Creo que urge una guerra civil en el más amplio sentido de la expresión, donde el ciudadano asuma sus obligaciones.
Hubo un tiempo no muy lejano en que la gente era capaz de matarse por defender un ideal. La guerra, decía Napoleón, no es más que una opinión apoyada por bayonetas. Se peleó por principios contrapuestos lo mismo en la Revolución Mexicana, el levantamiento bolchevique, la Guerra Civil Española, la guerrilla del Che y las guerras mundiales.
Esos tiempos que recordamos en color sepia eran poéticos, caballerescos, donde el futuro era una promesa de bienestar. Se luchaba en uno u otro bando por construir una sociedad distinta.
Hoy en el mundo hasta las matanzas han perdido sentido.
Se asesina por vulgaridades como control de territorios entre las bandas, exceso de oferta en el mercado de armas y gente pobre sin expectativas.
El dinero es la causa primerísima de las guerras.
Es la cultura de la muerte, la desesperanza exacerbada por un mundo donde la tecnología ha desplazado al ser humano. Los jóvenes carecen de ideologías. Hasta los musulmanes hoy se amotinan en Irán contra su ayatola por encabezar un régimen… corrupto.
Decía Juan Pablo II que el siglo XXI tendría que ser espiritual o no sería. Es decir, que cambiábamos o el mundo no vería la luz del siglo XXII. Estoy leyendo una biografía de la juventud de Stalin.
Las condiciones de pobreza, enfermedad, injusticia, corrupción en el imperio zarista (y en el régimen porfirista contemporáneo) eran prácticamente iguales a 2018. Si acaso estaban menos peor porque no se enteraban, como nosotros, de la realidad mundial.
Carecían de Facebook y Google. Esas condiciones infrahumanas dieron pie a la Revolución de Octubre (y a la Revolución Mexicana), que barrieron con el imperio zarista (y con el porfirismo).
No estoy promoviendo la vía armada. Al contrario. Creo más en las doctrinas pacifistas de Gandhi que en el fascismo o la dictadura roja. Pero pienso que urge una guerra civil en todo el mundo en el más amplio sentido de la expresión, donde el ciudadano asuma sus obligaciones y no sólo sus derechos, combata la corrupción, cese su participación en ella, que inculce valores y predique con el ejemplo (yo sí coincido con el presidente Enrique Peña Nieto: la corrupción es un mal cultural que va más allá de los funcionarios).
Algo así como fue la Revolución de Terciopelo, la Primavera de Praga, el Verano del 68, donde arrebatemos la iniciativa a esas partidocracias deleznables que hay en todos los países.
La guerra civil pacífica es la única vía saludable que se me ocurre. La otra, siempre latente, es la insurrección armada que como hemos visto en la historia, nunca termina bien.
Soplan vientos de guerra cívica. ¡Predica con tu ejemplo!
Este artículo fue publicado en El Heraldo de México el 5 de enero de 2018, agradecemos a Raúl Rodríguez su autorización para publicarlo en nuestra página.

