sábado 02 marzo 2024

Salvador

por Pablo Majluf

A un paso de la próxima elección presidencial, regresa el habitual deseo de un salvador, una persona que, combinando voluntad y proyecto, salve a México de la adversidad. Seguimos inmiscuidos en el relato de redención, independientemente del bando que lo propugne. El obradorismo ofrece prolongar la promesa de una ilusión que no se hizo realidad; la oposición ofrece la salvación frente al obradorismo y, por añadidura, del país. La salvación colectiva de la mano de una persona –o gobierno– es una quimera. 

No importa quién gobierne, algunos problemas de México son profundos y, a juzgar por el progreso paulatino de los pueblos, tomará décadas y hasta siglos resolverlos. Especialmente los que más le importan a la gente. 

En un sexenio no se puede resolver la corrupción, por ejemplo. Cualquiera que sea la causa de ella –cultural, institucional, económica– está enquistada en todos los rincones de la vida pública y privada. Según Transparencia Internacional, somos uno de los 50 países más corruptos del mundo. El obradorismo ofreció como solución mágica el mero ejemplo del presidente, una mentira y una tomadura de pelo. No hay una propuesta concreta de la oposición, pero sabemos que sus filas también están llenas de personajes, grupos y redes corruptos. Más aún: abajo, en la sociedad, tampoco se respira pureza. 

Menos se avizora una reducción de la violencia. Si la explicación de Alejandro Hope es correcta, se trata de un fenómeno de causas múltiples: el resquebrajamiento del Estado mexicano, ajustes en el mercado internacional de la droga, la proliferación de armas más letales, la lucha territorial, una frontera más disputada, la atomización de cárteles, las pugnas internas de las agencias en EEUU y las nuevas actividades del crimen organizado: trata, extorsión, derecho de piso, contrabando, prostitución, minerales, agricultura. El viejo régimen ofreció balazos; el nuevo, abrazos. Lo que sea que ofrezca el próximo salvador, el río de sangre continuará imparable. 

Finalmente, la pobreza. México ha tenido siempre una subclase de desfavorecidos, que es más o menos la mitad de la población. Gobiernos van, gobiernos vienen y ahí sigue. Según nuestra propia aproximación, el problema es “multidimensional” y se alimenta de rezagos en salud, educación, mercado laboral, ingreso, seguridad social, vivienda y cohesión social. 

No hay que abandonarse a la apatía ni resignarse, pero ponerse en brazos de las ilusiones es justamente una forma de resignación. Sin duda hay mejores gobernantes que otros. Unos con más vocación democrática y liberal, más inteligentes y modernos. Se puede escoger el mejor entre ellos porque siempre se puede estar peor, pero no hay salvadores. Tampoco tenemos de dónde sacar un gobierno maravilloso.

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