Mi primera vez
Conocí a H. P. Lovecraft en una fiesta en casa de Johnny Walker a la que asistí gracias a la invitación de Truman Capote durante el invierno del año 1993. Nunca antes había visto a H.P., no pertenecía al grupo habitual de canallas con los que acostumbraba frecuentar en aquellas febriles épocas. A pesar de que sólo contaba con 16 años pude reconocer sin titubeos al amor a primera vista. Atracción fatal. Hecatombe de hormonas vacilantes. Lo vi de lejos, extasiada durante toda la noche, no tuve la fortuna de que algún conocido nos presentara, pero H.P. me impactó tanto, que dos semanas después, durante una charla con George W., accedí a su propuesta de financiarle su porción semanal de mariguana, a cambio de que me presentara esa misma noche al fascinante chico de la fiesta.

Esa misma tarde, poco antes de que mi flamante cita tocara la puerta-, fumé con Truman Capote la moneda de cambio de nuestro trato, aquella fue la primera vez que mi organismo tuvo contacto con un cigarro de mariguana. El tiempo parecía transcurrir a 45 revoluciones, mientras mis capacidades psicomotoras decidían hacerle segunda a una nueva y desconocida atmósfera. Recuerdo que permanecí absorta, estática, contemplativa y posesa frente al póster de Jim Morrison que colgaba en la pared de mi habitación, y cuya pose voluptuosa parecía hacer juego con el mood del par de imbéciles que tragaban a bocanadas las esferas del dragón.
Nada sabe mejor que la primera vez, dijo nadie nunca.
¿Qué es la Cannabis?
De acuerdo a mi muy campirana noción en el fino arte de formarse un criterio, antes de emitir cualquier rotundo no es indispensable sopesar en la balanza moral en igualdad de opciones todos los sí. Y una de las reglas básicas en la interminable facultad humana de tomar decisiones que servirán para elegir las rutas principales de nuestra vida, es la de conocer los puntos cardinales, o al menos echar guante a una buena brújula.
La Mariguana: Mary Jane, María, porro, mota, weed, hierbita, café, gallo, o Cannabis a secas -pa´servir a usted-, tiene a su favor una larga tradición de consumo recreativo. Es considerada la hierba doméstica más antigua de nuestra historia (sus diez mil años de supervivencia lo sugieren), así como la contribución más representativa del continente asiático al mundo de la herbolaria. Sus propiedades psicoactivas la convierten en el alma mater de las sustancias ilegales. La primera novia. El primer acostón.
El principal componente psicoactivo de la cannabis (el principal de más de cuatrocientos compuestos químicos distintos) es la sustancia conocida como Tetrahidrocarbocannabinol (THC), fármaco activo natural de influencia directa al sistema nervioso central. El THC posee particularidades tales como antioxidantes naturales que abrigan a las neuronas contra el estrés, facultades analgésicas moderadas (estudios muestran que su uso en tratamientos paliativos son efectivos, ya que alteran la liberación de transmisores en el ganglio espinal de la médula), propiedades indiscutibles de relajación muscular, entre un extenso etcétera. La enorme influencia que ha ejercido en la sociedad desde tiempos inmemoriales puede valorarse desde diferentes aristas, ya que mientras sus principales defensores le otorgan propiedades curativas en el campo de la medicina dura –casi milagrosa-, sus detractores afirman que su complejidad botánica afecta peligrosamente las capacidades cognoscitivas de los individuos.
Todos tienen razón. Al menos en porcentajes cuestionables y siempre debatibles.
Cualquier fármaco (natural o no), alberga la posibilidad de crear daños irreversibles en el organismo, por la sencilla razón que detona agentes desconocidos para el cuerpo humano. Puede enriquecer facultades, así como minarlas. El principal punto a entender es que ningún organismo es igual a otro, todos poseemos una estructura genética única que nos permite reaccionar de distintas maneras a estímulos externos. De ahí la importancia de regular las condiciones de cultivo, producción y cuidado de todos y cada uno de los productos considerados “aptos” para el consumo humano. Así como a los jitomates, las papas, las zanahorias y ¿por qué no?, también la mariguana.
