Desde que Donald Trum envió naves a las costas venezolanas, iniciando su promesa de que iba a remover a Nicolás Maduro, surgieron diversas especulaciones e hipótesis:
¿Cómo pretende hacerlo? ¿Estará dispuesto a ordenar una invasión abierta pese a sus altos costos humanos, políticos e internacionales? ¿Maduro estará dispuesto a renunciar a cambio de su impunidad, y exiliarse en algún país amigo?
¿Qué implicaría para Trump si no logra deponer al dictador? ¿Lo hace Trump por el carácter dictatorial de Maduro o exclusivamente porque pretende apropiarse del petróleo venezolano?
No quedaba nada claro qué ocurriría en esta aventura trumpiana. Muchos consideraban – con bastante fundamento – que Trump buscaba presionar con su armada a Maduro para que éste se percatara de que tenía la partida perdida y optara por pactar su exilio e impunidad, en lugar de arriesgarse a terminar en una cárcel de Estados Unidos (algo que por ejemplo, el capo Pablo Escobar, evitó prefiriendo antes la muerte).
Asegura ahora Trump que había llegado a ese acuerdo con el bolivariano, pero por lo visto éste apostó a que su persecutor no se atrevería a hacerlo y prefirió dejar que pasara el tiempo.
Quizá ahora esté arrepentido, pues su cálculo – en tal caso – habría fallado y en lugar de disfrutar sus millones en algún país empático, probablemente pasará el resto de su vida en las incomodidades carcelarias de EEUU.
Se pensaba también, con razón, que Trump no llegaría a la invasión abierta por los elevados costos para Venezuela, para él mismo y su país, por lo que, en todo caso, buscaría aliarse con algunos cercanos de Maduro – a cambio de impunidad y otros favores – para que ayudaran a atraparlo.
Todo indica que dicho acuerdo se logró con la vicepresidenta, Delcy Rodríguez – para muchos nada distinta de Maduro a quien traicionó- aunque para guardar las apariencias ésta haya expuesto un duro discurso contra Trump (pero que le valió una clara advertencia del norteamericano).
Y a partir de lo dicho por Trump, este aceptó que ella quedara como interina al mando del gobierno hasta quién sabe cuándo.
Por supuesto, hubo división de criterios aún entre anti-obradoristas sobre la conveniencia o no de la injerencia de Trump para tirar a Maduro.
Muchos consideraban que de ocurrir, se fortalecería la renovada Doctrina Monroe, que supone un nuevo injerencismo norteamericano en el continente, probablemente con costos para nuestros países. Desde luego hay ese riesgo.
Otros señalaban que de los males, el menor, y que más valía la caída del dictador como fuera aunque eso generara algunos riesgos o costos, considerando que el saldo sería positivo para la democracia. Quizás también.
De alguna forma esta postura recuerda lo que decía Maquiavelo: “El enemigo de tu enemigo es tu amigo”.
La pregunta que ahora ronda en el aires es qué sigue para Venezuela.
No está nada claro. Por ahora, cayó Maduro pero no el régimen bolivariano, que dependiendo de lo acordado o lo que decida Trump más adelante, podrá continuar o ceder el lugar a una reconstrucción democrática.
Muchos daban por hecho que de caer Maduro, pronto se restablecería la democracia en ese país, ya sea reconociendo los resultados no oficiales- pero reales- de 2024, o bien convocando a una nueva elección en condiciones genuinamente equitativas para que la gente decida entre dos o más candidatos (aceptando quizá que compitiera alguien del bando chavista).
No se descartan esos escenarios, pero el hecho de que Trump haya señalado después del operativo anti-Maduro que Corina Machado no es lo suficientemente popular para asumir el mando (y Marco Rubio dijo que hay cosas más urgentes), se abre la posibilidad, o bien de que Trump permita la continuidad del régimen bolivariano a cambio de controlar el petróleo, o que más adelante se abra la puerta para una reconstitución democrática (con o sin Corina Machado).
Son éstos varios escenarios que no pueden ser descartados por ahora.
En México, como todos sabíamos, en caso de caer Maduro nuestro gobierno – también bolivariano – reclamaría una indebida e ilegal injerencia norteamericana y la violación de la soberanía venezolana.
Desde luego hay mucho de eso, pero también es verdad que dicha soberanía no recae en los gobiernos de los países – y menos cuando son abiertamente dictatoriales- sino en el pueblo, cuya voluntad varias veces fue ignorada y atropellada por Maduro. ¿A cuál interpretación darle mayor validez?
Sabemos que cuando dos autócratas se confrontan, se impone el poder por encima de la ley.
En todo caso, Morena recurre de nuevo a su doble vara; si Naciones Unidas o la OEA cuestionan a México o sus aliados bolivarianos, no valen nada: pero ante un golpe contra ellos, apelan a dichos organismos y a la ley (que nada les importa).
Como sea, tanto Amlo como Sheinbaum quedan como los principales promotores y defensores de la ruta bolivariana del Foro de Sao Paulo (que de democrática no tiene nada, aunque así se proclamen los devotos de ese modelo). El costo internacional para México se va a incrementar en alguna medida.
Pero desde luego que la caída de Maduro no implica en absoluto ni la aprensión de López Obrador, ni el derrumbe del obradorismo en México. Si cae, cuando eso pase, se deberá a muchas variables (aunque la presión norteamericana sea una de ellas).
Finalmente, lo triste para los propios venezolanos es que, incluso de caer por completo su dictadura bolivariana, la reconstrucción económica y social de su país a los niveles previos a Chávez, seguramente tomará mucho tiempo y esfuerzo.
Inevitablemente, debemos vernos en ese oscuro espejo.

