Recomendamos: Alta sociedad, por Gil Gamés

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y se acercó a uno de sus libreros. La prodigiosa memoria de Gilga (qué o qué) lo llevó al viejo libro blanco de la editorial ERA: Amor perdido de Carlos Monsiváis. Gamés buscó el ensayo que su extraordinaria memoria (¿ya van a empezar?) le entregó la mañana en que la revista (es un decir) Club de su periódico Reforma cayó en sus manos. Gilga leyó: “La Alta Sociedad que conocemos y que a diario nos abruma con su magnificencia esencializada en fotos rígidas no lleva mucho prodigando su existencia. Si acaso remonta su prosapia a la década de los cincuenta, y, más exactamente, a principios de los sesenta, cuando un grupo de periodistas irrumpió para deificar lo que se conoció como mexican jet­set o beautiful people continuando los términos ‘mundo popoff’ o los de la high life y desmintiendo a la ortodoxia señalaba la implantación de las tradiciones como meta de la Sociedad Mexicana”.


La definición monsivaíta persiste en las “páginas de sociales”, que han regresado a los periódicos. En todo caso, medita Gil con los dedos índice y pulgar en el nacimiento de la nariz, a esas definiciones se añaden las redes, el Facebook, Instagram y otros instrumentos para que la alta sociedad se mire en el espejo. Monsiváis: “Los saraos de la época porfiriana sirvieron, además de la diversión indudable, para vertebrar las apariencias de una élite y hacerla consciente de su unidad, de su fuerza, su brillo. A lo largo del siglo XIX y en la primera década del XX, la Sociedad Mexicana se aprovechó de las reuniones públicas obteniendo a través de ellas raigambre y formas compartidas; discerniendo las admiraciones mutuas y el instinto de cruce.”


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