¿Quién la tiene más grande? THC vs NICOTINA
La ONU estima que existen entre 180 y 250 millones de personas en el mundo que consumen cannabis por razones recreativas, de tal suerte que evitar poner sobre la mesa el tema sería una omisión de proporciones bíblicas que nos acercaría al lado oscuro de la estupidez. Y cuando menciono “mesa”, no me refiero exclusivamente a las mesas de debate sociales, gubernamentales o de salud, este es un tema necesario en las charlas de sobremesa con nuestros padres, nuestros hijos.

El impacto del uso recreativo del cannabis en nuestro entorno social adolece –en primera instancia- de una ignorancia del tamaño del Kilimanjaro. Es de una tristeza dolorosa escuchar a la vuelta de cualquier esquina -incluso en el seno de nuestra propia familia-, que continúa vigente el anacrónico estigma de colocar al “pacheco” en el sector exclusivo de los delincuentes y parias sociales.
En mi lejana primera cita con la cannabis descubrí que existían fuerzas oscuras que tenían las asombrosas facultades de convertirme en un ser más inútil de lo que yo ya era. La relajación de mi cuerpo tocó niveles de amplitud modulada. Mi cerebro mandaba severas órdenes a mis melindrosas extremidades, pero ellas decidían llevar su propio ritmo vacilador. Esa tarde hubiera sido incapaz de romper cualquier record de velocidad o de alto rendimiento. Mi cuerpo se la estaba pasando poca madre en las lagunas de la parsimonia absoluta. Cualquier persona que se atreva a afirmar que un “pacheco” es capaz de asaltar un banco movido por el influjo de la nociva cannabis, no sólo alardea de ignorante, sino de pendeja, lo que hace aún más grave la ecuación. Hay que conocer, entender, antes de juzgar. Observar el fenómeno del consumo de esta droga a lo largo de toda mi vida me otorga una opinión válida, por muy pequeño que sea mi rango de muestra.
Es notable el maniqueísmo descarado de la política antidroga de nuestros vecinos del norte (Controlled Substances Act – CSA) cuya indolencia mantiene fuera de sus actas al tabaco y el alcohol, mientras afirma que “el consumo de cannabis aumenta la probabilidad de probar drogas “duras” y que casi dos tercios de los usuarios de drogas utilizan cannabis quienes tienen amplias posibilidades de convertirse en delincuentes violentos”. La anterior hipótesis apesta porque estigmatiza, sentencia y coloca al consumidor sin antesalas al podium de los delincuentes. No aclara. Solo manipula. ¿A qué razones obedece una omisión tan delicada si el tabaco y el alcohol son las drogas de mayor consumo en USA? ¿Acaso ambos no cumplen con el criterio principal de su clasificación: A. La droga u otra sustancia tiene un alto potencial para el abuso. B. La droga u otra sustancia no tiene actualmente ningún uso médico aceptado en tratamiento en los Estados Unidos.
Hay una ausencia de seguridad aceptada para el uso de la droga u otra substancia bajo supervisión médica”?
Sí, la cannabis también es una droga, eso queda entendido con claridad y es de facto incontrovertible, ¿pero el tabaco no es acaso una droga más nociva y mortal?
No existen estudios claramente documentados en torno a índices de mortandad por uso irrestricto de THC, de tal suerte que todos los resultados que existen en positivo al respecto, son aquellos efectuados en animales, no en humanos. En cuanto a los efectos secundarios del cannabis, sabemos que ocasiona sensible disminución en las habilidades motoras, que provoca cambios drásticos en el estado anímico, merma de memoria a corto plazo, aumento en el ritmo cardiaco y en casos extremos: esquizofrenia. Pero ningún estudio clínico sustentable vincula su uso con enfermedades mortales e irreversibles como lo hace el alcohol o el tabaco. Si usted ha tenido en casa un ser querido aquejado por el cáncer y ha visto con sus propios ojos horror de los efectos de la quimioterapia, debería de saber que la cannabis puede ayudar a disminuir dolores, náuseas, vómitos, y proporcionarle al enfermo un inapreciable alivio y tranquilidad.
