Esta es la entrega 170 de mi columna de crítica cultural Dispersiones que se publica semanalmente en la revista Etcétera. Cada quince días trata sobre cine y las publicaciones de semanas alternas abordan materias que van desde la poesía al teatro, pasan por el arte y llegan hasta ese intervencionismo de los estatistas —mentalidades burocráticas— que son las políticas culturales. Escribir Dispersiones depara sorpresas, como notar la atención que reciben películas irrelevantes —sostenidas en la belleza de su elenco y disponibilidad en populares plataformas— una recepción que se traduce en expresiones a favor de creaciones de escaso valor estético y emocional. Por eso, para comparar dos cintas con algunas semejanzas, decidí referirme al más reciente largometraje de Jonás Trueba (Madrid, 1981): Tenéis que venir a verla (2022).

Hace dos semanas escribí sobre el filme Familia (2023) de Rodrigo García. Al margen, mencioné el origen familiar del director —hijo del novelista Gabriel García Márquez— y está la coincidencia circunstancial de que Jonás también es hijo de alguien destacado, pues las cintas de su padre Fernando Trueba (Madrid, 1955) han merecido premios Goya y Belle Époque (1994) el Óscar a la Mejor película extranjera. Pasando a lo significativo, tanto Familia como Tenéis que venir a verla, en lo anecdótico, son reuniones de personas —principalmente alrededor de mesas— situaciones que se resuelven más o menos estáticamente en ambos casos. Pero mientras García —en disposición industrial— inventa fallidamente desde la corrección política, Trueba junior —en adelante me refiero sólo a él— sabe hacer lo propio del cine entendido como exploración artística, con el simple acto de observar.
Escribir esta columna también es notar que recurrentemente hay lectores que esperan posiciones simplificadas, cuando, desde mi visión, eso contrarresta genuinos acercamientos al arte. Que ahora “elogie” a Trueba frente a García, no implica siquiera sugerir que Tenéis que venir a verla sea una cúspide cinematográfica; así como hablar sobre deficiencias —y sobre todo divergencias entre ideas del arte— no es descalificación absoluta de otras obras, mucho menos de sus forjadores (aunque la crítica a las trampas y los bribones sea válida, incluso necesaria). La diferencia entre ambas películas es al mismo tiempo sencilla e implica toda la diferencia. Se sintetiza en el contraste entre recurrir a una empresa china que irrumpiría en la vida de una familia mexicana y en fijarse en el caminar de personas por Madrid, de noche, para terminar corriendo y que el servicio de limpia pueda llevarse la basura.

Trueba se ocupa en cuestiones cinemáticas, como la actuación de su reparto. Hay dos parejas, Susana (Irene Escolar) y Guillermo (Francesco Carril), quienes se han mudado fuera de Madrid, y Elena (Itsaso Arana) y Daniel (Vito Sanz), quienes siguen viviendo en la ciudad. Hay elementos para especular sobre su pasado: Elena conoce a Guillermo desde antes que Susana; por lo que hay complicidades y esos derechos aparentes que da el cúmulo de años compartidos. Pero una virtud de la película de Trueba es que esos pasados no derivan en insinuar que algo sucederá a partir de ellos: eso es lo que hacen los directores convencionales, quienes plantan elementos de trama buscando cosechar conflictos y menospreciando a tal grado a sus espectadores que siguen esa estrategia para producir en muchos la sensación de que descifran un complejo acertijo. En cambio, los diálogos de Tenéis que venir a verla son de interés porque —como cualquier intercambio comunicativo— no son plenamente coherentes. En ocasiones no es en el parloteo de diálogos sino en pequeños gestos donde está la actuación. El director se anima incluso al silencio apostando a que hay vida interior en sus personajes: a Trueba no le hacen falta quiebres argumentales, ni malos sentimientos, se atreve a darnos rostros, amigos que ven una casa, la iluminada mesa de trabajo de Susana y un cerezo con frutos descritos como “agrios” y “ácidos”.
La delicadeza de Trueba no implica que su cinta carezca de sentido, pero sí que éste sea muy secundario: la centralidad de los mensajes es para productos narrativos bobalicones. En Tenéis que venir a verla una casa es el recordatorio de vida ordenada, ese referente social que todos tenemos y que tiene que ver con hechos como sentar cabeza. Son decisiones alrededor de lo que suele llamarse “madurar”, sobre qué hacer para tratar de encontrar fuerza para continuar en el absurdo de ser arrojados a la vida y sentir el fatal deseo de su reproducción —ese impulso que está detrás de la formación de parejas y del gusto por tocarse con otra persona— a pesar de retóricas contemporáneas sobre no tener hijos o como la de Daniel a propósito del gusto por los botes de basura y los bolardos. A su vez, Elena comenta el libro que lee del filósofo Sloterdijk, mencionando el poder de la naturaleza, la pertinencia de cuidar a los amigos y la afirmación de que “el arte ha pedido su fuerza”.

