumplen de manera suficiente, entonces la reelección se convierte en un elemento importante de una democracia cabal.

Desde luego, puede ponerse un límite a la reelección presidencial, como ocurre en varios países presidencialistas (pues en los sistemas parlamentarios no hay límite, sino que se deja la decisión a los votantes primero, y después de los acuerdos dentro del parlamento).

En cuanto a la reelección inmediata legislativa, ésta se convierte en un elemento clave para la democracia, pues obliga a diputados y senadore a tomar en cuenta las demandas y opiniones de sus electores a la hora de votar en el Congreso.

Son los electores de cada legislador los que al final de cada mandato deciden si éste se queda o se va, y eso es un elemento clave de la rendición política de cuentas, elemento esencial de la democracia.

Otra virtud que se puede atribuir a la reelección legislativa es que permite tener gente con experiencia creciente y acumulativa, claro, si su desempeño ha sido lo suficientemente satisfactorio como para que sus electores reelijan a su representante o senador.

Al no haber reelección, en cada mandato suele entrar gente nueva, sin experiencia, a la cual tampoco la dejarán hacer una carrera al no haber reelección consecutiva.

Paradójicamente, la figura de los diputados de mayoría responde al objetivo de vincularlos más cercanamente a sus electores y representar mejor sus demandas.

Surgió justamente en las primeras democracias modernas, Estados Unidos, y después Inglaterra y Francia, precisamente para que las distintas comunidades y ciudades tuvieran un representante identificado con ellas y conocedor y atento a sus demandas y necesidades particulares.

Pero justo bajo ese propósito, la reelección obliga a dicho representante atender, oir y tomar en cuenta a sus electores, para precisamente contar con su voto en la siguiente elección y reelegirse.

De lo contrario, una vez concluida la elección, el legislador en cuestión tenderá a olvidar a sus electores, pues su próximo cargo no dependerá de ellos sino de su partido. Por lo cual, al emitir sus votos en el Congreso hará lo que su partido diga, corresponda o no a las necesidades o posturas de sus electores.

Eso lo hemos visto de sobra en México, dado que, aprovechando la muerte de Obregón y la restitución de la no – reelección presidencial, de paso se eliminó también la reelección legislativa (que figuraba en la Constitución de 1917).

Y por lo mismo, los legisladores normalmente se atienen a lo que la dirigencia de su partido (o el presidente de la República si pertenecen al partido gobernante) les indique para emitir sus votos. De ahí que se les conociera como “levanta dedos”.

Es entonces una contradicción que la mayoria de diputados y senadores sean de mayoría cuando no hay reelección, pues son figuras que van de la mano.

Es verdad que la mayoría de electores vota por partido y no por candidatos (a los cuales difícilmente conoce), pero la reelección favorece el contacto entre representante y representados en alguna medida (de los males el menor), además de que la reelección o no de cada legislador dependerá en alguna medida en que no incurra en ilícitos o abusos, y de que vote o no de acuerdo a sus electores en temas importantes.

No es pues casual, que en prácticamente todas las democracias dignas de ese nombre exista la reelección legislativa inmediata (así esté limitada por un cierto número de mandatos).

En 2014 se introdujo finalmente la reelección inmediata legislativa, pero con un candado que la desvirtuó en los hechos: para poder buscar reelegirse un legislador debía contar primero con el visto bueno de su partido.

Una verdadera reforma democrática no sólo mantendría la reelección inmediata, sino que la decisión de buscarla radicaría en el propio legislador, al menos en el caso de los legisladores de mayoría.

Pero en lugar de avanzar, en México nos gusta muy frecuentemente retroceder. La democracia, que prácticamente dejó de existir, quedará completamente desvirtuada con la reforma electoral en caso de aprobarse. No es progresiva ni democrática, sino claramente regresiva e impositiva.

Por cierto, en el debate sobre la reforma electoral no he visto ninguna reflexión o protesta en torno a la reelección legislativa, lo que parece ser un reflejo de que hay consenso en contra de esa figura, esencial para una democracia cabal.

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