En contraparte, la nicotina (el principal agente activo del tabaco), provoca una de las adicciones más difíciles de erradicar, ostentando el honorable primer lugar en causas de invalidez y muerte prematura en el orbe, es decir, la nicotina es la responsable DIRECTA en la aparición de 29 enfermedades, de las que únicamente 10 son cancerígenas. Si usted fuma, sépase que tiene 50% de probabilidades de padecer una enfermedad cardiovascular, un pase directo del 80% de obtener un hermoso enfisema pulmonar y la probabilidad del 90 % de morir a causa de cáncer de pulmón. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, CINCO MILLONES de personas mueren al año por enfermedades provocadas por el consumo del cigarro, es decir, 1 de cada 10 adultos, lo que ha convertido al tabaco en un tema prioritario de salud pública. Ni todas las muertes provocadas por el consumo de todas las drogas ilegales alcanzan ese récord. Lo leyó usted bien: ni todas juntas.
Lo grave del tema, es que los corporativos multinacionales que fabrican y se enriquecen en el negocio del tabaco -a excepción del tabaco natural- adulteran los cigarrillos con aditivos químicos que los dotan de propiedades en extremo adictivas, sin que exista una cacería de brujas frontal por parte de los organismos que legislan las sustancias controladas. La cruel ironía es que el tabaco es el último de los ingredientes empleados en la elaboración de los cigarrillos que usted se lleva a sus pulmones. Se inhala la fórmula secreta del vicio. La toxicidad aditiva como el asesinato considerado una de las bellas artes del siglo XXI.
20 cigarros de mota y una canción Legalizada.
Todos recordamos que en 2012 comenzó la faena del ex presidente de Uruguay José Mujica en convertir a su país en el primero del orbe en que la compraventa de cannabis y la nacionalización de su venta en farmacias se legalizara como una revolucionaria forma de combatir el narcotráfico. Iniciativas como las del modelo uruguayo de lucha contra el narcotráfico por la vía de la legalización, es una muestra de la evolución del raciocinio. Es importante adoptar su regulación de un mercado ilícito que a todas luces existe. “El camino represivo ha fracasado”, declaró con lucidez Mujica en 2013 ante el acoso de la prensa.

Ante la polémica actual en debates entre nuestros loables opinólogos que estriban en sugerir la funcionalidad de la fórmula uruguaya como agente de éxito en nuestra legislación nacional, mi primer pensamiento es un NO rotundo. Necesitamos más que un líder carismático en nuestra órbita política. Es aún más importante contar con una sociedad informada y organizada. El narcotráfico en este país extiende sus fauces pestilentes con mayor fuerza entre la turba de políticos más preocupados por ejercer controles ciudadanos inoperantes, al tanto que la cofradía de criminales que poseen el control del tráfico de drogas carece de restricciones que limiten de algún modo su poderoso emporio de crimen. La impunidad es su derecho de picaporte. Nuestro deber como ciudadanos habitantes de este entorno, es conocer e impulsar las leyes que permitan regular aquello que nos afecte. Practicar y fomentar el autismo colectivo es un lujo del que no estamos en posibilidades de permitir. Empecemos a participar sin falsos estigmas o erróneos conceptos hacia las sustancias y sus consumidores. Antes de exigir un presidente como José Mujica, o un modelo de regulación fronterizo al sudamericano, necesitamos educación básica como primer paso.
Educación, información científica, persuasión, atención a enfermos. Prohibir no es prevenir. Si 8 de cada 10 drogas consumidas no permitidas en México se apellidan cannabis, si la sociedad impulsa su regulación estaríamos tomando las riendas del 80% del problema de tráfico de sustancias ilegales. La sociedad debería en sus manos la posibilidad de atacar de muerte al 80 por ciento del mercado en manos del narcotráfico, sin utilizar para ello una sola munición.