No me cansaré de regresar al ensayo “Poesía nueva”, en que César Vallejo advirtió que no son las palabras nuevas o su parafernalia, sino lo “que ha sido incorporado vitalmente en la sensibilidad” lo que puede dar cabida en el arte a la vida contemporánea como particular forma de existencia. Adoptar los temas que buscan imponer las izquierdas a través de la corrección política no es colocarse a la vanguardia del presente, sino someterse a pretensiones facciosas. En Tenéis que venir a verla hay alusión directa a la pandemia: la acción comienza en el Café Central de Madrid al final de 2020, con un músico que se refiere al confinamiento. Los personajes han pasado casi un año sin verse. Quedan así registrados los titubeos que llevaban a estar en interiores públicos sin cubrebocas, pero usándolo en la calle ventilada; a tenerlo en el tren a mitad de 2021 y a convertir en tema —por un instante— el ponerse o no la “mascarilla” al encontrar a su amigo, quien los recoge de una estación de tren. Reflejo de lo que sucedía, pero no incorporación de sensibilidades, de los estremecimientos que ha conllevado el covid, porque Trueba tiene la mirada despierta, pero no es visionario.
Orfebre audiovisual de variados registros, Jonás Trueba mezcla inteligentemente los ingredientes de su película. En dos momentos se oye la voz de Olvido García Valdés leyendo poemas suyos. La música que acompaña las imágenes no es obvia, pero sí constante: presencia junto a la de la luz. En ocasiones —como la de una canción explícita— la música completa la trama. Al director tampoco lo atemoriza la falta de originalidad: concluir con evidencia de que transcurre una filmación no es sorpresivo (por mencionar sólo un ejemplo, Jodorowsky lo hizo en La montaña sagrada [1973]). Aunque hay árboles y nubes —sin que falte habilidad fotográfica para dar preeminencia a la hierba— Trueba no adopta un estilo contemplativo. Volviendo a Vallejo: no se trata de poner cubrebocas, mucho menos de meter mecánicamente inclusividad y dilemas del capitalismo global. Mejor una caminata, las conversaciones incompletas, la necesidad de orinar, el compartir momentos con gente cercana: capturar la amistad. Eso es lo que Trueba consigue.

Es común oír gente que dice —carezcan de escolarización o sean egresados universitarios— que la valoración de las obras de arte sería subjetiva, con lo que realmente están diciendo que sería arbitraria, pues sería imposible saber qué es lo mejor, incluso sería soberbio proponerse dilucidarlo. Esto es incorrecto y parte de lo que me mueve a escribir Dispersiones: por supuesto que es posible saber cuál es una buena obra y cuál no lo es, aunque pueda haber debates. Si lo pongo melodramáticamente, sólo desde la ignorancia proveniente del desinterés en las artes por parte de la clase media mexicana o desde la comprensión disminuida ideológicamente puede haber duda: no hay comparación posible entre Botero y Picasso, no hay comparación posible entre Tarantino y Kiarostami, no hay comparación posible entre Benedetti y Canetti; los segundos son artistas definitivos, los primeros apenas curiosidades de diversos tipos; aunque las burocracias culturales nacionalistas, las industrias creativas distorsionadoras o la pura imbecilidad se empeñen en generar confusión. Familia de García sirve para rellenar el catálogo de una plataforma de mercancías audiovisuales y horas de vidas sin sentido; Tenéis que venir a verla de Trueba no es un prodigio, pero está en el camino del cine y eso es algo bello.

