La pérdida de reputación de los partidos conduce, cada vez más, a desestimar el voto.
El mensaje de la elección, antes de conocerse el de las urnas, es que la democracia pasa por uno de los momentos de mayor descrédito de la historia reciente. Distinto a la caída del sistema en 1988 o la crisis política de 2006 por la impugnación contra Calderón, porque nunca estuvo en cuestión el valor del voto ni la ruta electoral. En el primero se trataba de derrumbar al autoritarismo, precisamente, con el voto; tras la alternancia, buena parte del malestar con la democracia deriva de las prácticas y trampas de los actores. La pérdida de reputación de los partidos conduce, cada vez más, a desestimar el voto y su importancia para expresar las preferencias en las urnas como el único camino civilizado para el cambio sin violencia.
Las señales tampoco son nuevas. Desde hace años, las encuestas advierten de la creciente insatisfacción con la democracia en América Latina y en México. Acuciada, en nuestro caso, como indica un reciente estudio del CIDE, nueve de cada diez mexicanos creen que los partidos son corruptos. Esta percepción ha venido plasmándose en movimientos como el voto en blanco de 2009 que, nuevamente, pide anular para protestar por falta de opciones. Peor aún, víctimas de la violencia de Ayotzinapa llaman a dar la espalda a las urnas. Y está también el sabotaje electoral de la CNTE, como parte de sus intereses gremiales.
A pesar de sus notables diferencias, lo cierto es que el coro de inconformes es, ahora, más amplio que, por ejemplo, el de anulistas hace seis años. Si los partidos no escuchan a la mayoría, tampoco lo harán con ellos. La campaña ha sido un clamor contra la violación sistemática de la ley, tanto del Partido Verde como de los otros nueve partidos, y así lo muestran las multas históricas. También de indignación por la danza de millones para financiar las actividades de los partidos políticos: se destinaron, para este proceso electoral, 5.3 mil millones de pesos. Y alrededor de este recurso hay denuncias por corrupción y opacidad. Este clamor también abarca el fracaso de iniciativas para transparentar candidatos como “3de3”, y la saturación por el bombardeo de millones de spots sin mejorar la calidad del debate.
El desgaste de las rutinas democráticas, con sólo cinco elecciones federales en este siglo, se debe a una clase política con muy poca sensibilidad y capacidad para leer el mensaje de hartazgo ciudadano por lo ineficaz de la democracia para controlar la violencia, la corrupción y el estancamiento económico. La protesta, ante oídos sordos, está detrás del legítimo reclamo de anulistas, aunque sus votos no cuenten. Pero más extendido es el ánimo de los que irán a las urnas para votar por el menos malo, que tampoco resuelve la frustración de elegir o castigar con el voto. En efecto, los ciudadanos parecen invitados a una “guerra” sin fusil, aunque su presencia vale más para plantar cara al cinismo, que para dejar la plaza.
Ésta podría ser la última oportunidad para emprender una reforma cuyos objetivos sean limpiar la corrupción y abrir la partidocracia, antes de que la democracia se desactive como única forma de convivencia pacífica y plural. En las urnas avanzarán los partidos y candidatos que han colocado la corrupción en el centro del debate, como Morena, que en su primera aparición podría llevarse delegaciones (Cuauhtémoc e Iztapalapa) y disputar al PRD la ALDF y, por tanto, su hegemonía en el DF. También candidatos independientes que rompan con el bipartidismo, como El Bronco en Nuevo León o Pedro Kumamoto en Zapopan. El respaldo hacia ellos refleja el mismo malestar en el resto del país.
La inconformidad es el mensaje que debe escuchar la clase política e ir hacia una reforma electoral que devuelva al ciudadano su lugar central en las elecciones, más que las formas de distribuir el poder entre partidos. Con una democracia asediada por la violencia, el chantaje y la trampa, los partidos ¿están listos para escuchar el mensaje de los votantes?
Este artículo fue publicado en Excelsior el 07 de Junio de 2015, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página