Durante una charla sostenida con el investigador y epidemiólogo vasco Javier Río-Navarro, comprendí que México se encuentra en pañales en el ranking del consumo de drogas como problema sanitario, es decir, en este país no padecemos las vicisitudes que enfrentan algunos países europeos por el daño provocado por drogas de diseño tales como las anfetaminas, heroína o la morfina. La buena noticia es que aún ocupamos el solar destinado al consumo de drogas como problema social. La mala, es que no sabemos durante cuanto tiempo más.
La prohibición abre la puerta del deseo. Pero el problema no está en desear. El deseo como transgresión, no es ni por asomo, la traba principal. El narcotráfico utiliza con maestría la pasión milenaria por tocar lo prohibido para alimentar obscenamente sus arcas criminales. Uno de los mayores temores de los opositores a la legalización de la cannabis es que la libertad, en su dispendio, llevaría al consumidor a experimentar la misma euforia de un niño abandonado en una confitería con un billete de mil pesos en la bolsa. La diferencia cuántica la representaría que ahora ese niño pasaría a convertirse en cliente de un organismo controlado y no del clandestino engranaje conformado por el brutal narcotráfico. La enorme responsabilidad social recaería en fincar las bases mediante la vigilancia de una sociedad organizada que merece ganar una pequeña batalla en este campo de guerra nevado de rojo, de doliente sangre inocente o no, pero sangre nuestra.
Dialogar sobre este tema en nuestra mesa debería constituir una asignatura ineludible en la inacabable lucha del hombre civilizado por el respeto y su intrínseca libertad de elegir. La legalización no va a solucionar ningún problema vinculado con las adicciones, ya que el alcance de solución, cuidado y control, entran en otro orden exclusivo del individuo y de quienes lo rodean. El tabaco y el alcohol tan aceptables socialmente deberían –quizás- no prohibirse, pero sí etiquetarse como drogas duras, ya que su consumo es altamente adictivo y tienen tasas de mortandad infinitamente más elevados que drogas blandas ilegales como la cannabis. Me gustaría pensar que en mi país cualquier ciudadano pueda ser capaz de comprar una porción de cannabis mientras da un paseo, con la misma frescura con la que acude a la farmacia por su cajetilla de Marlboro. Libertad y seguridad es mi deseo.
De manera personal, considero necesario aclarar que escribí este texto sin ningún propósito evangelizador en pro o contra de la cannabis. Lo escribí por razones muy personales. Cualquiera que me conozca sabe que soy experta en nada, aunque guste opinar de todo, pero tengo un hijo adulto a quién dedico estos párrafos y me pareció el momento adecuado para que conozca detalles de aquella tarde de 1993 en la que comenzó mi exiguo historial de adicciones. Y sin temor alguno a ser juzgada severamente por mis lectores, es necesario compartirles que él goza desde hace mucho tiempo de mi permiso para el uso recreativo de la cannabis. Decisión personal que me ha provocado no pocos problemas familiares. Educar es también afrontar las consecuencias de las permisiones.
Además me gustaría decirle en voz alta -y a la vista de todos ustedes-, que todo va a estar bien porque es un chico sano, noble, inteligente y único poseedor de la batuta de su futuro. Por ejemplo, él lo ignora, pero a pesar de que Truman Capote representó entre la pandilla de mi ya lejana adolescencia al vicioso sin futuro, el vago por el que nadie apostaba ni una caguama no retornable, el día hoy se ha convertido en un hombre respetable y académico de la Universidad Nacional Autónoma de México; pero de manera especial, a modo de guiño, me gustaría que supiera que aquel chico guapo por el que acepté ese viejo pacto con el buen Truman, no era otro que su padre. Y jamás me arrepentiré de haber fumado ese invaluable primer cigarro de cannabis.
Lo volvería a hacer una, dos y hasta tres veces. Como la primera vez.
