El periodista pregunta. Incluso inquiere. Pide precisiones y acota, también sitúa el asunto que él puso en la mesa. Evita la dispersión y regresa al punto las veces que crea necesario. El profesional de la comunicación no es el micrófono abierto al antojo del interlocutor o la libreta en blanco de la que toma dictado; como advirtió Miguel Ángel Bastenier, la entrevista elude la declaración y solicita, cuando no a veces exige, la precisión; no es el aliado de la imagen que el otro quiere dibujar sobre sí sino el medio para reflejar claramente su pensamiento, o sea, la capacidad para exponer la coherencia del pensamiento razonado y así provocar la opinión de las audiencias.
El periodista no es propagandista ni tapete para el lucimiento de nadie, por eso es que pregunta y vuelve a preguntar, interrumpe y evita que el otro lo controle porque pretende el mensaje cómodo, la frase hecha para lograr el impacto que prefiere, esa es la naturaleza del político, la del periodista es no dejarse engatusar. El periodista también puede enojarse, y es que de eso también tratan las conversaciones, más aún si de la cosa pública se trata, y más todavía cuando el otro pretende tratarlo como si no existiera o como el escalón para el ascenso o la cortina del teatro en el que ese otro quiere ser el único protagonista para que el público le aplauda.
El periodista pide precisiones, no anuncios, ah, y por cierto, también tiene una opinión: puede, más aún, debe decirla con la claridad debida por honradez con las audiencias y para suscitar la polémica, la capacidad de respuesta del interlocutor y desde luego que el espacio abierto para el lenguaje certero, vale decir, al que acompaña el dato o la propuesta. Sí, claro, el periodista acosa repito, acosa, si recibe por respuesta un spot publicitario o la frase hecha que ya todos conocen para salir del apuro y, entonces, vuelve a insistir en la pregunta las veces que sea necesario porque él también se expone a las audiencias —otro asunto es pontificar, adulterar las palabras, eso le corresponde a los jueces del tribunal mediático— el periodista nada más, y nada menos, busca diluir la demagogia del poder, tanto de quienes lo sustentan como de quienes lo pretenden. Esa es su función.
