Esa frase se le atribuye a don Jesús Reyes Heroles que, al proponer la reforma política de 1979, decía que había que abrir canales de expresión legal para evitar que estallara (de nuevo) el México bronco.
Con esa expresión resumía parte del carácter que prevalece en México y su cultura (o incultura) política, en buena parte resultado de nuestra historia.
Con la guerra independentista, el México bronco resurgió, pero incluso prevaleció durante varios años tras obtener la Independencia.
Y es que la única forma de contener (que no erradicar) a ese México bronco es con instituciones fuertes que puedan sancionar conductas delictivas (al menos en la ciudadanía, aunque no entre la cúpula gubernamental, lo cual ya implicaría una democracia eficaz y sólida, cosa que nunca hemos tenido).
En efecto, tales instituciones pueden ser autoritarias o no, pero deben ser eficaces para garantizar una convivencia social esencialmente civilizada).
Con el Porfiriato se pudo contener en buena parte a ese México bronco (aunque nunca desaparece del todo pues siempre hay grupos delictivos y violentos, pero lo que importa es que sean limitados).
Con las revoluciones de 1910 y de 1914 resurgió el México bronco, y prevaleció durante años aún después de concluída la guerra interna. Golpes e intentos de golpes de Estado, complots y la guerra Cristera.
Es entre 1929 y 1940 que el régimen (no democratico) pudo irse institucionalizando y por décadas se contuvo al México bronco.
En los años recientes volvió a resurgir en cierto grado por la gran demanda de drogas en EEUU y lo redituable de ese negocio.
Las instituciones democáticas no pudieron contener esa explosión de violenvia, y el obradorismo anti-democrático sigue sin hacerlo.
Pero ahora además debemos agregar la destrucción institucional del proyecto de Morena que, en esa medida, abre la caja de Pandora del México bronco, una vez más. No sólo los narcos, sino pandillas y delincuentes de extorsión, secuestro y robo creciendo por todo el país.
Y por otto lado, un ambiente de polarización, confrontación, divisionismo, rencor y odio entre los ciudadanos, fomentado todos los días desde la cúpula del poder.
Y es que en lugar de tomar medidas eficaces para contener esa explosión violenta y delictiva, el obradorismo se dedica a destruir instituciones para concentrar al máximo el poder y afianzar su prolongación en él, evitando que “la Derecha” ( o sea todo lo que no es sumiso al obradorismo) regrese al gobierno.
Y también, la nueva clase política (aunque en realidad está formada de la vieja clase política) se dedica a enriquecerse a manos llenas. Esas son sus prioridades.
Así, en la medida en que dicha destrucción institucional continúe (como continúa), y la polarización se incremente (como lo está haciendo), seguirá surgiendo con más fuerza y violencia ese México bronco histórico.
En esa medida, tanto la gobernabilidad como la estabilidad política se irán haciendo más frágiles.
Y es que los estadistas crean y fortalecen instituciones, mientras que los demagogos las someten o destruyen, generando confrontación y descontrol.
A ver hasta dónde caemos antes de retomar el camino institucional y democrático.

