La política, como el ajedrez. A Ricardo Anaya la noche lo alcanzó. Lo exhiben rico, lo marcan con sospechas de corrupción, pierde el timón del Senado, arma bronca, llama traidores a Cordero-Gil-Lozano-Lavalle, lo caricaturizan como dictador venezolano, piden su renuncia.
Anaya quiere tirar de la Fiscalía a Raúl Cervantes, parte vendetta parte estrategia. Aparece exótico auto del procurador, rico por igual. La Mesa Directiva de diputados se atora por la guerra azul. La entrega del paquete económico para 2018 a más tardar el día 8, presiona, urge.
El PRI se aferra al del Ferrari mientras observa como un Robin azul no es igual que un Batman tricolor. Emilio Gamboa acomoda con una mano la lista de tapados priistas y con la otra, purga la de panistas. Si el chico maravilla madruga, el otro no duerme.
Otra “caída” de Cervantes está en el presupuesto político del Presidente Peña Nieto y del PRI, tienen salidas, a donde moverlo y cuidarlo. Para Ricardo Anaya su devaluación está fuera del mapa. Mal. Se colocó tan a la orilla que sus escapatorias se agotan.
Lo del Ferrari puede aclararse tanto como los 308 millones de pesos en propiedades de la familia política del queretano. Los asuntos íntimos del procurador se neutralizan con los ídem del panista.
La diferencia estriba en que Raúl Cervantes es pieza en el tablero del jugador que decide desde afuera, Ricardo Anaya es el jugador mismo. Jaque mate. Margarita Zavala huele sangre, sabe que a enemigo semejante se le remata.
El PAN es adversario, no enemigo del PRI o del Presidente Peña Nieto, todo lo contrario. La batalla es para poner a los azules en posición de alianzas fácticas, con el revolucionario para la Presidencia, con el PRD para contener el avance moreno hacia la capital en donde Ricardo Monreal ya es parte de la ecuación.
El PRD pierde senadores, diputados y militantes todas las semanas. La gestión de Miguel Mancera, nacida con un bono democrático sin precedentes bajo el brazo, perdió fuerza y sentido. Cinco años después, Morena, saborea la toma de Tenochtitlán a manos de Claudia Sheinbaum, albacea de la herencia familiar de los López Obrador sin rubor, sin maquillar su primer gran cochinero oficial.
Chuchos, Galileos, ADN de Bautista, Higinio y Zepeda, junto a Serrano, Barrales y sectas afines, tropiezan de fractura en fractura, donde pisan, cruje. La merma de piezas es de escándalo. Renovar dirigencia y nominar candidatos es la última oportunidad para aliarse, sobrevivir y entonces reconfigurarse.
La siguiente jugada definirá las próximas cuatro, el conjunto marcará el derrotero final. Para ello hay que mirar el tablero desde arriba y no desde adentro. Enrique Peña Nieto puede hacerlo, AMLO no, juega de rey, su singular ubicación en el tablero le impide abstraerse y eso, casi no se cuenta, pero cuenta mucho.
Este artículo fue publicado en La Razón el 5 de septiembre de 2017, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

