Otis, es ya un huracán histórico porque alcanzó la máxima categoría de fuerza y violencia en un lapso menor a medio día, pasando de ser un meteoro categoría tres a uno de cinco, con ráfagas que rondaron los 300 kilómetros por hora.
Los científicos no tenían registro de un fenómeno así y explican que la tormenta cobro fuerza porque el mar cercano a la costa de Acapulco estaba hirviendo, cocido ya por las temperaturas propias del calentamiento global. Así que la devastación que vemos en Guerrero tiene su origen más amplio en la emisión de gases de efecto invernadero, cuyos efectos colaterales ya estamos padeciendo directamente.
Nadie podía calcular la rapidez en que el ciclón normal se convirtió en un súperhuracán, pero bastaba con las señales de 48 horas antes para activar los sistemas de seguridad y de asistencia y sobre todo, para alertar masivamente a la población del puerto y de las aledañas. No se hizo, la gobernadora estaba en una alegre reunión en la Ciudad de México con sus correligionarias de la coalición obradorista y el Ejército (que antes de este sexenio sabía hacer estas cosas) ni siquiera procuró activar sus propios protocolos de protección civil. Así es que a 32 horas del desastre (tiempo en el que escribo estas notas) no hay todavía la declaratoria del estado de emergencia, ni tampoco el despliegue del Plan DN-III. En una de las exhibiciones de incomprensión e incompetencia más crueles de las que se le recuerde a este sexenio (y son muchas).
México tenía un fondo para atender a los damnificados y los daños que provocan con regularidad los desastres naturales a los que estamos expuestos, el “Fonden”, pero dado el frenesí de la “austeridad” este fondo desapareció, y es aquí donde corresponde volver a tres o cuatro datos básicos.
Lo primero que hay que decir es que el Fonden no era una mera “bolsa” de dinero, sino una estructura de operación que permitía actuar rápida y coordinadamente en estos casos. Esta estructura incluía la administración de dinero, pero también cuerpos especializados como brigadas de salubridad que se adelantaban al desastre para estar allí, in situ, previo a la llegada de un ciclón, por ejemplo.
En segundo lugar, el Fonden trabajaba con reglas distintas a las que rigen a la administración pública normal, precisamente para acelerar trámites y procesos. El Fonden ejecutaba el gasto con rapidez porque operaba con reglas más flexibles, reglas extraordinarias para una situación extraordinaria.
En ese sentido, se revela la absurda defensa del Subsecretario Yorio, que presume como virtud el hecho de que hay “una partida” para atender desastres naturales, es decir, volvieron normal y burocrática una bolsa pensada para ejercerse de manera expedita y urgente. La volvieron una partida “normal”.
En tercer lugar, el Fonden fue extinguido por decreto junto con otros 108 fideicomisos públicos en el 2020, año del éxtasis de la austeridad y buena parte de sus recursos disponibles ya fueron usados para… ¡adivinaron! financiar al Tren Maya, el 43 por ciento de lo que le correspondía al Fonden fue utilizado ya para esa obra malhadada en la selva de Yucatán. (Véase https://bit.ly/3tJPOTL).
Y cuarto, además del Fonden hay otros fondos y seguros que se activan con la llegada de las catástrofes, fondos de índole internacional y otros como programas de emergencia, ubicados en la Secretaría del Bienestar (Véase https://bit.ly/3QxkFvR). No obstante, su correcta y honesta administración depende de dos hechos críticos: la existencia de un cuerpo de funcionarios especializados en seguridad humana “protección civil”, ¿dónde está el CENAPRED?, y la confección de padrones de damnificados y de daños precisos y verificables. Pero merced al desmantelamiento que ha sufrido el Estado mexicano en estos años no tenemos ni lo uno ni lo otro.
Todos vimos al Presidente de la República atascado en un convoy del Ejército, perdiendo horas preciosas en el momento que los guerrerenses más necesitaban de su atención y decisión. Es una imagen teatral del mismo padecimiento en el Estado, a la catástrofe se le responde con propaganda, improvisación e incompetencia. Marca de la casa.

