Trump no vendrá al rescate

Hay una idea persistente, casi un acto de fe, entre ciertos sectores: la creencia de que Donald Trump eventualmente vendrá a México a hacer lo que no se ha hecho: investigar, enjuiciar y encarcelar a políticos vinculados con el crimen organizado. Esa expectativa no solo es ingenua, también revela un profundo desconocimiento de cómo opera el poder.

Trump, como cualquier líder estadounidense, no actúa por razones morales ni por un deseo de justicia en otros países. Actúa por intereses. Y si algo queda claro en la relación reciente entre México y Estados Unidos, es que esos intereses ya están siendo satisfechos sin necesidad de confrontaciones mayores.

Pragmatismo

El discurso público cuenta una historia distinta: ataques retóricos desde Washington y respuestas que invocan soberanía desde México. Pero en la práctica, la relación es profundamente pragmática: cooperación en seguridad, control migratorio y alineación económica.

México ha cedido en temas clave. El ejemplo más evidente es la política migratoria, asunto que involucra a ambos lados de la frontera, donde el país funciona como muro de contención, endureciendo la frontera sur mientras sostiene una narrativa de independencia.

En lo económico, los acuerdos han consolidado una profunda integración, pero subordinada. En seguridad, la colaboración incluye extradiciones aceleradas y coordinación directa con agencias estadounidenses lo que, para muchos, roza en la cesión de soberanía.

Equilibrio conveniente

Pero, ¿por qué ocurre esto? La respuesta es incómoda: estabilidad e impunidad, porque, un sistema que garantiza gobernabilidad interna y evita conflictos externos, resulta funcional para ambos países.

Bajo esta lógica, pensar que Estados Unidos —y en particular Trump— intervendrá para desmantelar ese sistema carece de sentido. No hay incentivo para alterar un equilibrio que ya le beneficia y que garantiza cooperación en los temas que realmente le importan.

La única posibilidad de una reacción directa sería que los intereses estadounidenses se vieran afectados: restricciones a sus empresas, leyes adversas o riesgos en la seguridad fronteriza, o que, de plano, le quieran ver la cara. Fuera de eso, no habrá justicia externa ni rescates milagrosos.

Sin salvadores, ni dentro ni fuera

La conclusión es clara: no habrá rescate externo. Ningún actor extranjero resolverá los problemas enraizados por años en México ni a limpiar su vida pública. Apostar a ello no solo es irreal, también es peligroso porque desplaza la responsabilidad.

Si México realmente aspira a un cambio este tendrá que venir desde dentro. Pero el panorama interno tampoco ofrece soluciones sencillas. Una oposición fragmentada, con dirigencias complacientes y con intereses comprometidos con el oficialismo, que lejos de fortalecer, debilita y que ha sido incapaz de construir una alternativa real. Sin contrapesos efectivos, el sistema se reproduce.

Los problemas de fondo —desigualdad, pobreza, rezago educativo, fallas en la infraestructura y baja productividad— no se resolverán desde el extranjero. Requieren inversión interna, políticas públicas eficaces y gobernanza eficiente, no únicamente capital extranjero o contratos binacionales, mucho menos discursos ni dependencias externas.

En este contexto, México no es un país que será salvado, sino uno que puede ser utilizado e incluso, sometido. Y lo más preocupante es que el gobierno y su partido parecen cómodos en esa relación: una narrativa de soberanía hacia afuera, mientras en los hechos se preserva un statu quo funcional al poder.

Resulta conveniente para ambas partes que nada cambie de fondo. Que el Plan B propuesto por Sheinbaum, pase tal cual. Reformas que concentren poder, una oposición debilitada y una relación bilateral sin sobresaltos garantizan continuidad. No justicia, no transformación, sino control y sumisión al imperio trumpista.

La conclusión no es optimista, pero sí necesaria: apostar por salvadores externos es una ilusión. La política internacional no funciona así. Y mientras esa ilusión persista, seguirá posponiéndose la discusión más importante: qué estamos dispuestos a hacer como sociedad para cambiar lo que no funciona.

X: @diaz_manuel

Autor

  • Manuel Díaz, un influyente empresario multidisciplinario con una notable carrera en Comercio Exterior, comenzó su viaje académico en San Francisco State University. Se graduó en relaciones internacionales y luego obtuvo una maestría en Negocios Internacionales, entre 1986 y 1991, período en el cual también se destacó como activista político.

    Con una presencia destacada en los medios como columnista en SDPNoticias, comentarista y conferencista en diversos foros, Manuel ha innovado en el ámbito empresarial. Su liderazgo en cargos como ex presidente del Instituto Mexicano de Ejecutivos en Comercio Exterior y ex Presidente de MTG en China reflejan su compromiso con el sector.

    Defensor comprometido del medio ambiente, vegano y protector de los bosques de Valle de Bravo, Manuel también ha demostrado una fuerte conciencia social. Su papel en la política no se queda atrás, ya que coordinó la campaña del PRD en Jalisco en 1994.

    Sus habilidades empresariales se reflejan en sus múltiples empresas como Supply Chain de México, Tacos Gus, Haste la hora de México y Grupo Ei. Actualmente, lidera Seko Logistics, en colaboración con el fondo de inversión Greenbriar.

    En su historia laboral, Manuel ha sido propietario y socio director de Grupo Ei Consultores, presidente de la misma empresa durante 19 años y 6 meses, y Managing Director en México para Seko Logistics y Expeditors International, donde trabajó durante 7 años.

    Consejero en diferentes empresas, amante de los vinos, y con una presencia destacada como asesor y analista político, Manuel Díaz representa una figura multifacética en el mundo de los negocios, la política y la sociedad mexicana. Su visión y experiencia lo colocan como un líder influyente y visionario, comprometido con un mundo diferente.
    Asesor y analista político, empresario y amante de los vinos

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